jueves, 23 de abril de 2009

Perdón, Cuba

El imperio y el mundo entero deberían sentir vergüenza por lo que han hecho o han tolerado.

Plenamente consciente de que no soy ningún miembro del gobierno cubano _de lo que no tengo por qué enorgullecerme_, no lo soy, así de sencillo. Y tampoco pertenezco a ninguna instancia del gobierno norteamericano _de lo que sí me ufano, porque no sabría cómo vivir en él intentando llevarlo a la razón_, no estoy en él, también algo bien sencillo. E igualmente conociendo que no escribo para una poderosa cadena informativa _porque imagino que no me permitirían expresarme_, no escribo para esos medios, así de simple. Por lo que totalmente convencido de que estoy publicando para un pequeño sostén alternativo de información, escribo con absoluta tranquilidad de espíritu, lo normal, de nuevo una cosa muy simple; entonces, sin el temor a perjudicar ningún proceso político iniciado, vierto mis sentimientos más primarios de dignidad para hacerme más profunda la esperanza.

Veo en el Telediario, anunciado como una gran generosidad del presidente norteamericano, que se levantan algunas de las sanciones que su gobierno, por 50 años, ha ejecutado sobre Cuba. Tanto el presentador, aquí en España, como las corresponsales en Estados Unidos y en la isla, muestran una amplia sonrisa por el hecho. Como si dieran las gracias. Y así, repentinamente, siento un inmenso dolor, pero me sereno y me digo que las relaciones políticas y sus repercusiones en la divulgación internacional suelen ir por lados diferentes a la sencillez, la simpleza y la normalidad con que la gente corriente se mueve por el mundo. No obstante, algo debo decir: ¿Cómo es posible que alguien pueda agradecer esta noticia? Bueno, no sé, puesto que sí debe ser motivo de alegría que los países se encuentren y se entiendan, pero de ahí a sentir un cosquilleo de inmensa satisfacción hacia un imperio que ha hecho, y sigue haciendo, todo lo que puede por destruir a una pequeña nación… El gigante y todo el globo terráqueo no alcanzarían para engullirse tanta vergüenza por lo que han hecho o han tolerado.

A fines del siglo XIX, publicado en La Revista Ilustrada, de Nueva York, el más grande de los cubanos, José Martí, escribiría su notable artículo “Nuestra América”, y en él, con claridad sólo iluminada por los hechos que ya el naciente imperio estaba avizorando, podemos leer:

“El deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento, vencedora veloz de un pasado sofocante, manchada sólo con sangre de abono que arranca a las manos la pelea con las ruinas, y la de las venas que nos dejaron picadas nuestros dueños. El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos. Se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor prevalece. Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad”.

Cuba se dio a conocer con su magnífica Revolución en 1959, para no ser desdeñada, para ensalzar lo mejor del hombre, para colocar la verdad en la historia y abrir una etapa de franca hermandad entre las dos orillas. Nunca mereció el brutal hostigamiento que ha sufrido y continúa sufriendo de su vecino del norte. Que ahora se levanten algunas sanciones no deberían ser motivos para el ingenuo agradecimiento. Habría que destacar que después de tanto tiempo de agresiones inútiles, donde a pesar de ellas y de las tantas heridas y confusiones que han producido, la isla se mantiene imperturbable exigiendo la suspensión total del asedio que practica los Estados Unidos sobre ella. Habría también que destacar que ya América Latina no es la de hace 5 décadas en su comportamiento con Cuba y con el intervencionista gigante del norte. Nuestro continente mestizo se está dando a conocer y tal parece que esta vez no será desdeñado, aunque el rebelde antillano no sea invitado a la Cumbre de las Américas en Trinidad. Pero evidentemente las esencias están cambiando el rumbo.

Entonces yo siento una pena enorme, que bien podría ser un sentimiento solidario, por este hombre descendiente de esclavos negros a quien le ha tocado _bueno, no del todo, pero sí el inicio_, acabar de una vez con esa ignominia que las distintas administraciones norteamericanas han sostenido contra mi pequeño país. Ojalá que este hombre en apariencia libre, bueno y amoroso no haya sido la elección anglosajona para dar la última puñalada al pueblo cubano. Ojalá, ¡quiera Dios!, que este hijo de gentes esclavizadas, oprimidas, despreciadas, discriminadas, humilladas, golpeadas y asesinadas, pueda algún día pronunciar, en nombre del mundo, como un abrazo con esa humanidad que otros han intentado aplastar y exterminar _que es lo que con altísima suficiencia podrían simbolizar él, la isla y los millones de condenados de esta tierra_, dos palabras de enorme significado histórico:

PERDÓN, CUBA.

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