TODA LA JUSTICIA EN NUESTROS JUICIOS
Reflexionar sobre Cuba es, por encima de todo, admitir que los pueblos oprimidos, explotados y humillados tienen el máximo derecho a emanciparse de la pobreza y de la indignidad. La isla recogió ese reclamo con una temprana posición antiimperialista y anticapitalista. Un reto descomunal donde se impusieron las grandes aspiraciones colectivas. El individuo, a pesar de ser el protagonista del esfuerzo nacional, debía convertirse en algo muy pequeño frente a una generalidad que debía elevarse a cimas impensables. Sólo dentro de estas coyunturas pueden comprenderse las reacciones de apoyo o de condena a la Revolución. Pero éstas son responsabilidades muy personales, y tanto sus explicaciones como las diversas posiciones adoptadas hacia la sociedad y el individuo sólo pueden verse desde esa óptica. Esta situación ha marcado profundamente el proceso revolucionario cubano.
Siempre será inaceptable que las mayorías aplasten a las minorías. Cualquier maltrato o subestimación a un solo ser humano ya bastaría para desacreditar a cualquier proceso social. Por eso mismo la revolución, y cualquiera de las sociedades hasta hoy, tienen tantas desacreditaciones. Podrían ya sobrar como para desaprobarlas a todas. Por eso luchan los pueblos y las personas. Ahora mismo gobiernan en Cuba los que enarbolan el derecho más colectivo. Ello no constituye una legitimidad absoluta, pero su fuerza histórica es incuestionable. Sería otra cosa la reflexión sobre la obra revolucionaria. Ahí está el dolor, y también la alegría. Pero, ¿dónde no lo están? Cada persona habrá de saber dónde se coloca y a cuáles sentimientos se acoge.
La cuestión no es si Cuba traicionó a su revolución o la entregó a la extinta Unión Soviética y a las más descabelladas ideas y prácticas del comunismo. Se trata del inmenso cambio que se planteó contra el imperio más poderoso de la tierra. Para ello tuvo que aliarse con aquellos que no pretendían quitarle sus conquistas. Era la única forma de sobrevivir y fortalecerse junto a aquellos que creían saber cómo compartir todos los panes de la vida. ¿Alguien puede pensar que compartir el pan de todas las hambres no es, por ahora, el mayor y el más enigmático de los conflictos humanos?
El que camina por este pensamiento será el que más tropezones encontrará por el camino. Si en ningún régimen de los llamados democráticos, ni siquiera en los estados desarrollados del Primer Mundo, pueden evitarse miles de errores, ¿cómo imaginarse que en la isla no se cometerían? Es muy posible que Cuba, por desear imponerse más exigencias que nadie, haya cometido más errores que ninguno. Pero por eso también es más probable que en su sociedad hayan muchos menos errores que en todas las demás.
Si pusiéramos toda la justicia en nuestros juicios veríamos la amplitud de su diversidad. Pero si nos situamos en la igualdad de los pueblos, si esa balanza fuera posible hoy día, ningún país podría dejar de plantearse, sin egoísmos nacionales, la dignidad de la vida en cualquier parte de la Tierra. ¿Cuántos lo hacen? Si todos lo hicieran, ni Cuba, ni ningún otro país del Tercer Mundo, tendrían la pobreza y la tristeza que muchos creen ver amplificadas en la isla.
Cuba, más allá de la expoliación capitalista que detuvo, empezó a plantearse la creación de una sociedad que erradicara para siempre las ofertas de ese sistema. Era un derecho que exigían los mejores valores humanos que se estaban esbozando. El camino pretendía la forja de un espíritu nuevo. La verdad, la confianza y el altruismo intentaban desplazar a la mentira, el engaño y el que unos se sirvieran de sus habilidades para aprovecharse de los otros. Una nebulosa paradisíaca. Una tribulación mesiánica que pretendió apurar la solución a los grandes problemas del mundo. Podríamos pensar que ya estamos hartos de estos gritos, pero cuánta falta nos hacen.
Ni el imperio ni el sistema capitalista mundial podrían sobrevivir si los pueblos llegaran a creer que pueden prescindir de ellos como lo ha creído Cuba. Realmente tienen razón cuando afirman que la isla es una amenaza a su seguridad. Les apareció un David que les dice a todos que se podría vencer a Goliat si asumen el reto de compartir la vida y enfrentarse juntos al gigante.
Qué maravilla entonces criticarle a Cuba sus errores. Veríamos la infinita alegría de estarlos compartiendo. Después vendrían otros, pero al ser de todos, nos acercaríamos a la más exacta de las verdades conocidas: estamos plagados de errores por todas partes. Mientras grandes zonas del mundo continúen viviendo en medio de tanta inhumanidad, lo único que nos acredita como seres humanos y nos valoriza como individuos es contribuir al fin de esa situación. Es el precio de ser humanidad. Hasta que no lo seamos la isla seguirá siendo una victoria aprisionada entre los peligros del océano y los no menos peligrosos vaivenes de su propio terruño.
A pesar de mantenerse en pésimas condiciones, en Cuba se sigue pretendiendo que no sólo valga un individuo, un país, un pueblo, sino todos. Una profunda idea de sociedad humana. Mientras ésta no se asimile la isla seguirá siendo lo que es: un sin fin de errores, imperfecciones, miles de problemas y todas las ansias, acumuladas en ella sola, luchando contra los errores del mundo. Como una persona que pide justicia a una civilización que no quiere darla ni sabe cómo prepararse para ella. ¿Es Cuba la culpable de ello?
Pobre isla, o magnífica, como tengamos la vista, queriendo hacernos ver que existe el paraíso cuando lo que vemos es el infierno. Parecería que otra vez, como ya ha sucedido en la historia de tantos pueblos e individuos, imaginarse la existencia de la luz en plena oscuridad no nos dejará sus huellas. Aunque podría ser que las nebulosas y las turbulencias cubanas venzan al oleaje de la memoria y ésta logre reunir todas las luchas que nos han precedido.
EL OJO DEL HURACÁN
Cuba se situó con gusto en la historia, casi atrapada por ella. No quiere rendirle cuentas al César. ¿Cómo es posible que tan mínima porción de tierra, con pocos habitantes incluso, continúe sobreviviendo frente a las costas imperiales sin dejar de decir una buena serie de verdades? Todo aquello que millones de seres humanos sienten ante un imperio que saquea, mata y ordena a su antojo a la mayoría de la humanidad.
La circunstancia de estar situada entre la prisa por eliminar las injusticias ya endémicas de cualquier país pobre, construir otro sistema político, económico y social, enfrentar el asedio de las administraciones norteamericanas, luchar con las propias contradicciones de un proceso revolucionario, más el rompecabezas y desmoronamiento final del bloque comunista europeo al que se unió, ha hecho de Cuba una situación límite. Pero su dirigencia nunca ha renunciado a defender unas razones que, reclamando el patrimonio sobre el territorio y la población donde triunfó una auténtica revolución, se erigen con todo el derecho a moverse en el ojo del huracán, a pesar de los múltiples mensajes a su modificación que desde todas partes la realidad le envía.
Estas razones son los principios más sagrados de la Revolución, aquellos que, entre otras cosas, posibilitaron la más amplia erradicación de la miseria, el analfabetismo, la insalubridad, la incultura, el abandono, la clásica apatía y todos esos terribles males que azotan y diezman al mundo subdesarrollado. Mientras los países más ricos continúan fracasando en sus políticas de ayuda al desarrollo en los países más pobres, Cuba ya tiene avanzado un largo trecho en la dignidad del derecho a la vida, digamos incluso que grande y por ello mismo más complicada su solución. Los cubanos ya no conciben una existencia sin todas las dignidades.
La situación actual, abierta desde el pueblo y la propia dirigencia, a un debate nacional sobre el momento en que se vive, ha hecho que muchos rehúyan a continuar con el discurso oficial de las alabanzas. Aún en el desgaste donde se hayan todas las conquistas sociales que se alcanzaron, para ninguno es un secreto que ellas serían irrealizables en cualquier otro país pobre del mundo capitalista. Se llega al convencimiento de parar un poco la posición apologética hacia las virtudes, los aciertos, las inteligencias y todo el tesonero esfuerzo por la construcción de ese mundo más humano que mejor puede caracterizar a Cuba.
Se cree que instalando en la mayor crítica los errores, los absurdos, las torpezas y todo aquello que impidió la más completa realización del proyecto revolucionario es como mejor se puede contribuir a la búsqueda de caminos transformadores en todo el mundo. Aunque con toda intención, al adoptar esta actitud, se hace un profundo hincapié en lo que han significado la injerencia del gobierno norteamericano y del sistema capitalista mundial en los entuertos que se exponen.
Se trataría, y este puede ser ahora el mayor objetivo de las razones que se defienden, de incitar al mundo a que miren, investiguen y valoren con justa ponderación las luchas cubanas y las ayuden. Una posición que busca despojarse, incluso dentro de algunos caminos llamados progresistas, de esa creencia de que se puede contribuir a la solución de las agonías que afectan a los pueblos pobres a partir de la imprecisa libertad que, como un crucero turístico a través de las más dolorosas realidades, va repartiendo unas festinadas y lastimosas golosinas. Una vía sin base real, porque la erradicación de los males sólo puede alcanzar su verdadera eficacia cuando se arriba a sus más atascadas raíces.
Del llamado al mundo surge la reflexión hacia la propia isla. Si hay conciencia de cooperar, desde la máxima disponibilidad crítica en la más precisa libertad, es posible encontrar soluciones. Un pensamiento que busca, sin ataduras a simpatías ideológicas, situar la gesta cubana en su determinante significado. La obra de la Revolución actuó contra unos males que existían en el país antes del triunfo guerrillero. No inventó esos males. Se propuso eliminarlos y colocarles en el camino una aureola de superación absoluta. ¿Qué pueblo, con una mínima cuota, no digamos sólo de dignidad, sino de aprecio a la vida, puede soportar el martirio de sus hijos sin levantar el brazo para defenderlos?
EL PRINCIPIO DE UN SUEÑO
No existía un pensamiento incendiario en la guerrilla del Comandante Fidel Castro, e incluso este mismo hombre, de extraordinaria personalidad e inusual energía, en la causa por el 26 de julio de 1953, sólo dejó entrever con su alegato defensivo conocido como “La historia me absolverá” unas ideas y unas acciones para mejorar el sistema imperante en la Cuba de antes del triunfo de la Revolución, aunque ya ese programa tenía antorchas con fuerzas y sensibilidades suficientes para incendiar todo el andamiaje existente. La capacidad pirómana se estimularía desde fuera, desde el mismo instante en que la victoria revolucionaria del 1 de enero de 1959 significó un nuevo proyecto de vida. El pueblo había conquistado su nación y esta comenzó a ser abandonada por la burguesía que huyó a los Estados Unidos de América para esperar la acostumbrada intervención imperial. En Cuba se comenzaba a propulsar un pensamiento y una acción que no tenían intenciones ornamentales, fanáticas o inmovilistas. Era el principio de un sueño que debía despertar en toda su plenitud. El pueblo quiso ser el dueño de sí mismo.
Ya con la primera medida revolucionaria, la Ley de la Reforma Agraria, Cuba se colocó en el blanco directo del imperio. Como no hacía las reformas tradicionales debía ser examinada y sancionada constantemente. Y vivir con estas tensiones sólo contribuyó a acelerar un proceso revolucionario que no había alcanzado toda su claridad. La Revolución se convirtió en algo más grande que los seres humanos que la hacían, pero estos ya no podían zafarse de semejante grandeza. La desesperación de los revolucionarios siempre querrá imponer su horizonte, aunque sepan que con su mínima fuerza es imposible abarcarlo completo e incluir a todos en el viaje.
Eso fue suficiente para que la saña imperialista los condujera a un único pensamiento: defender sin contemplaciones con nadie el sueño que iba naciendo. Entre las angustias ante un parto tan desconocido y los ataques del imperio, la realidad se perdía en un misterio adonde se adentraban unos vencedores que siempre habían sido vencidos.
EL CAMINO DE LA CONVICCIÓN
Así aparecieron las condiciones que les han impuesto a Cuba los Estados Unidos de América, con su enloquecido bloqueo económico, financiero y comercial, el mayor responsable de los sufrimientos que ha debido encarar el pueblo cubano, y no sólo por las penurias materiales, sino también por la magnitud de radicalización, incertidumbre, desaliento, desmoralización y corrupción que ha implicado en numerosos aspectos.
Las atrocidades de este hecho se condenan todos los años y desde hace mucho por la Asamblea General de las Naciones Unidas, las Cumbres Iberoamericanas y las más diversas organizaciones. Ver sus actas y estadísticas, año tras año confirmadas por la casi totalidad de sus miembros, es decir, la abrumadora mayoría de los países, gobiernos y pueblos del mundo, resulta una visión absolutamente humillante para toda la humanidad. Igualmente pasa si palpamos los archivos del Congreso Norteamericano, con sus otras leyes que recrudecen aún más el asedio contra Cuba. Esto aumenta en la Agencia Central de Inteligencia, con la organización o consentimiento de innumerables agresiones contra la isla, incluyendo diversos planes de asesinato al presidente cubano y otros funcionarios oficiales.
Con total impunidad se han arropado en los Estados Unidos los más macabros actos terroristas contra Cuba, desde el regadío de plagas en la agricultura hasta la voladura de un avión cargado de pasajeros. Asimismo, los medios informativos al servicio del imperio sembraron por todo el mundo la desacreditación más completa de la Revolución. Y no siéndole suficiente en el exterior, también lo impulsaron en el interior del país. Radio Martí y decenas de emisoras radiales, así como señales televisivas a través de sofisticadas tecnologías y miles de publicaciones contra la Revolución son presupuestadas desde diversas entidades vinculadas al gobierno norteamericano. Todo con el propósito de envenenar el proceso revolucionario.
Con la Ley de Ajuste Cubano se completa el círculo de la vergüenza. Una ley diabólica vestida de ángel a la que no pueden acogerse ni haitianos, ecuatorianos o mexicanos, sino sólo cubanos, que deben pisar la tierra prometida por cualquier vía para disfrutar del derecho que les concede el imperio para establecerse en él, ya que es casi normal que éste no les conceda las visas correspondientes para llegar con naturalidad. Pueden morir muchas personas en el intento, pero esto parece no importar. Lo fundamental es alimentar la deserción a la Revolución sin asumir las consecuencias. Es el interés por acobardar a un pueblo para que magnifique el poderío imperial. Una de las ideas más miserables al pensamiento de comunidad que debe primar en el mundo. Es la historia de un crimen contra el sosiego donde intentan vivir aquellos que sólo han querido soñar.
Con las agresiones contrarrevolucionarias llegaron la radicalización del jefe, la de su tropa de rebeldes y la del pueblo que secundó aquella epopeya. Decididamente ya la vida habría de cambiar su recorrido. ¿Quiénes lo estaban intentando? Aquellos que ante los ataques que la isla ya sufría le ofrecieron toda la ayuda posible: el campo socialista europeo. Se juntaron dos circunstancias inevitables y la esperanza se convirtió en la mayor bandera cubana. Comprender esta situación, en sus realidades e irrealidades, más allá de ser señalado por algún Poder, depende exclusivamente del más íntimo sostenimiento de cada ser humano. Desde el mismo triunfo de la Revolución las múltiples miradas a la realidad y la imposición de una han pugnado en una pendiente muy resbaladiza. Casi siempre el camino de la convicción es invisible.
EL PARADIGMA DE UN NUEVO PUEBLO.
Cuba debió enmarcarse en un proceso revolucionario radical sin medias tintas con los opresores ni con los oprimidos que se les acercaran. Entre muchas otras cosas, influida por su temprana alineación marxista, Cuba suspendió la democracia electoralista, los partidos políticos tradicionales, la economía de mercado, el poder del dinero, las relaciones mercantilizadas en la competitividad humana, la propiedad privada sobre todas las riquezas económicas, sociales, educativas, culturales y deportivas, incluidos los medios masivos de información.
Cuba se erigió en un proyecto exigente del más absoluto compromiso con su unidad, impulsándose la idea del máximo sacrificio personal en aras del beneficio colectivo. Para ello se dispusieron numerosas restricciones a las actividades laborales y sociales de las personas, siendo, en algún modo, algunas de las más controvertidas, aquellas que suspendían las iniciativas individuales en cualquier campo de la economía y las que obstaculizaban la libre salida del país y el regreso. Esto fue el principio de un continuo movimiento desaprobatorio en los más diferentes estratos sociales, iniciándose una silenciada y torturada emigración. Cuidando la unidad revolucionaria se llegó al extremo, en muchos órdenes, de colaborar inconscientemente con el objetivo que el imperio y el sistema capitalista se trazaron para la isla: que ésta se encerrara en una paranoia imposible de rectificar, saltar y salir airosa.
“Patria o Muerte. Venceremos” será el grito revolucionario que defina la total conjunción entre los dirigentes y el pueblo, siendo el más notable ejemplo la pasmosa tranquilidad que vivió la isla durante la conocida Crisis de Octubre de 1962, aquel momento terrible donde la humanidad esperó espantada la posibilidad de una guerra nuclear. Los cubanos debían defender su revolución al precio que la realidad le imponía. A una imposición externa obedeció una imposición interna. Así la dirigencia instaló en la órbita de la dignidad el paradigma de un nuevo pueblo. Y de crisis en crisis, entre carencias y reveses, pasara lo que pasara, se fue imponiendo siempre la victoria, como si el tiempo no existiera en la impaciencia de los mortales.
¿Era una insensatez la unidad entre la dirigencia y el pueblo? ¿Debían rendirse? Ni uno ni otro podían escapar al fuego de los ideales, aunque dejaran pasar el humo de la realidad. Los cubanos, con elocuentes mayorías, continuaron su desenfadada andadura.
Así, en los principios constitucionales de la Nueva República se plasmaron los órganos de gobierno del Poder Popular a todos los niveles, pero sólo con una ligera concesión a la separación de éstos de los órganos del Partido, uno solo, el Partido Comunista: una entidad con intención de significar el mejor poder del pueblo, ya que en él sólo tenían cabida como miembros plenos aquellos hombres y mujeres que, por sus propios méritos en la lucha diaria, constituyeran la vanguardia de la Revolución, la que ocuparía todo el poder gubernamental y organizativo del país para responder a la dirección central y pretendidamente purificada que representaba el Partido.
Como el sistema iba alcanzando un adecuado mejoramiento para todo un pueblo, se planteó que éste podía desprenderse de una parte de las ya racionadas cuotas del bienestar material para colaborar con los más necesitados del planeta. Han sido incontables las acciones desarrolladas por Cuba para que miles de seres humanos encontraran gratuitamente en la isla la salud y la educación que no podían obtener en sus países pobres. Igualmente hacia esas regiones viajaron miles de cubanos a ofrecer su cooperación. El Tercer Mundo ha sido testigo de una página gloriosa de un país pobre y acosado para quien, necesariamente, la solidaridad internacional le significaba otro frente de agotamiento. No obstante, el ejemplo del Ché Guevara, consciente de que los procesos revolucionarios sólo pueden salvarse si respiran con total abundancia, se impuso hasta en el saludo de los niños cubanos en sus escuelas.
Cuba pasó a la más estrecha colaboración con todos los Movimientos de Liberación en América Latina y África. Esta actitud fue vista como un gran peligro por casi todo el Mundo Rico, con sus gobiernos y sus multinacionales que tenían otros intereses; y hasta para algunos países del Mundo Pobre, obedientes a los dictados del Capital, la presencia cubana fue una amenaza a sus poderes rendidos al apetito expoliador. Entre todos se propusieron hacerle más difícil al gobierno cubano la solución de los problemas que afectaban a la isla que, al ayudar a otras realidades, subestimó la suya, pensando que la conciencia de los cubanos soportaría cualquier sacrificio. Si no hubiera sido por las ayudas de la Unión Soviética, la consolidación del proceso revolucionario hubiera sido imposible. Pero Cuba entró de lleno en el ajuste de cuentas entre los dos sistemas del mundo.
UNA JUSTIFICADA DESMESURA DEFENSIVA
Por el estado de guerra permanente en que Cuba se vio envuelta no le quedó otra alternativa, aún siendo extraña a la historia e idiosincrasia cubana, que seguir la línea del pensamiento comunista que reinaba dentro de los aliados, socializándose, a la usanza de aquel socialismo, casi todo en la vida. Se había instaurado en el país una “dictadura del proletariado” que, después de cortar desde la raíz el poder de los opresores, no resolvió las contradicciones que generaron la propia socialización realizada y se constituyó en una carta abierta para los dirigentes revolucionarios que orquestaban la nueva sociedad. Una línea de pensamiento único personalizado que les propiciaba el espacio más eficaz para enfrentar la agresión extranjera, colaborar con otros movimientos revolucionarios y desde donde podían, también con mayor holgura, imaginar el modelo de sociedad para el cual se sintieron elegidos a decidir y dirigir.
El mismo pueblo, desconocedor de la magnitud de sus fuerzas e identificado mayoritariamente con las ideas de sus dirigentes, facilitaba el acomodamiento a esa postura. La dictadura se erigió, desde la cúpula dirigente, como la única forma posible para que se cumplieran todos los proyectos de la nueva sociedad. El pueblo no podía ver la dimensión del Poder que se estaba instaurando. Los intelectuales y otros profesionales sí lo intuyeron, pero se dividieron en varios bandos donde podían observarse las más diversas posiciones de acercamiento y apoyo o de alejamiento y desaprobación. Nunca llegaron a poseer una visión unida y ello les restó fuerza para enfrentar la situación con otras propuestas, con lo que la cúpula dirigente encontró vía libre para imponer su camino.
La conformación de la estructura del poder tuvo su núcleo central en el cuadro revolucionario, o sea, en el individuo-dirigente del pueblo, que debía organizarlo en algo parecido a un infinito de batallones militares que aseguraran la invulnerabilidad. Una concepción que, más allá de la vigilancia para la defensa de los grandes intereses del país, se extendió incontrolablemente a todos los aspectos de la nueva vida que se fundaba. Se creó, pasando la criba de la selectividad partidista, un alto mando de miles de individuos que harían distintos seguimientos de las doctrinas centralizadas. Dirigentes excelentes, incluso revocando las orientaciones recibidas, pero haciendo mucho bien a la Revolución, y esto era lo que se esperaba de su trabajo, que fueran eficaces en la conducción masiva del proceso revolucionario. Gracias a ellos el pueblo pudo sentir que ocupaba realmente el poder y se entregó de lleno a trabajar por un proyecto social que prometía un mundo mejor. Pero entre los conductores de la osadía revolucionaria, al no darse cuenta de que no eran ellos la más exacta dirección, aparecieron los dirigentes ineptos, que interpretaban tajantemente las directrices, que no las entendían o que buscaban ciertos privilegios, convirtiendo sus áreas de actuación en verdaderos feudos donde distorsionaban lo que los otros iban conquistando. Combatirlos ha sido una épica de la construcción socialista, pero como igualmente ellos luchaban contra el principal enemigo no se les podía destruir de forma fulminante. No sobraban los incondicionales.
Ya se sabía que esto era un arma de doble filo, pero necesariamente mantener el poder revolucionario era lo fundamental. La magnitud y peligrosidad de los frentes abiertos, junto a la cantidad de posiciones y personas para enfrentarlos con la mínima disposición de recursos que poseía el país, determinó que el pueblo organizado se situara en un segundo plano frente al gobierno que, desbordado ante la responsabilidad de concentrar todos los recursos y practicar una dirección unitaria sobre ellos y sobre las personas, no supo privilegiar la influencia y el poder que debía ejercer el propio pueblo. Sencillamente la dirección del país aceptó el reto de la coyuntura y el pueblo se dejó conducir bajo un secretismo que casi lo anula.
De esta manera, Cuba no pudo escapar al círculo vicioso del poder. Una funesta situación para todos, pues ante tantos combates y una colectividad restringida en sus iniciativas y esperando órdenes de una dirección desbordada era imposible un eficaz desempeño en todos los frentes y una máxima atención a las órdenes y a los que las daban. La unidad monolítica de la Revolución en torno al poder gubernamental ocupaba el primer escalón de la realidad. Ello fue suficiente para fortalecer la dictadura y hacerla casi irreversible. Ésta, ya convertida en un perfecto molde político, comenzó a desarrollar su típica burocracia y a dictar innumerables disposiciones absurdas. El resultado fue inminente: graves auto-censuras en toda la población.
Nada de esto podía favorecer la solidez del proyecto revolucionario. Y alguna conciencia sobre ello empezó a sentirse entre todos. Resultaban extraños los obstáculos que se le estaban poniendo a la libre expresión del individuo, a la sabiduría que siempre aporta la diversidad y a la moderación que se encuentra en la reflexión colectiva. Todos ya miraban que con estos obstáculos era imposible que no se desarrollaran tendencias autoritariamente arbitrarias, inmovilistas, excluyentes, y que todo ello abriría el canal del oportunismo, la arrogancia y la impunidad, lo que finalmente disminuiría la sabia interrelación de criterios y acciones entre las bases populares, intelectuales y la dirigencia. La conducción de un proceso único en la historia no ha podido con sus riendas y ello produjo desde el principio las consecuencias más naturales.
La defensa de la Revolución se convirtió en un fenómeno casi metafísico, pasando los límites de la racionalidad e instaurándose como una norma represiva en el espíritu del miedo. ¿Pero acaso el miedo es una característica exclusivamente de Cuba? Tampoco la isla pudo librarse de este flagelo que azota a toda la humanidad. Con absoluta justificación muchos valiosos cubanos prefirieron otros miedos y otros riesgos y abandonaron el país. Pero la mayoría, pudiendo o no pudiendo hacerlo, creyendo o no creyendo, o dejándose llevar por la premisa de que una revolución no es completamente una magia positiva y casi esperando un milagro, se quedó para apoyarla.
Unos, aferrados a sus dignidades, enfrentaron la situación con enorme valentía, obteniendo unas veces la victoria y otras la derrota, pero continuaron luchando; otros, debilitados u oportunistas, lo aceptaron todo como un mal necesario; y otros, ignorantes o indolentes, obedecieron sin reparos. Todo esto tenía que confundir el proyecto de vida que intentaba construir la Revolución, y eso era lo que quería el imperio: dañar hasta las raíces. Y en gran parte lo logró, pues propició una actitud hermética en toda la sociedad que, agredida desde el exterior y restringida en el interior, se atrincheró como pudo, no quedándole más remedio que aceptar el hermetismo de la trinchera para realizar la vida cotidiana y como una norma general en que parecía que podría edificarse el sistema socialista.
Podría preguntarse el por qué casi todo un pueblo, que ya iba alcanzando la mejor educación política, pudo ser tan permisible con los errores de que era consciente. Ello encuentra su explicación en esos grandes ideales que se asumieron como un destino omnipotente que por sí mismo iría venciendo todos los lastres que se le pegaran. La gran inocencia de los que luchan sólo porque saben que tienen la razón. Una prueba irrefutable de que lo único realmente importante en los ideales es que están por hacerse y nada ni nadie pueden garantizar que se hagan. Sólo quien pudo asumirlos como el horizonte impenetrable, independientemente de los daños personales que pudieran ocasionarle y hasta de la victoria o la derrota de los mismos frente a sus ojos, pudo sostenerlos como la experiencia vital que sólo significan desde tiempos inmemoriales. La única obligación para quien se aferre a los ideales es comprometerse con ellos hasta las últimas consecuencias, incluso luchando contra uno mismo, pero hasta esto trató de impedirlo el odio imperial, que introdujo en Cuba todas las confusiones para imposibilitarlo, siendo muy eficientes las que se aprovecharon de los absurdos y toda suerte de incongruencias que rodeaban al proceso revolucionario y que contribuían a desprestigiar a los propios ideales.
Entre millones de bromas de la época circulaba un chiste muy peculiar: un turista norteamericano espera en el Metro de Moscú, pero ante la demora de éste le reclama a la guía rusa: “Pero usted me decía que la puntualidad era absoluta”, a lo que la mujer responde muy enfadada: “Pero aquí no hay discriminación racial.” Dos hechos explícitamente sin conexión, pero en este sencillo diálogo se expresa una comparación de prioridades y valores. Con la risa del chiste entraba sutilmente al imaginario cubano la torpeza de la mujer por su absurda pelea ante una aparente inconexión y una falsa valoración de los dos hechos, quedando el suceso principal -la discriminación racial-, como un sin sentido ante la concreción que demandaba el turista. Así se ridiculizaba una conquista humana, de Cuba sobre todo, mucho más importante que la puntualidad con que debía arribar el tren del Metro de Moscú.
Muchas veces esta comedia se convirtió en tragedia y el absurdo le ganó la batalla a la cordura. Miles de magníficos dirigentes y millones de cubanos sencillos y sacrificados, en aras de mantener lo esencial de sus proyectos, no los cuidó lo suficiente y limitaron o desviaron sus observaciones. La gigantesca obra de todos, nublada por sus peores constructores, no pudo salir indemne. Por culpa de éstos y sus dóciles subordinados se produjeron hechos lamentables dentro de un proyecto liberador que intentó la máxima limpieza. Se enconaron diversas problemáticas con heridas de muy mala cicatrización, y muchos de los conflictos que se generaron, agrupados en un “no sé qué hacer para resolverlos sin darle alas al enemigo”, se las dieron, y con ello se colocarían enormes fragilidades en todo el proceso histórico de la Revolución. Se había entronizado el dogma como un obstinado maleficio del cual nadie podría librarse.
Había fallado el tan buscado sistema de participación colectiva en los poderes establecidos. Pero esto hay que verlo como el mayor ejemplo de que cuando un proyecto tan liberador es presionado por sus aliados y tiene que sufrir la intolerancia y una descomunal agresión por el otro bando, le es imposible desarrollar un pensamiento crítico para su magnitud creadora. Le estaba prohibido existir.
Es en esta realidad de justificada desmesura defensiva donde se sitúa, casi intocable, y por tanto, malherido, el poder del cuadro revolucionario y de todo el sistema que lo creó. Pero, ¿puede creerse que el proyecto cubano podía ser una simple medida del deseo? Por el buen deseo están esperando desde hace siglos, y para vergüenza de la civilización, millones de seres humanos echados a una suerte inenarrable que parece condenarlos hasta el fin de los tiempos.
IDEOLOGÍA Y REALIDAD
Si bien el gobierno socialista en el poder alcanzó unas conquistas sociales bien altas, esta misma dirección, en 50 años, no pudo complementarlas con el mejoramiento material y la plenitud de la libertad. Y el tiempo, ese imperturbable cazador de todo lo humano, ya tiene ese poder en su urdimbre de desgastes con una impaciencia sobrecogedora. La dirección que privilegió los ideales, el futuro y la unidad, por encima de las condiciones materiales, el presente y la pluralidad, no tuvo en cuenta todos los hechos de la realidad. Y los hechos siempre van por encima hasta de la más inobjetable verdad.
Desaparecido el campo socialista europeo en los años 90, la Revolución ha sido más presionada que nunca, por los agresores de siempre, por sus aliados de antes ya también agrediendo y por su propio pueblo lleno de fatigas y nobles exigencias. La crítica situación económica del país, llegando a un estado de supervivencia, fue convertida por el gobierno en una urgente necesidad de resistencia para salvar a la Patria. Es cuando el gobierno, intentando salvaguardar todo lo bueno que pudo hacer e impedir la parálisis del país, llamó a diversos empresarios capitalistas que, sirviéndose de la situación de un país agotado y empobrecido, se instalaron en Cuba bajo la mirada más sufriente de todos que, muchas veces aceptando migajas en las nuevas relaciones, no podían dejar de preguntarse a qué camino estaban arribando y hacia dónde se dirigían.
La situación de todas las capas del pueblo empieza un galopante deterioro, y cada día más llevando consigo contaminantes larvas de confusión moral e ideológica. El gobierno había tenido que reimplantar el poder del dinero y ciertas particularidades de la propiedad privada. Se introdujo en la economía interna la mayor desigualdad entre los cubanos: la tenencia del dólar norteamericano como referencia de valor adquisitivo para gran parte de los productos necesarios para la vida diaria y el establecimiento en todo el país de tiendas estatales para regirse por estas normas. Dejó de tener una correspondencia la adquisición de diversos bienes con el salario de los trabajadores, que se ofrecía, como en cualquier otro país pobre, en la moneda nacional siempre por debajo frente al dinero del gran Capital. Se había derrumbado una conquista de igualdad que siempre se exaltó. Pero, casi como fantasmas, a Cuba le surgieron nuevos aliados para sostenerse, aunque no puede pensarse en una homologación del pasado. No es sólo sostenimiento lo que demanda la población y los propios ideales revolucionarios.
La sociedad cubana se pone a la ofensiva, aunque en general no conciba entregarse al amo norteamericano que echó de la isla, pero a la dirigencia le resulta casi imposible aceptar una posición diferente ni una fuerza opositora dentro de sí misma. El surgimiento de lo diverso o la oposición dentro del proyecto de la Revolución Cubana siempre ha estado asociado a su destrucción, convirtiéndose el rechazo a lo diverso o a la oposición en una serie de deficiencias que se ven aumentadas por el propio instinto de conservación del proyecto.
Una contradicción revolucionaria con consecuencias insospechables. En medio de esa ferocísima contienda entre ideales y realidades se debate lo mejor del pueblo: ¿qué pensar, qué decir, qué hacer? Y también se debate la mejor dirigencia: ¿cómo continuar, cómo convencer, cómo triunfar? Empieza, entonces, a crearse una sutil y peligrosa distancia entre el gobierno y la población. La dirigencia cubana supo dirigir al pueblo para hacer la Revolución, pero nunca supo cómo entregársela, ni el pueblo aprendió a cómo tomarla. Sólo mediante la concientización de ambos, en ideal y realidad, podrán iluminar la continuidad y posesión de la gesta que han hecho. En esa historia habrá de hurgarse a profundidad. Ahí está el entendimiento. No es válido terminar definitivamente con un proyecto revolucionario de altísimos valores que no ha podido desarrollarse con naturalidad.
LA CAJA DE PANDORA
La propia vida de los cubanos ha empezado a desmantelar la memoria, pero el gobierno no se puede mover en muchas direcciones. Por esos movimientos están esperando los dólares del capitalismo. Un dinero que no serviría para la solución de los problemas existentes, pues está reservado con toda la sabiduría de esos papeles para el derrocamiento completo del gobierno socialista. De ahí que la cúpula dirigente no tenga otra opción que abrir diversas válvulas de descompresión de la realidad, como la autorización más libre para las salidas del país. Esta medida ha surtido su efecto, pero el estallido de deseos para viajar al extranjero ha creado una absurda sensación de naufragio de la Revolución. La inocencia vuelve a aparecer ante unas ansias que, nada exclusivas de Cuba, recorren todo el mundo pobre. Otras medidas destacables son aquellas que han aflojado las restricciones a múltiples actividades laborales y sociales de las personas, lo que también ha surtido efecto, pero colaborando al resquebrajamiento de la conducta ciudadana y en general al deterioro de la disciplina y la responsabilidad que en todos los órdenes podían observarse en la sociedad cubana. Otra gran alarma, cuando es lo más normal en un país que ha comenzado una nueva etapa donde se están revisando todos los pasos anteriores y los nuevos son completamente desconocidos.
El hecho verdaderamente relevante lo constituye el fortalecimiento de la crítica y el debate cada vez más sustancial, eliminando la unanimidad que imponían las políticas anteriores, aunque todavía se rechaza la participación de aquellos que obviamente quieren abrir la Caja de Pandora con una dirección política en contra de la Revolución. Pero van cogiendo fuerza, con una clara mirada aglutinadora, los grupos que, cada vez más abiertos al diálogo con cualquiera y reconociendo los sufrimientos de muchos cubanos, alzan todas las dignidades que les corresponden y proclaman la crítica, el debate y la apertura a la contribución de todos como unas tareas impostergables, pues están conscientes, a pesar del riesgo por donde transitan, de que si no se asumen todos los truenos, éstos terminarán explotando por sí mismos. Saben que ya entraron al escenario las contradicciones que crispan la apreciación consensuada de las ideas, los conflictivos lazos entre las diversas generaciones y las múltiples miradas a una realidad que ya dejó de ser única hasta para los que la quieren sostener.
Es innegable que el gobierno ha logrado mantener el camino. Ningún líder opositor ha podido surgir con un proyecto creíble. Ningún grupo disidente ha podido crear bases populares. Ello ha sido posible por la dureza de la dirigencia gubernamental, pero mucho más a la inexistencia de valores genuinamente humanistas para echarla, porque a pesar de sus numerosos errores se ganó un fortísimo pedestal con sus razones, aunque ya éstas terminaron de ser de su exclusivo patrimonio. La situación actual está más abierta que nunca al influjo contestatario interno y externo, y ya no es posible catalogarlo completamente como el mismo factor injerencista y nocivo a los caminos de la Revolución. Se trata del propio flujo estancado del proyecto enaltecedor que renace.
LOS RETOS DE CUBA
Es claro que el sistema capitalista tiene fuerzas suficientes para intentar someter todo lo que pueda significar un arreglo de la cuestión cubana por sí misma. Este es un reto que Cuba tiene ante sí: zafarse de esas fuerzas. Aunque también habrá de zafarse de las fuerzas internas que la atan y la debilitan. Otro reto, tal vez más complejo, por la acomodación al régimen creado que ha subsistido y por aquellas justificaciones que la isla siempre tuvo para seguir adelante en sus más fieros torbellinos sin cambiar el rumbo.
Los principios que la experiencia revolucionaria le han otorgado a Cuba, en su devenir como epopeya de los pobres de la Tierra, la obligan a situarse junto a aquellos pueblos más necesitados del mundo, donde la urgente necesidad de cambios estructurales convierten a la isla en el único referente a seguir para subsanar las más elementales deficiencias. Pero ahora se espera de Cuba, por obra y gracia de la globalización ya ineludible, la pertinencia de situar su proyecto en el hilo salvador que ha de ponerse en marcha en la historia de la civilización. Si este hilo sólo fuera un absurdo deseo y las transnacionales y todo el poder del Mundo Rico insisten en continuar con la verdadera dictadura que ostentan sobre el resto de los países y siguen tomando al llamado Mundo Pobre, que realmente no lo es, para corromper a sus políticos, seguir engañando a sus pueblos y así continuar robando sus riquezas y alimentándose de su hambre, entonces de Cuba sólo debe esperarse que resista junto a aquellos que pueda sumar y que entre todos reediten una revolución aún más radical. Pudiera Cuba revitalizar otra alianza socialista, ahora en el desesperado entorno latinoamericano, donde las ansias por cambios sociales, a pesar del descreimiento general, se han convertido en una fe con una rotundidad implacable, pero si nuevamente se acude a la trinchera, posiblemente se volverán a repetir los hechos y de nada habrán servido los sacrificios de tantas vidas generosas entregadas al altar de una equivocación histórica que seguimos sin entender.
El capitalismo no quiere que Cuba realice ningún cambio. Busca la rendición. Y de no rendirse, que permanezca con aquellos factores que la separan del movimiento progresista mundial. Una buena artimaña para convertir la simbología cubana en una quinta columna contra la unidad de todos los luchadores por Un Mundo Mejor.
El imperialismo norteamericano quiere que Cuba no deje de ser el sitio donde tantos cansancios y sacrificios alteran la vida del pueblo y que tanto asustan a otros pueblos. Quiere que la isla no ceda ni un ápice en su desesperado intento por seguir hablando de que un mejor ser humano es posible, pues el imperio sabe cómo arrinconar ese lenguaje en una tonta melodía. Quiere que Cuba sólo signifique esa pequeña porción de la humanidad que quijotescamente se atrevió a desafiarlo con un gran regocijo en sus espadas y con las que sólo encontró la locura. El fin de la Revolución Cubana se convertiría en una mera cuestión formal: el mayor ejemplo para desprestigiar a los que luchan por la utopía, la mejor conquista del pensamiento expoliador y un flamante hito para disminuir los ataques al sistema capitalista.
LA GRAN PARADOJA
Una gran ironía del destino debe enfrentar Cuba: una completa aproximación adonde estamos todos intentando transformarnos. No hay otra alternativa, porque insistir con aquel socialismo único que se derrumbó como un castillo encantado, y al que se le vieron muchos desencantos, podría ser un desafío innecesario a la conciencia del mundo. La dirigencia cubana habrá de consensuar con su pueblo las aproximaciones que ha venido haciendo al sistema vigente hoy día, el capitalista. Pero en modo alguno esto quiere decir que la isla volverá a la indignidad que heroicamente desterró, todo lo contrario, Cuba le aportará al mundo, como una memoria imprescindible que todavía está andando, su singular proceso de liberación contra ese sistema. Porque es lo que han significado y todavía significan las luchas como las de Cuba, a pesar de sus errores, lo que mantiene viva la esperanza por el mejoramiento de la Humanidad. Se trataría de una gran paradoja a lo que la isla se aproxima. Muchos creen que esto sería su hundimiento. ¿No está preparada la sociedad cubana para asumir el presente de la Historia? Este es el reto del mundo y el pueblo cubano no puede quedar marginado.
Es indudable que no se puede cometer el pecado de la santidad, pero el país completo está abocado a la acción. En Cuba existe una completa legitimidad en su gobierno, su parlamento, su constitución y en su sistema de organización social, económico y político. El orden adecuado para plantearse y dirigir una nueva andadura. Pudiera el bloqueo imperialista ir perdiendo su fuerza, pero con él o sin él hay que replantearse el camino. Habrán de erradicarse aquellas concepciones y formas estructurales que han posibilitado la existencia de unos feudos y unos señores feudales que han considerado como propios la fuerza y la sabiduría de todos. No se puede seguir entendiendo que la Patria, la Nación, la Soberanía, la Dignidad, La Resistencia, la Voluntad y La Vida sólo pueden ser definidas desde el Partido, desde el Gobierno, o desde unas instituciones y personas que no han podido superar las difíciles coyunturas que han enfrentado. Su osadía ha sido inmensa, pero ello no la exime de ser revisada. Se es un pueblo con todas las facultades para la libertad o tantas esperanzas depositadas en su lucha se vaciarán inexorablemente. El pueblo, hay que repetirlo siempre, somos todos, o al menos, en una nueva época, tenemos que serlo todos. Y los dueños de los pueblos, sean quienes sean, han de entregar todas sus propiedades.
Es claro que la propuesta cubana no podrá pasar por la privatización de las riquezas conquistadas, que sólo podrían ser compradas por los avariciosos, por dirigentes corruptos que abusaron del sacrificio de los demás o por aquellos individuos inescrupulosos que sabrían volver a repetir la historia de usar sus capacidades para aprovecharse de los otros y continuar con el sistema que queremos abolir. En Cuba el país es de todos por igual y el pueblo es el único con capacidad para comprarlo. Pero si ya lo tiene, ¿qué va a comprar? El problema está en que esa riqueza salga de la propiedad teórica del Estado y se instale en la propiedad práctica del pueblo. Una fórmula que acogiendo los instrumentos necesarios del desarrollo, no se haga su rehén. Y de Cuba todos esperarían una propuesta creativa, completamente diferente a lo conocido, pero esto también puede erigirse en una desmedida exigencia. No se trata de que, por su histórica lucha, ese pueblo se vea obligado a una creación desconocida. Tal cosa haría mucho daño a la propia idea revolucionaria. Se hará lo que se pueda hacer sin olvidar las condiciones mundiales: Cuba es un pueblo más dentro de ese mar de contradicciones en que nos movemos todos. Y si esta historia del pueblo cubano puede plantearse un camino esperanzador, sólo será posible su caminar cuando la política se despliegue a través de la realidad conocida y defendida para bien de todos, sin hipocresía, sin negocio, sin chantaje, y donde no quede en pie ninguna posibilidad para jugar con la riqueza y la inteligencia del pueblo. Al pueblo no se le puede desheredar de su inmenso poder.
En alguna medida y en cualquier parte del mundo, ya todos sentimos que el sistema capitalista, con sus inseparables compañeros de viaje, la industria armamentista y la nulidad de la ética, no podrá sobrevivir a los destructores desarrollos de sus propios socios de aventuras, porque absolutamente todo lo ha puesto a viajar en los desenfrenados vagones mercantiles de un tren de vida sin timón que no respeta ni los paisajes ni a las personas. Este viaje está llegando a su final. Pero el capitalismo se constituyó en un gigantesco acicate a los peores instintos del ser humano y en un extraordinario sistema que ha organizado muy bien la dependencia a esos instintos. Su desaparición no podrá estar asociada a las fatuidades de la retórica revolucionaria, de la misma forma en que el socialismo no podrá establecerse amparándose en su victimismo. No caerá el capitalismo por la violencia de las revoluciones ni por un decreto pacifista. Su paulatina transformación en socialista, o en cualquier otro significado lleno de humanismo, dependerá exclusivamente de las capacidades de los pueblos para cambiarlo sin perder el control. Tienen que ser ellos los que dirijan el cambio. Al nivel de peligrosidad, por el auge irracional de zonas, grupos e individuos ingobernables, en que se encuentra hoy día toda la civilización, le puede ser nefasto un cambio incontrolable. No sólo se trata de la destrucción de un sistema, se trata también de lo que hay que construir, aún cuando ello no debe paralizar las acciones que posibiliten liberarnos de todo lo que nos impida avanzar. Una de las construcciones esenciales habrá de ser la redefinición y consenso del sentido de las propias riquezas que realmente nos hacen más ricos como personas y como pueblos. Mientras este significado no se esclarezca en toda la gama de pluralidad que entraña la condición humana no tendremos la medida de nuestras luchas ni el horizonte hacia donde queremos caminar.
LOS SOBREVIVIENTES
Los revolucionarios no pueden renunciar a buscar caminos esperanzadores, reales, posibles, con soporte verdadero en la historia. Ningún pueblo, ninguna generación ni ningún hombre pueden pretender imponer en sus periodos más activos de vida, según sus pasiones o genialidades, el paso efectivo a su época, aunque nunca se podrá prescindir del empuje de estos pueblos, estas generaciones y estos hombres. Cuba tiene que emerger de su trinchera con una renovación de sus propuestas liberadoras. Cuba tiene que seguir teniendo capacidad para salvarse, aunque tenga que volver a fundarse. El espejismo del hombre nuevo tiene que apaciguar todas sus iluminaciones y rebelarse fuera de los sueños.
Tanto por sus glorias como por sus miserias humanas, juntas en un arriesgado equilibrio donde se preservó el Poder Revolucionario, y en el cual cohabitaron en la tensa cuerda del tiempo las torpezas del encerramiento interno y la más amplia vocación internacionalista, y precisamente porque siempre se alimentaron las raíces liberadoras, Cuba podría abrirle al mundo un espacio real para el análisis de los alcances y las limitaciones de las teorías y las prácticas socialistas.
En este contexto podría verse el sagrado deber cooperativo que la isla siempre se impuso como ese querer respirar con total abundancia. Allí podrían abrirse todas las verdades de nuestras sociedades tan necesitadas de curarse. Entre todos podría vislumbrarse el posible rostro del sistema de vida que tanto buscamos. Porque no podemos decir que la Europa del Bienestar, y el Primer Mundo en su conjunto, sean el esplendor del ser humano. Ni tampoco podemos pensar que ese Tercer Mundo, mísero y abatido, es una pesadilla que no dice nada. Es absolutamente urgente aproximarnos adonde pueda verse la más natural y fructífera existencia de la vida y de todos sus elementos. Esto no es sólo una necesidad cubana, esto es un problema mundial.
En el pequeñísimo espacio primermundista puede comprobarse que los medios de comunicación y la saturación de las informaciones convergen en un callejón sin salida. El conocimiento de la verdad se tuerce irremediablemente. La corrupción política, económica y social, crece. Al mismo nivel se presentan la ostentación y la marginalidad, el desgarramiento y la frivolidad. Y hasta la evasión, con magnitud esperpéntica para satisfacer todos los morbos, se constituye en una norma: la degradación humana en la falsa satisfacción de la abundancia material. No obstante, la sociedad ya no se comporta tan unitariamente alienada y en lo más alto del sistema se asoman las grietas. Ello está determinado por el propio desarrollo de la civilización alcanzado por el capitalismo, que arribando a la mayor diferencia entre los poseedores y los desposeídos, comienza su declive mientras va desvelando la mayor igualdad en la histórica clasificación de la Naturaleza: no hay fuertes ni débiles, sólo hay existencias y todas son determinantes. El sistema se hunde y hay que transformarlo antes que nos arrastre. Ya todos somos sobrevivientes en la vorágine de tanta ignorancia sobre nuestros poderes.
ESTA OCASIÓN PARA QUE TODOS PODAMOS SALVARNOS
Cuba podría ser la más dramática sensación de que el mundo no se puede cambiar, de que cualquier día podemos ahogarnos con nuestros propios alientos, de que la Tierra y la Vida Humana no tienen ningún sentido. Pero al mismo tiempo, Cuba ha hecho germinar unas encrucijadas donde la desesperación y la esperanza parecen darse la mano. Si esa unión es capaz de crear la voluntad necesaria, también Cuba podría ser la sensación más aproximada de que el mundo podría cambiarse, de que no nos ahogaremos en nuestros alientos, de que la Tierra y la Vida Humana tienen un espléndido sentido. ¿Será posible?
Podría pensarse, atendiendo a la banalización que impera por doquier, que actualmente ya no es tan importante apoyar o condenar al proceso revolucionario cubano, que las dos posiciones deben tener muchas razones y que el problema fundamental es otro, que ahora se trata de otra actitud, porque si logramos traspasar el laberinto kafkiano del que todavía somos huéspedes en todo el mundo podremos seguir enarbolando la efectividad de las palabras. Sí, es cierto en gran parte, ya que decididamente no es la isla la máxima preocupación del planeta. Ella sólo es una reacción, –lo más dignamente posible en medio de la indignidad mundial— por el derecho a defenderse y a equivocarse al instalarse en el gran problema del mundo. Entonces, defender o atacar a Cuba ya podría no ser defender o atacar a una postura ideológica o a una forma de organización social. Puede ser otra cosa. Podría ser creer o no creer que se puedan encontrar nuevas propuestas vivificadoras para cambiar el rumbo de la Civilización y hacerla un patrimonio de todos.
Mientras no las encontremos la ceguera nos seguirá dominando, porque, por sobre todas las visiones, la razón fundamental que agranda a esta pequeña isla, en su larga y complejísima lucha, es precisamente esta dignificación del derecho a la vida de los más desfavorecidos de la Tierra: mantener el dedo en la llaga de la Humanidad, esa llaga de humillación y muerte que una buena parte del mundo ha decidido no mirar. Ello hace que cualquier absolución o condena a Cuba tenga que pasar primero por la sensatez de descubrir la herida: la consideración de la dignidad humana para todos como el valor más absoluto. Identificándonos en esa igualdad es como único podremos colaborar al hallazgo de una alternativa a cualquier situación reinante. Se trataría de afirmar los valores que propicien una convivencia armónica en aras de la supervivencia de la especie humana: el verdadero problema del Mundo Moderno.
¿Qué otro cuerpo ideológico, sistema político-económico, conjunto de naciones, país, institución o iniciativa social organizada con algún poder en estos momentos en alguna parte de la Tierra comporta semejante actitud de exigencia humana ante los más poderosos del Mundo? Resulta muy triste observar una enorme carencia. Para nadie es un secreto que cada vez más, impulsada por los grandes medios en manos de unos pocos, prospera la idea de que cada cual busque lo mejor para sí mismo y se olvide de cualquier otra preocupación, el famoso “sálvese quien pueda”, porque, sencillamente, el ser humano, en sociedad, es insalvable. Es evidente cuánto les conviene a los poderosos, según sus arcas, búnkeres y otras estimaciones llenas de mediocridad, esta idea donde ellos sí se considerarían a salvo, como si se creyesen poseedores de la burbuja incontaminada. Arribar a esa conclusión es el peor desastre que puede sucederle a un individuo y a una civilización.
No cabe duda de que entre la alarmante proliferación de las armas nucleares, las migraciones humanas desenfrenadas, las traslaciones de enfermedades incontrolables, los encuentros culturales explosivos y un desconcertante cambio climático que, en vez de abrirnos las orejas, cada vez más nos ensordece, el abismo entre un mundo rico y otro pobre ya es inflamable, real e histórico. Extender la sociedad consumista no lo aguantaría la Naturaleza. Pero los seres humanos, con todo su derecho, buscarán eternamente su mejoramiento allí donde esté. De hecho ya todos nos estamos juntando, poco a poco, pero el movimiento es indetenible. El umbral de la barbarie está siendo atravesado desde el propio abismo que se ha creado entre los seres humanos. Globalizar la idea y la lucha por la digna cooperación entre todos los habitantes de la Tierra es un imperativo.
Será la ocasión para que todos podamos salvarnos. Una brillante oportunidad para seguir imaginando razones y así poder absolver o condenar todo aquello que nos niegue la existencia. Es el camino que nos dicta la realidad y la historia que pugnan su continuidad. Por ello Cuba, asediada, contradictoria, terrible y espléndida en la mayor crisis de su proceso revolucionario se convierte en una sencilla advertencia: o se cambia el mundo que tenemos o cada vez se caotizará más todo lo que tenemos, ya que resulta inconcebible, en la teoría y en la práctica, que unos puedan vivir dentro de un altísimo bienestar y otros se vean obligados a las mayores penurias. Esta es la razón fundamental por lo que la pequeña isla del Mar Caribe, cuando se aclaren todos sus entuertos, podría lograr que los ciegos puedan ver.
Entonces, sí, es cierto que el gran problema del Mundo no es defender o condenar a Cuba, sino la concientización sobre la herida que se le está ocasionando al Planeta. ¿Qué pasó en la Cumbre del clima en Copenhague? Un estruendoso fracaso. Los ricos no quieren abandonar su bienestar. Saben que no pueden extenderlo y ellos no conciben que deban compartirlo. ¿Qué pasó en la Cumbre de los Pueblos por el Cambio Climático posteriormente celebrada en Bolivia? Total desinterés del mundo rico. Esa propuesta pertenece a los pobres de esta Tierra, a los que quieren acceder a un bienestar que pueda ser sostenible para todos. ¿Para Todos? Eso aterroriza a los ricos. Y compartir las riquezas de la Tierra y de la Sabiduría Humana es la única solución para la herida. Por mucho que se estime la lógica social de que siempre hay un primer privilegiado que posibilita la extensión del privilegio a los demás, ello no puede explicar la realidad enajenante de distribución de los bienes en que actualmente nos encontramos. El propio sistema capitalista catapulta el interés individual por encima de los logros colectivos.
Entonces, sí, defender a Cuba es fundamental. Es la referencia más consecuente en este Planeta que insiste, casi con fiereza, en mirar la herida y en ayudar a todos aquellos que se levantan para curarla. Entonces, por encima de todos los errores y las imperfecciones que han acompañado a esta isla en su supervivencia, resulta un imperativo histórico conservar bien viva su herencia. Posiblemente cuando iluminemos los caminos cubanos entenderemos mejor lo que necesitamos y podemos hacer. Si no apoyamos a Cuba tendríamos una dignidad rebajada para hablar sobre la herida del Mundo y curarla para todos. Con Cuba nos asistirán siempre la esperanza y la desesperación: la obligatoriedad para encontrar soluciones. Ella es más que un trocito de tierra en el Atlántico, porque tiene la “extraña virtud” o el “imperdonable defecto” de ser una memoria imprescindible para toda la Humanidad.
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miércoles, 7 de marzo de 2012
domingo, 25 de julio de 2010
Encrucijadas en el silencio (Una característica fraternal)
Al terminar los diferentes capítulos donde traté diversos temas de una misma reflexión, me pongo a trabajar un poco más en su redacción final. En cuanto acabe volveré a colocar todo el material, revisado, aquí mismo. No obstante, los que los quieran leer tal y como fueron escritos en su primera y agitada versión, pueden hacerlo en Kaos en la Red, donde se mantienen publicados los 10 capítulos escritos.
Esta última versión cambia su título y posee 9 capítulos:
UNA CARACTERÍSTICA FRATERNAL
A la memòria de Màrius Torres i Joan Sales
1-EL PODER, EL PROGRESO Y EL MEJORAMIENTO HUMANO
Mientras en la existencia cubana, latinoamericana, tercermundista, muchos de sus pensadores, líderes políticos y buena parte de los pueblos mantienen una esperanza en el Socialismo del sigo XXI, por aquí, en Catalunya, como en cualquier otro rincón del Primer Mundo, a pesar de los valiosos movimientos sociales en sintonía con una convivencia global digna, prima su negación más absoluta. ¿Seremos dos mundos irremediablemente antagónicos? Todas las respuestas incidirán en los desafíos y perspectivas que tienen ante sí las luchas revolucionarias a nivel mundial.
Más allá de las convicciones, las consignas, la búsqueda de un mejor ser humano o el hallazgo de las verdades que pueden sostener la necesidad ineludible de un cambio de sistema social, los revolucionarios han de plantearse la realidad para los pueblos, para la gente común y para todos los que sientan que sus vidas valen la pena vivirse. El Nuevo Socialismo debe ser superior a aquel que se incendió por múltiples causas internas y externas, pero también lo debe ser frente al actual modelo capitalista que, a pesar de nacer incendiado, aún en llamas posee un gigantesco atractivo, una bien ordenada solidez y acaso con tremenda fuerza una posibilidad extraordinaria de “vida intensa” para todo el que llegue a sus peldaños más altos. Si bien es cierto que en esas alturas resulta casi imposible creer, sin una pizca de narcicismo, hedonismo o de miseria humana, que la grandeza y la belleza de vivir sólo está en la sencilla relación de amor con todo lo creado y por crear, es innegable que la inmensa mayoría de los habitantes del Tercer Mundo quiere realizar su existencia dentro de unos bienestares muy parecidos a los que hoy ostenta el Primer Mundo. Si dijéramos lo contrario ya no estaríamos buscando realmente una alternativa al absurdo reinante y sólo demostraríamos la lejanía más cautiva de que Un Mundo Mejor es Posible.
Después de la caída del “Socialismo Real” no caben más ingenuidades con la segura victoria de unas razones, por muy buenas que sean, conducidas desde el Poder individual enraizado en un sistema represor del interés colectivo. Ahora sólo caben las realidades mejor descifradas. Resulta la única manera para encontrar las vías indispensables para que el nuevo rumbo no se disipe en las nieblas de la utopía. Es preciso librarnos de una visión pétrea de las ideas. Todo puede ser rectificado y mejorado, entre otras cosas porque siempre estaremos equivocados en la indefinible prueba de estructurar la vida y la sociedad humana.
Por aquí, y bastante también por allá, no tienen el peso suficiente nuestras engorrosas palabras: masacre de los pueblos, colonialismo, neocolonialismo, expolio sistemático, subdesarrollo, abuso de unas élites internas, miseria, desigualdades, injusticias, sufrimientos, inestabilidad vital, asedio completo a los proyectos revolucionarios, etc. etc. Como si ese mundo no existiera en el presente y que tampoco existirá en el futuro. Sencillamente porque para aquí ese mundo representa el mayor fracaso humano frente a este otro que se “perfecciona” cada día más con una acelerada renuencia a reconocer a aquel que se quedó en “la más completa imperfección”. Y no se trata de otro catastrofismo, es el realismo en su mayor transparencia. Por ello los pobres diablos del Sur podrán soñar todo lo que quieran con un Nuevo Socialismo para el siglo XXI, pero mientras ello no forme parte de las preocupaciones de los ricos dioses del Norte, no existe, es parte de la barbarie que debe ser civilizada. Desbrozar tal maleza de desencuentro entre el Norte y el Sur es parte imprescindible del propio proceso de búsqueda y construcción de ese Nuevo Socialismo.
Por aquí se tiende a ver como una contradicción insoluble llevar una buena vida dedicada al “progreso”, la investigación técnica y científica y el cuidado del patrimonio histórico y artístico con la solución de los más apremiantes problemas donde se martirizan millones de seres humanos. No se cree que Cuba haya demostrado que se puedan realizar las dos cosas. Tampoco se cree que Venezuela y otros países latinoamericanos también puedan demostrarlo. Sólo se aviva una generalización de que tales países trasmiten un mensaje demoledor para los desarrollos alcanzados. Y no se soporta que haya que ajustarse a una determinada magnitud humana y compartir.
La falta de unos mínimos para acercar los criterios marca la ausencia de la complementariedad en el camino. No hay bases de generosidad. Cada vez más aumenta el principio solitario del salvaje: que cada cual se las arregle como pueda. Si el robo, la guerra, las conquistas y todas esas vergonzantes cotidianidades que hoy continúan dominándonos surgieron desde la normalidad conseguida en la Edad de Piedra, ¿quién podría arreglar eso? Sólo un iluso se replantearía el camino, se quedaría solo. Porque desde los orígenes comenzó a desarrollarse la bestia que haría posible todo el “progreso” posterior de la especie. Esa es la victoria asumida desde aquí para explicar la civilización desarrollada y la que se pretende que continuemos todos. En cierta medida, no hay alternativas. Decididamente todos estamos apuntados a este desastre. Una de las aportaciones fundamentales del Nuevo Socialismo sería desentrañar la derrota de tal civilización desde ella misma y que sirva igual para el Norte como para el Sur.
Aún reconociendo el progreso material y espiritual que hemos tenido como Humanidad, y que tal parece que no tiene vuelta atrás, al menos por el momento, se trata de un avance donde hasta el día de hoy lo más notable que lo caracteriza, generalmente, es el cruento desarrollo del individuo que ha asumido un poder y con él la asunción del bien necesario para imponerse a todos y a todo lo demás. Por esta desquiciante relación de la individualidad con la vida es que el progreso se ha basado y continúa basándose en la destrucción del Hábitat Natural donde vivimos: todo para un “Yo” que desafiará inútilmente su propia naturaleza mortal.
Múltiples pensadores han concluido que toda la Historia es el camino impuesto por la fuerza del poder individual, que no hubo nunca un estadio sin necesidad de ese poder. ¿Qué ha cambiado? Quizás, en algunas zonas, el refinamiento de las formas. Entonces, aparte de los diferentes enseres obtenidos y la búsqueda constante de nuevos argumentos para el cambio, el gran trazador de caminos sigue siendo el mismo: el poder único. ¿Es válido que continuemos aceptando esa característica como innata en el perenne descubrimiento de la condición humana? ¿Podemos vislumbrar que ese Poder, como señal de fuerza, inteligencia, habilidad, sentido común y acierto tendrá su final y sobrevendrá otra característica en la relación del ser humano con sus semejantes y con la vida?
Evidentemente la incógnita que más nos polariza es si vivimos mejor que antes. Las variantes de las respuestas estarán signadas por el tiempo, el espacio y el poder de quienes respondan, aunque igualmente podríamos observar múltiples sorpresas. Si la población humana ha aumentado es normal que crezca la cantidad de gendarmes y que todas sus dependencias adquieran alguna mejoría, hasta aquellas contestatarias que, de mil formas, impulsan los cambios seculares. Ahora son más personas para participar en la custodia del poder y éste necesita extenderse ante el crecimiento de las apetencias descubiertas. Se dice que estamos en la era más activa del Hombre, pero el accionar tan frenético que llevamos a lo que más se parece es a la total pasividad de las grandes mayorías. Una exigua minoría es la que nos arrastra ciegamente hacia lo que ha elegido. ¿Acaso el propio “progreso” nos ha paralizado? ¿Esa es la validez indiscutible?
No hemos tenido un paso triunfal con la transgresión a las ideas dominantes, pues éstas continúan estrangulando los avances del pensamiento constructor. Pero también puede verse que este camino de construcción, dentro de sus cíclicos vaivenes, ha sido siempre recogido por el Poder para escapar, simular abundantes espejismos transformadores y continuar su carnaval de dominación.
El poderoso gran capital lleva hasta sus grandes empresas a millones de seres humanos, a personas aguijoneadas por la fuerza de vivir en las cercanías del refinamiento, sólo que ahora ha empeorado la relación. Como dice el protagonista del film “Arcadia”, de Costa-Gavras: “Ya sé que mi enemigo es el empresario, pero mi problema es el competidor: debo eliminarlo”. Al desposeído sólo le ha quedado posicionarse contra su semejante, el eslabón más débil, y ambos son los que, en su retroalimentación continua, preservan la cadena en la espiral “progresiva” donde el poder agranda y degrada al que lo ostenta. ¿Ese es el “progreso” con el que nos maravillamos?
Cada día vemos como la soldadesca de muchos ejércitos de los países más desarrollados se nutre con mercenarios procedentes de la miseria. Mientras, las grandes minorías, aquellas que buscan alguna fuerza para oponerse y cambiar el rumbo, cuando no son una tolerable diversión para el poder lo tienen bien difícil, pues casi todo el tiempo deben dedicarse a que no las exterminen.
Y dentro de esta complejidad social, tanto aquí como allá, podemos encontrarnos con algunos que, aún reconociendo que sí han vivido mejor y que cada vez vivirán mejor, al hacer recuento de los artilugios conseguidos echan en falta el verdadero significado de la mejoría que buscaron. Pero tal vez no acepten hacerse ninguna pregunta sobre sus existencias y sólo hagan visible lo peor de ellas: no cuestionar el “progreso” conseguido, pues puede resultar hasta peligroso: ¿Para qué remover el absurdo, por no decir la mierda? El mejoramiento humano parece tener que ver más con el dogma religioso que con las reivindicaciones mundanas. La metafísica siempre será una vía de mantenimiento de la situación muy superior a la diafanidad de las concreciones humanas. Ahí, decididamente, no se quiere bajar. Ya se tiene la certeza de que abajo siempre las cosas marchan peor. La barbarie funciona como una regla en la constitución del poder y de todo su proceso “progresivo”.
Y para rematar el asunto muchos luchadores por el cambio se han convertido, con esto del refinamiento del salvaje, en fuertes etiquetadores de las diferenciaciones conceptuales que los animan y se van troceando sin piedad alguna: unos defienden a las ballenas, otros buscan energías limpias y muchos otros más tienen las más disímiles inquietudes por estamentos dispersos. De forma subliminal se ha asumido la categoría impuesta por el poder: la perpetua valía de la individualidad que, aún cuando sea innegable su brillante fuerza, casi nunca se ha enderezado hacia el Bien Común. Por eso existe la pregunta si se vive mejor que antes. Es indiscutible. Muchos, y en numerosas partes, viven mejor que antes a costa de que muchos otros y muchas cosas más arrastren lo peor de la existencia.
No somos los amos de la Naturaleza, aunque poseemos el don de la diferencia más rotunda: alcanzamos y desarrollamos el mayor poder. A él sólo pueden complementarlo el amor, la razón, la ternura, la responsabilidad, el compromiso y el Bien que poseemos con mayor seguridad en un dominio colectivo. Si nos deshacemos de todo esto, como indica el comportamiento del Sistema establecido, entonces sí carece de sentido toda reflexión. Pero sabemos que eso no es así: somos una especie con capacidad para trasladar trascendencia amorosa a toda la existencia. Así es como asumimos las obras de Esquilo, Miguel Ángel, Shakespeare, Cervantes, Beethoven, Balzac, Van Gogh, Dostoievski, Mozart, Kafka, Tagore, Chaplin y de tantos otros que han hurgado en nuestras profundidades y ensoñaciones.
Si juntos, los que ya nos alzamos del animal que fuimos y ansiamos vivir humanamente, convivir, aunque tengamos que hacernos un sin fin de concesiones, nos ponemos en el rol de los catalogados para ser exterminados, entonces sí, y sólo así, podremos afirmar que ahora vivimos mejor que antes dondequiera que nos encontremos. He aquí el verdadero problema: ¿ya se han dado todas las concesiones al Poder y hemos arribado a la mayor resignación en la historia de nuestra especie? ¿Unos mandan y otros obedecen? ¿Unos viven y otros mueren? Ello significaría que se masifica la evolución destructiva por una necesidad intrínseca del “progreso” emprendido: las insaciables ansias de poder ante el abismal misterio de la vida donde sucumbe el individuo. ¿Por qué no creer que todos estamos indisolublemente unidos por una característica fraternal: la realización de nuestras vidas en la más estricta convivencia donde aportamos y recibimos infinitas e irrepetibles vivencias temporales?
2- SEGUIMOS SIENDO ANTROPÓFAGOS
No se nos ha concedido viajar más allá de la muerte. ¿Un error? Deberíamos priorizar el hecho real que nos lo condiciona: somos iguales en la vida. Pero como el reto asumido por la soledad humana resulta demasiado alto, el Poder se ve obligado a marcar distancias. Así la persona y la comunidad son situadas en polos antagónicos, ¿por qué? Existe la remota creencia de que alguien, sólo uno, o unos cuantos, sí podrán cabalgar sobre la muerte. Y para esos elegidos como Dioses están los sacrificios humanos que se han ido disfrazando con el paso del tiempo. La antropofagia, en su incansable evolución, debe garantizar la elección adecuada, la tan temida “selección natural” darwiniana que, en lo social, constituye el imperturbable tránsito con que la modernidad legalizó a la Edad de Piedra: un precio, un contrato y la mesa está servida. Estaba bien claro que con la individualidad no íbamos a interrelacionarnos humanamente. Era necesaria la confrontación para conocer a los más grandes de entre nosotros. Y para darle algún orden a esa batalla “civilizada” había que descubrir una fórmula que pudiera blindar el gran valor del individuo: la ley de la propiedad privada ilimitada: el absoluto personal.
Es una ecuación bien sencilla: sólo valen los vencedores, por ejemplo: yo soy dueño de unas propiedades que me posibilitan una plena participación en la presencia frente al otro. Tengo la comida que necesita el hambriento y tengo medicinas para curar al enfermo. Si a algunos les falta lo que yo tengo, eso no es mi responsabilidad y está muy claro que faltarles era su destino. Si después alguien me compra un ataúd para poner el cadáver yo sólo he realizado una venta con todas las de la ley. Si luego otro me alquila un metro de tierra de mis campos para enterrar el féretro, allí justo debajo del manzano que está creciendo, yo sólo he satisfecho una transacción comercial, la más perfecta de las relaciones humanas alcanzadas. Si al cabo de un tiempo me voy allí mismo a comerme una fruta, sólo estoy disfrutando de las propiedades adquiridas. ¿Quién será el loco que venga a decirme que me estoy comiendo un trozo de carne en forma de manzana? Ese está en el bando de los perdedores que nunca aportarán nada. Está claro, entonces, que este Mundo pertenece a los que tengan las habilidades para apropiarse de cualquier cosa.
Así, la propiedad privada, perfectamente descrita en la mayoría de las Constituciones actuales, se convierte en el implacable garante civilizatorio para salvar las posibilidades del individuo en un Sistema perfecto: el Capitalista. Cuando se es propietario se pueden tener decisiones sobre todos los demás. Es la única salvación en situaciones conflictivas entre individuos. Aunque no sea fácil conocer al inocente y al culpable, uno de ellos, no importa cuál, tiene que dejarse comer.
Cuando el conflicto sucede entre países la solución es más convincente. Son las “víctimas colaterales” que deben digerirse lo más pronto posible y olvidarnos de los infaustos acontecimientos. Es lo mejor para una convivencia pacífica, no vaya a ser que alguien se moleste con nuestra buena digestión. Soportamos la antropofagia hasta el borde de la locura. Lo sabemos. Pero hay que desterrar la memoria si queremos comer tranquilamente. Se dice que cada día mueren 100 mil personas por guerras, hambre o miseria. ¡Qué Dios nos coja confesados en medio de este hartazgo tan enorme!
Irak y Afganistán se desangran. Y en los territorios palestinos ocupados por Israel se levantan muros más criminales que el de Berlín. ¿Qué significan esos musulmanes indigeribles que quieren levantar minaretes en Europa? Es posible que algún día se desate una gigantesca cacería. Con el botín se celebrará el mejor aniversario por la caída de las piedras que dividían a la capital alemana. La gran inteligencia no dejará que pase este hito universal sin el festín más completo que debemos comernos en estado de gracia: el final del Socialismo del siglo XX es una comida sagrada. ¿Quién cometerá el sacrilegio de rechazar tan suculento manjar de historia?
La exaltación del individuo, más que entregarle virtudes, obedece a la lucha contra cualquier intento por compartir los derechos de los poderosos. Con el orden de la ley se confirmaba la instauración del más grande de los totalitarismos: el poder individual, que se disfraza de triunfo colectivo al hacer creer a las personas que pueden elegir y decidir libremente mientras se anatematiza a los pueblos que desean liberarse de la ley. Por ahí se arriba a la conclusión que aquel que posea la riqueza necesaria para comprarnos y luego comernos está en todo su derecho: es una virtud inalienable. Por ello algunos tenemos el destino de dejarnos comer: Cuba, Venezuela, el Socialismo del siglo XXI, etc. etc. Aunque sigan sin aparecer los inmortales. Da igual, lo único imperecedero es el Poder para comer...
3- LOS ADELANTOS CIENTÍFICO-TÉCNICOS
Para discernir entre la buena y la mala comida se logró el mayor descubrimiento: la enorme ampliación del Mercado omnipotente y subyugante. Todo está a sus pies, desde las armas más sofisticadas fabricadas en los grandes centros de poder hasta el ya simplísimo trasplante de un riñón en una clínica de Pakistán. No interesa qué se haga con los armamentos ni las repercusiones en el miserable donante. Si usted se hace rico por patentar un nuevo fármaco que ya usaban ciertos indígenas, usted es un genio; y si usted no adquiere un jet privado, eso es la libre decisión de sus inclinaciones personales. La mercancía se torna infinita. Por ella los adelantos científico-técnicos, más que a sus fines benefactores, han contribuido a cimentar la civilización del más arraigado pensamiento sin contribución alguna a la condición humana. Lo que se busca no es de este Mundo, aunque venga muy bien para unos cuantos en él.
El único obstáculo que se asoma en el horizonte podría ser la agonía de la industria armamentística. Casi todos los logros científicos y técnicos han tenido algo que ver con esa industria, y si ésta falla podría colapsarlo todo. Entonces, algo tienen que hacer los más beneficiados por la evolución de la Ciencia y la Técnica. Seguramente impedir la tan temida agonía de las armas, aunque para ello tengan que oficializar, después de revisar los alcances de la Robótica, los asesinatos a cometer cada cierto tiempo. No es un eufemismo que para ello se deba calcular un escalonado transcurso de las guerras, las hambrunas y las enfermedades. Y si ello pudiera resultar de una crueldad extrema, ya tenemos otro descubrimiento científico, igual que la manzana de Newton: advertir que con el calentamiento global nos libraremos del mal trago. Es la sabia Naturaleza.
Suena a un acusado criterio que nos retrocede a un maniqueísmo ya superado. Es que no somos malos ni buenos, somos grises en todas partes. No hay ningún mérito en los que apenas se han beneficiado con los adelantos científico-técnicos, salvo el que emana de su marginalidad y ésta, si aprendemos a guiarla, podríamos convertirla en una verdad absoluta con grandes posibilidades transformadoras.
Las llamadas educación y sensibilización primermundistas hacia los problemas mundiales, aún cuando se trate de una vía enaltecedora, no parece que resolverá algo. Tampoco será posible resolver mucho mediante las nobles fuerzas del talento individual. Y hasta que no llegue el día de la gran solución, todos, absolutamente todos los que vivimos por aquí lo haremos desde nuestra burbuja: nunca comprenderemos a aquellos que no tienen tiempo para esperar. Y aquellos sólo maldecirán su terrible suerte. La preocupación personal nos imposibilitará a todos cualquier entendimiento integral.
Mientras, las oleadas migratorias hacia nuestros pequeños estancos de prosperidad científica y técnica se incrementan. Cada vez se soporta menos la falta de los necesarios grados de civilización alcanzados por aquí. Las propias invenciones han servido para la correspondiente publicidad exigida por el mercado. La mayor parte del globo terráqueo parece querer vaciarse. ¿Son los nuevos bárbaros que se acercan a Roma? ¿Qué adelanto científico-técnico está por conocer? Se dice que cuando muchos de esos otros seres humanos se aproximen hay que actuar con rapidez: “o ellos o nosotros”, y disparar, disparar con las armas de la última Ciencia, las que no dejan rastros, las que desintegran, y que luego el viento espolvoree todo lo humano. ¿Estaremos locos de remate? Todavía no se han escrito todos los libros de la vida… Y lo más curioso, su escritura puede estar en las manos que están condenadas a su desaparición.
4- LA ESPERANZA DE VIDA ES MAYOR
Podría afirmarse que nunca la Humanidad se había tropezado con un problema tan grave para, efectivamente, vocear a los cuatro vientos, no ya que la vida se haya hecho más extensa, sino para creer como una verdad respetable que la especie humana podrá traspasar una semana o un decenio más con las armas que estamos acumulando. A pesar de que no lo tengamos del todo consciente siempre estamos pendientes. Aunque no creamos en el final, son demasiadas cosas las que nos atrapan con un temor desafiante. Estamos viviendo la época más angustiosa de todas las pasadas. ¿Realmente tenemos una mayor esperanza de vida?
No sólo nos estamos cargando al planeta, nos estamos borrando de la faz del universo. Cada vez queremos más y ensayamos y fabricamos cualquier cosa para glorificar el apetito insatisfecho. Aún en la quimera de que haya vida extraterrestre, lo que le estamos anunciando es que vamos a por ellos. Si no tenemos cuidado de nosotros mismos en este mínimo espacio que nos ha tocado, si realmente nos queremos tan poco, si ya nadie duda de que existe la posibilidad concreta que podríamos exterminarnos sin darnos cuenta, ¿qué podrían esperar de nosotros otros seres vivos colgados de alguna otra galaxia?
Es alarmante el comentario del agricultor catalán Josep Pàmies en cuanto a una planta, la stevia, usada por los guaraníes suramericanos para múltiples dolencias y que la multinacional Monsanto quiere reducir a un producto transgénico: “La industria farmacéutica pervierte a los propios investigadores, de tal modo que si no convierten un medicamento que cura en otro que cronifica la enfermedad no les pagan la investigación. Quieren que continúes muchos años vivo, pero enfermo.”
Si se le otorga naturalidad a las desigualdades reinantes entre las distintas regiones de la Tierra no creeremos en la realidad. Es evidente que si en Europa el promedio de vida se acerca a los 80 años mientras que en África no llega a los 40, algo no natural está sucediendo. ¿Acaso no será que Europa le está robando a África la vida, y una vida para enfermarla? Entonces lo que más se acerca a la realidad es un crimen de magnitud descomunal. ¿Esa es la esperanza de vida, que no creamos en la realidad?
Sin mirar el genocidio, por aquí nos enzarzamos en las más diversas disputas locales. Todavía en la larga marcha europea se dirimen siglos pasados con un rencor inaudito. Las veleidades justicieras de todo tipo han pasado a constituirse en honras nacionales. Podemos movilizarnos de forma bien amenazante para reclamar mayores bienes o alcanzar determinadas reivindicaciones y no se nos ocurre hacerlo con idéntica fiereza por aquellos que les falta lo más elemental. Así lo denigramos todo y en ello perdemos la única posibilidad de una verdadera compañía. Somos incapaces de ceder ni un ápice de lo que ya tenemos. Queremos más es la consigna con mayor poder de convocatoria. Queremos menos debería ser el lema que encabece la manifestación multitudinaria. Queremos menos para que otros tengan lo que les pertenece. ¿Será posible? ¡Podríamos romper, al fin, el hechizo del absurdo que nos mantiene a unos en el Norte y a otros en el Sur!
5- LA ÉTICA ACTUAL: “¡VIVA ESPAÑA, VISCA CATALUNYA!”
Que todavía hoy día, después de un año del fatal seísmo que se llevó más de 200 mil vidas, la población haitiana damnificada siga viviendo en pésimas condiciones, expuesta al cólera que ya les llegó, podría hacernos ver hasta qué punto nos hemos desprovistos de principios éticos. Si la consideración al semejante debe colocarse entre las principales características de la ética, entonces nos cabría la reflexión sobre nuestras faltas de consideraciones. Que nos enteremos del hecho trágico, que ayudemos en algo, siempre mínimo, y continuemos con normalidad el día a día termina por despojarnos del buen sentimiento con el que acudimos a la cooperación. Como si la ética tuviera, como todas las cosas actuales, una relatividad a prueba de cañones donde más vale estar al tanto de lo que puede costarnos la sensibilidad.
¿De qué hablamos? Vivimos en un sistema donde todo se capitaliza para llenar las arcas del Poder. Por mucho que los medios, dominados por los poderosos, nos muestren el magnífico altruismo de personas y grupos que, sensibilizados ante tantas calamidades, suavizan las atrocidades con el sacrificio particular, sabemos que esta vía no resolverá los sufrimientos de los excluidos. Igual pasa con dos organizaciones muy destacadas en la concientización ciudadana: Amnistía Internacional y Greenpeace. Si bien esos esfuerzos son buenas intenciones, por el embellecimiento de sus mensajes, tampoco podrán horadar lo suficiente los muros del Poder. ¿Su actuación está por encima del bien y del mal, son independientes de la ética caritativa que el Sistema puede asumir sin que peligre su demoníaca estructura de vasallaje? Para todos es muy claro quiénes definen los perfiles de las Naciones Unidas. Si esa organización no ha podido escapar a la máscara, ¿qué esperar de las demás? De otra forma se comportan los medios con aquellos que sí alzan un compromiso liberador y de raíz. A esos se les minimiza, se les desvaloriza, se les estigmatiza o sencillamente se les saca de la circulación informativa. Cuando nos dicen algo hacen el comentario más favorable al sistema: “para que haya mundo tiene que haber de todo”, o el más popular “cada loco con su tema”. En esas frases bien sencillas han arrinconado a los éticos.
Sin el menor pudor se crean las campañas más repugnantes contra Cuba, Venezuela, Bolivia y contra cualquiera que ose imaginarse otro Mundo. Resulta increíble que en 9 años el Parlamento Europeo haya concedido, en 3 oportunidades, su Premio a la Libertad y a la defensa de los Derechos Humanos, a disidentes cubanos, como si esa isla fuera el sitio más vergonzante del planeta. Indudablemente el Primer Mundo nos tiene en el Infierno de Dante para excluirnos de toda esperanza. Urge “resolver” ese paso de la Divina Comedia.
Urge entrar en la Historia, la tumultuosa historia que hemos hecho entre todos, con nuestras fortalezas y con nuestras debilidades. Nada purificados. Nunca lo vamos a estar. Y el primer paso está en el reconocimiento de la enajenación en que vivimos. No por ello estamos rodeados de lacayos del Capital. Todos somos hermanos y no podemos escondernos en las mejores iluminaciones de la ética. Hay que meterse en la realidad. Es dónde únicamente aparece la vida con sus reales posibilidades históricas para trasformarse. Sería como si estuviéramos adentrándonos en los posibles caminos éticos que la actualidad nos demanda.
Basta un ejemplo muy reciente: la celebración del Mundial de Fútbol de Sudáfrica. ¿Podría ser el magnífico sentimiento de la alegría una nueva visión de la ética? Habría que hurgar en este fenómeno más allá de la manipulación con que nos tratan en celebraciones como estas. Ha ganado España. Llegan a Madrid los jóvenes campeones de Johannesburgo y se despliega la pasarela de la ética actual con miles de participantes y un grito de “felicidad” unánime: “¡Yo soy español, español, español!”.
Mientras, dos días atrás, en Barcelona, parte del pueblo catalán, en semejante cuantía al de Madrid, realizaba una manifestación por la dignidad de unos acuerdos políticos sobre su Estatuto de gobernación al que, aunque ya había sido consensuado su articulado en los distintos pasos de legalidad, súbitamente le aparecía otra instancia llamada Tribunal Constitucional para sentenciarle un recorte a la pacífica soberanía del pueblo que votó en referéndum aquel Documento. ¿Fue ingenua la convocatoria popular, tanto la del referéndum como la de la manifestación? La empresa Lynce, que reconoce no tener competidores en su profesión, parece decirnos, con sus datos sobre la cantidad de manifestantes, que esto se ha manipulado. ¿Cuándo y dónde el Capitalismo no manipula?
Parecía que el pueblo catalán ya se hubiera decantado por el derecho a alzarse en su inalienable voluntad: son una nación y tienen el derecho a decidir su destino. Así se había organizado anteriormente a través de consultas populares que escasamente tuvieron un 25% de asistencia. ¿Dónde estaba la otra parte de los que viven en Catalunya? ¿Se sentía excluida del esfuerzo nacionalista? La increencia está diezmando a todas las llamadas democracias. Por mucho que una parte del pueblo quiera que toda la Comunidad sea la verdadera protagonista de las acciones políticas, la otra parte no se lo cree. La participación, con toda la nobleza de las identidades en el camino múltiple de la Humanidad, parece estar desgastada. En la vorágine de la prosperidad, que crece como una cuenta más del Capital, el mantenimiento de una cultura, una lengua y una idiosincrasia no cotizan en la Bolsa, y cuando cotizan es porque sus valores están al alza de su depauperación histórica.
Catalunya independiente, contando con los políticos que siempre han jugado con su identidad para preservarse la clase al lado del capital, habría hecho lo mismo que España si su selección deportiva hubiera sido la campeona del estadio de Soccer City. Sin haber visto los grandes problemas de África y estar ganando los insultantes salarios que perciben en el Barça, los jóvenes jugadores, junto a sus seguidores enardecidos, también gritarían con idéntica vehemencia en su ciudad engalanada: “¡Jo sóc català, català, català!”
Conversando con un gran amigo catalán, independentista a corazón abierto, le manifestaba que no creía en nuevos Estados que se formaran alrededor de normas capitalistas, pues sólo creo en los nuevos Estados Socialistas. Repetir la historia no eliminaría ninguna arista esencial de dependencia, puesto que al constituirse el nuevo país, después del primer abrazo por haber conseguido lo que parecía imposible, sólo conduciría a la creación de otra maltrecha España contra otro Senegal herido y otra Gambia agonizante. El capital es muy listo para apagar el fuego de los pueblos.
Los pueblos sólo pueden recuperarse cuando se ven a sí mismos y reconocen que tienen el mayor poder para influir en su verdadera transformación y en la del Mundo. Ninguna defensa de la identidad nacional puede estar en línea directa con los intereses de la prosperidad capitalista. Si eso no se hace presente de nada valdrán los valores propios ni ninguna merecida justicia. Todo se irá a la pasarela donde dará igual gritar ¡Viva España o Visca Catalunya!
¡Nos han secuestrado a todos la profundidad de la ética! Pero creo mucho más en la capacidad de los pueblos para enamorarse que en la desenfrenada competencia donde el mercado los obliga a enfrentarse. No hay otra posibilidad para andar con la Historia. O se está en ella o, como en el barco ebrio de Rimbaud, uno se pierde “en los furiosos chapoteos de las mareas”. Y sería una lástima cuando se tiene la oportunidad de ser: ¡Puedes ser inmensamente feliz en cualquier rincón de la Tierra!
6- LA DESINTEGRACIÓN DE LA LIBERTAD Y DE LA IGUALDAD
Como en la Bolsa, igual que se reúnen las fortunas del mercado, allí se depositan los valores humanos de un mundo diseñado para ello. Y estos grandes, dirigidos por la ceguera del poder especulativo, están en bancarrota después de los múltiples pasos históricos en que fueron acercándose a una Casa Común que se descompone más rápidamente de lo que el salvajismo primitivo hubiera imaginado.
Con la conocida división en clases sociales, donde el poder económico signa cualquier aspiración, ya tenemos una limitante enorme a que podamos alcanzar un consenso sobre las propias aspiraciones. Hay quien sólo aspira a comer, y hay quien aspira a encontrar entradas para el último estreno operístico en el Festival de Salzburgo. Entre estas dos líneas de querer hay múltiples matices, desde el que ya comió y ahora busca dónde dormir hasta el que ya tiene un palco en el teatro y después intenta en la cuna de Mozart un do de pecho inconcebible. Pero, con conciencia o sin ella, cada cual conoce sus medidas. El “ni se te ocurra aspirar a tal cosa” nos marca a todos, hasta en la implicación en las luchas sociales.
Ante la perfecta diferencia en la constitución de los seres humanos, que esperemos que las Ciencias Médicas no nos quiten esa bondadosa naturaleza, arribamos a otra limitante en las aspiraciones humanas. El pobre podría cantar -no lo sabemos y será bastante difícil que lo sepamos-, pero sólo podrá hacerlo bajo su cielo mendigante donde, en una buena medida, se pierden miles de talentos creativos y genios insospechados. Mientras, el rico, aburrido de ensayos, tornará a la lámpara maravillosa de su cartera y escogerá otro deseo. ¿Cuál de los dos es más feliz ante Aladino? Toca entonces abrir una de las más sagradas palabras.
La libertad, palabra que muchos denominan la primera, es como la mayor ansiedad de todo ser vivo, una sobrecarga de los instintos. ¡Bienamada palabra! A pesar de sus durísimas condiciones en determinados sitios resulta casi imposible dejar de soñarla. Libertad, ¿qué cosas tiene la vida? Hay que ejercerla apenas con el primer grito al nacer. Rápidamente deben cortarnos el cordón umbilical. Curioso: lo cortan otros. Queremos investigar hasta la saciedad la trayectoria completa que nos vamos a plantear. Es nuestro absoluto, la entera disposición para comprobar que existimos, y en esta soledad, decidir.
Podríamos quedarnos solos toda la vida y tal vez no importaría mucho. Pero casi nunca lo hacemos. Buscamos a otra existencia. Entonces le robamos su vida o tratamos de compartir la de ambos. Aquí comienzan los problemas. No es nuestra enteramente la libertad. No somos animales salvajes. ¿Compartirla nos hace menos libres? Si junto a otra vida podemos alcanzar mayor plenitud en todos los aspectos, entonces no tiene que ser válido el rechazo al acompañante. Los problemas que surjan son parte del placentero encuentro. ¡Bienvenidos sean! Sólo serían conflictos irreconciliables si se efectúa el robo vital. La propia libertad señalaría que algo fuera de la naturaleza de la vida humana no puede ser realizado. Compartir la existencia se vuelve entonces una necesidad para el total despliegue del goce de la libertad.
Así arribamos a otra palabra sagrada: la igualdad. Y aunque todos no somos iguales en constitución, sí lo tenemos que ser en libertad para compartir el mundo. Pero si no somos libres porque estamos divididos en dominadores y dominados, ¿de qué igualdad podemos hablar? La sacralización suele ser mundana. La desigualdad arrastra por los suelos a la libertad. Sólo los poderosos, sus sicarios, y algún que otro de sus allegados, en nuestro sistema capitalista, tienen acceso a los mayores dominios del conocimiento y al extraordinario disfrute de la vida y del que muchos han abusado con marcado salvajismo. Los débiles, abrumados cada vez más por el modelo de existencia que llevan, apenas pueden alcanzar los niveles de educación para conocer cuál es su derecho a la vida. Y cuando el esfuerzo o el azar les abren las puertas del saber son manipulados hasta convertirse, la mayor parte de las veces, en dóciles contribuyentes del poder. Deben desarrollar su obra para que la gran mayoría restante se olvide de preguntar: ¿La vida es para disfrutarla entre todos o para que unos se la hagan disfrutable a otros?
A pesar de este Primer Mundo donde, en cierta medida, la mayoría de sus ciudadanos alcanza determinados grados de igualdad, ni ellos mismos se creen que todos pueden ocupar ese reino, siempre reservado a unos pocos en pugna constante. Allí hay que olvidarse de Fuenteovejuna. ¿Qué decir sobre ese otro mundo llamado Tercero donde la esclavización, el pillaje y las matanzas, casi siempre promovidas desde el Primero o por sus acólitos internos, pululan como una fértil igualdad de la desigualdad más vergonzosa?
El sistema actúa como un pulpo perfecto. La vida no es un bien para todos, pero algo llega a todas partes. Con la amplitud del mundo se justifica el tema de la igualdad. Y, ¡gracias a Dios!, pues las minas europeas ya casi están agotadas y por allá todavía hay mucho por extraer, además, ¿qué sería del desarrollo tecnológico y científico que “impulsa” a la Humanidad a cimas impensables sin esos recursos naturales que los nativos no saben administrar? Muy bien hubieran podido llegar a un acuerdo. ¿Acuerdo? Esta palabra ha sido rediseñada por los fuertes. Impera el negocio, a las buenas o a las malas, ¿de acuerdo?
No se puede olvidar que el aporte verdadero del gran capital son las maratónicas cuentas financieras. La conquista de las Américas es el ejemplo que no caduca. Aún se encuentran tesoros hundidos en el mar que pasan a ser faena de los tribunales del Norte. Nunca se llama al pueblo expoliado, ni siquiera para el reconocimiento de su asesinada cultura. Aquella empresa sí constituyó una gran piedra para forjar el súmmum de la más grande de todas las civilizaciones. A la antiquísima herencia de las concepciones salvajes se unieron todas las características posteriormente desarrolladas para el robo. Se robó todo lo que se pudo. Y aún se sigue robando. Es como haber accedido a la catarsis que nos deparaban los dioses. Hacer empresas como quien hace imperios, pueblos, naciones, países, comunidades privilegiadas por el más fuerte e individuos dispuestos a los más bajos procedimientos, porque la vida no es más que el dinero que lleves en el bolsillo. No importa cómo lo consigas, lo importante es tenerlo, pues para ello se ha levantado el máximo nivel del Sistema. No de otra forma puede explicarse que sólo un 20% de la actual población mundial disfrute de aquella palabra que se asemeja a las aves por el cielo, la libertad, la libertad de robar y exterminar, sea como sea, a ese 80% de seres humanos que viven apenas sin enterarse de que todavía están por dar su grito de nacimiento.
La libertad juega con cualquier sentimiento para su plenitud virtual. Una verdadera carnicería de personas entretenidas. Es la libertad de que el que tenga poder puede servirse de todos los demás. Son los conquistadores de la modernidad. Y sus conquistados, en su inmensa mayoría, se van apagando en una ancianidad prematura que nunca les permitió disfrutar el “divino tesoro” de la juventud al que cantó Darío. Arrastran un gran peso: son los grandes sostenedores de la escurridiza igualdad que nunca los alcanzará.
Empezamos a demostrarnos a nosotros mismos que todos caemos un poco en el falso vuelo de las aves. Los poderosos nos han inoculado el veneno: que los que pensamos diferente y queremos vivir de otra manera lo seamos con total tranquilidad: no podemos unirnos. Nos lo impide nuestra sagrada individualidad. Digamos que ellos, más que nosotros, están muy interesados en que seamos personas de bien y que adoremos la utopía del futuro, porque el presente está demasiado nublado y siempre puede tener una trampa de decepción.
Decidimos ser implacables en nuestros grupos de buena conciencia. Rechazamos a Maquiavelo y a su retorcido Príncipe, ya que en realidad nuestra libertad es para oprimirnos el corazón como malditos perdedores de una concepción de la igualdad que nació y se desarrolló para encerrarnos en las cárceles de la ilusión, allí donde de forma salvaje la manada de fieras ejerce todos sus instintos.
Y todavía los poderosos nos tienen otra oferta: que juguemos con las conquistas sociales. Toda la retahíla de Declaraciones sobre la Convivencia. Así, los famosos Derechos Humanos, ellos los manejan a su antojo; los artículos de nuestra ardorosa Constitución, son la clave para tenernos dominados; los distintos Códigos llamados a protegernos, mentira, nosotros vamos a la cárcel por robarnos un pan, ellos no las llegan a conocer ni por aplastar a un pueblo; el sucio trabajo parlamentario, a pesar de los altos sueldos de los Diputados que siempre están riñendo, una burla, se eligen ellos, porque el abstencionismo o las divisiones de la izquierda en las contiendas electorales se los facilita, y si no, ellos mismos harían las trampas necesarias, aunque siempre dejen que los acompañen algunos honrados, saben que unos pocos no podrán medirse con sus mayorías, y además de que siempre los instrumentos de la corrupción, del chantaje o de la tortura estarán listos para el que se pase mucho de la raya; los respetados Partidos Políticos tradicionales que intentan representarnos, el mayor cinismo, existen por el dinero que tienen sus miembros más prominentes y esperan las elecciones para mostrarse en campañas publicitarias que les produce un buen gusto con la imagen. Es increíble el gran montaje que nos ha hecho asumir nuestro derecho a la paz.
Si predicamos mucho nuestras ideas, ellos dicen que estamos adoctrinando y eso es negativo hasta para nosotros mismos. Hemos creído en los pensamientos que más nos perjudican. Nos dicen incluso que cualquier lucha por la identidad de un pueblo es un empobrecimiento cultural que sólo nos llevará al terrorismo y el miedo se apodera de los más legítimos sentimientos que nos unen. Y volvemos a pelearnos. Casi siempre somos nosotros mismos los que impedimos acuerdos importantes. A la sombra de todas las desesperaciones del camino hemos creado un perfecto lenguaje de supervivencia mundial muy conveniente para los poderosos.
¿Por qué funciona todo esto? Es de una simpleza extraordinaria: somos las piezas más laboriosas del engranaje del Sistema Capitalista, el mejor sistema de toda la Historia que consiguió, con un descaro sorprendente, la desintegración de la libertad y de la igualdad en un pequeñísimo trozo de tierra soberano: nuestras posibilidades individuales en la selva del deseo. Siempre que apostemos por ellas estamos engrasando la estructura de opresión para nosotros y para toda la Humanidad.
No es fortuito que un buen amigo me dijera que yo estaba tan preocupado por el mundo que no alcanzaba a entender dónde estaba viviendo. Es cierto. Vengo de Cuba, un lugar donde interesaba mucho que la libertad se desenvolviera hacia la realización creadora de las personas en igualdad de oportunidades. El país entero se llenó de instituciones culturales y educativas para que el estudio y la creación artística y literaria fueran uno de los más apreciados bienes. Y por ahí empezaría el largo camino de humanización. ¿Qué nos ha pasado?
Los valores de Cuba y de ese Socialismo del siglo XXI que convulsiona a Latinoamérica no caben en los Bancos del Capital. Por esos valores que aún no pueden controlarle a Cuba, le mantienen un bloqueo y un sinfín de otras agresiones, porque, según ellos, padece de inmovilismo, ¿es que acaso los otros países se mueven mucho para que todos sus ciudadanos tengan los mismos derechos? No, ellos saben que no, pero sólo reconocen los derechos de aquellos que entienden correctamente lo que reflejan las Constituciones, porque sólo ese grupo es el que a la larga puede cumplir estrictamente con los valores que los Bancos quieren recibir puntualmente. Entonces Cuba y Venezuela cambiaron sus Constituciones. ¿Qué no se podría hacer desde aquí, donde hay tanto poder junto a tanta vergüenza acumulada?
7- LA PERVERSIÓN DEMOCRÁTICA
¿Sería válida alguna argumentación sobre la democracia? Remontarme a la Atenas del siglo V a.d.e., en los orígenes del término que 2 mil años más tarde Abraham Lincoln definió como “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” sería enunciar ya un nacimiento mentiroso. Seguir apuntando definiciones, frases y otras ideas de las más diversas épocas, regiones y personalidades, recordando que en la ciudad del Mar Egeo sólo el 10% de la población disfrutaba de los privilegios “democráticos” y que Lincoln fue asesinado antes de practicar su discurso, sería una petulancia más en el seguimiento del conocimiento impotente. Más bien inservible, dirían los señores del Club de Bilderberg recientemente reunidos en Barcelona: Los pueblos no están aptos para tener las llaves del Poder.
Así prima por aquí el más absoluto derecho individual que, se supone, no aceptaría jamás una definición de la persona humana. Cada cual es como es y nadie está legitimado para emitir juicios o para incitar prácticas de cómo debe ser ningún otro. Pero, ¿el individualismo, o la individualidad, para no ser grosero, ya no es una definición de la persona que, de acuerdo a la posición que ocupe en la sociedad, puede emitir juicios bien cerrados sobre los demás y obligarles a prácticas aún más cerradas?
Aquí sí existen algunos que, con el mayor poder del planeta, llevan adelante una definición, y que va más allá de la persona, pues define cómo deben ser los países: democracias representativas, ¿de quién? Por supuesto, de quien las impone; y mientras, los pueblos son las almas muertas de Gogol que las elige. Habría que recobrar el derecho a la grosería, porque los juicios y las prácticas que manifiesta esta denominación podrían muy bien considerarse los más execrables del mundo: sencillamente, aparentando la defensa de la personalidad, encierra a la persona en una soledad individualista que la devuelve al animal supuestamente superado. Le imponen la magnificencia del timón individual, el eco más ingenuo del aviso al disfrute de la felicidad que publicita el mercado, aunque jamás se acceda a la realización personal. Pero el voto democrático está asegurado.
¿Por qué se mantiene la formula de “una persona, un voto” que define una de las conquistas sociales? ¿Realmente se mantiene para que los pueblos sean los dueños de sí mismos? Por más que se intente pasar como el valor esencial del derecho y la responsabilidad del individuo, se nota que algo falla. ¿No será acaso precisamente ese falso valor individual poderoso superpuesto al valor colectivo? Finalizadas las elecciones, la persona desaparece y apenas hay formas de que acceda a aquel a quien entregó su voto. Podría ser un buen instrumento para el individuo si éste no estuviera condenado a recorrer todas las etapas diabólicas del Sistema individualmente.
Para contrarrestar a los que no acepten el viaje promulgado están funcionando a la perfección los Derechos Humanos. Se lanzan miles de campañas sobre la situación de éstos en Cuba y en el resto de los países luchadores. Lo que no esgrimen en los países que ya acusan bastante cansancio con sus estadios “avanzados” lo levantan contra los que hablan de un Socialismo del siglo XXI. Sólo hay una oferta: “o eres lo que te decimos o seguiremos haciendo cualquier cosa para que no consigas transformarnos a nosotros”. La más clara demagogia del engendro de la democracia: un juicio y la obligación de una receta a punta de pistola. Igual a como se impuso la evangelización que ya sabemos su historia entre la cruz y la espada: exterminación de los pueblos originarios y saqueo de sus riquezas. Ahora se plantea lo mismo con los pueblos que trabajan en sus transformaciones. Si en el fantástico Primer Mundo se incumplen reiteradamente los Derechos Humanos, que se han “votado” pacíficamente en todas las lides electorales, ¿cómo se dignan a exigirles a otros el más estricto cumplimiento? ¿Qué sentido han tenido para los pueblos esos Derechos y ese voto universal que, como migajas del Poder, han venido a representar casi siempre la defensa de una individualidad que legitima los intereses de los poderosos? ¿O es que la responsabilidad individual aún no ha tomado conciencia de sus deberes con la colectividad? Está tan sola…
Buena cuenta de un estudio comparativo ha hecho el francés Salim Lamrani, haciendo notar que a Europa ni siquiera le importa el Informe de una de sus entidades más aclamadas, Amnistía Internacional, que hace constar las constantes violaciones de los Derechos Humanos en Francia, Alemania, España, Reino Unido, Chequia y prácticamente en todos los demás países de la Unión. Violaciones muchísimas más graves que las que esta misma organización reconoce en Cuba, Venezuela o Bolivia. Pero la jugada de los poderosos sólo piensa en términos dominadores.
El mensaje es universal: Comprando tierras “desérticas” a unos pobres palestinos que se fueron “muy contentos” se levantó el Estado más democrático del Cercano Oriente: Israel. Mediante la relación empresarial sacralizan un término que, sin pizca de miramientos jurídicos, filosóficos o religiosos, puede extenderse a cualquier hostilidad.
La democracia igual sirve para fundar países que para controlarlos o deshacerlos. La variabilidad de su ejecución sólo depende de los espurios intereses del Poder. Es de sobra conocida la desintegración efectuada en los Balcanes. Había que romper Yugoslavia, pero cuidadito con el derecho a la autodeterminación de los pueblos de España. Cualquier movimiento ha de responder a las estrategias del gran capital. Así sucedió con el reciente golpe de estado en Honduras por el acercamiento de este país al ALBA, esa alternativa promocionada por Venezuela en contra del explotador ALCA norteamericano. No hay día en que los grandes medios no destaquen algo para subvertir el orden en los países del ALBA. ¿Alba? Están locos los que quieren despertar de la lotería democrática.
El sábado 17 de julio de 2010 se pasó por la televisión española un reportaje sobre la formación del nuevo ejército somalí en Uganda. Después de que el país africano pasara casi 20 años en guerra sin que aquello le importara a nadie, la cosa cambiaba, pues habían surgido unos “energúmenos piratas” que secuestraban a grandes navíos que pescaban en sus costas. ¿Quiénes les proporcionaban las armas a estos hombres desnutridos que eran reclutados mientras buscaban un trabajo en la turbulenta Mogadiscio? Tampoco importó, pero sí se hizo necesario estabilizar el Estado en ruinas de Somalia para que su pescado pudiera volver tranquilamente a las mesas de Occidente. Y estabilidad quiere decir democracia, que en ese atribulado país sólo quiere decir pescado seguro para el Norte.
El asco democrático es avasallador. Es una denuncia perenne entre los valientes luchadores del mismísimo Primer Mundo. Veamos cómo está montada esta sociedad y veremos que lo está para su extinción. Pero si la desmontamos aprendamos el término fundamental: grupo, colectivo, acuerdo. Partiendo de esa prioridad natural cada individuo participa de la solución a los conflictos en tanto es grupo. Es como la “sal de la vida”. Y es el verdadero Poder. De ahí que el grupo, analizando una voluntad colectiva, ha de sostener un poder donde se refleje cada individuo. Este reflejo engloba la toma de unas decisiones para la existencia de miembros iguales. Es la única manera para que los individuos puedan ser enteramente libres y en estas condiciones puedan convivir armónicamente en una comunidad. Es tan simple como las luces de un semáforo: ¿democracia? No lo sé. Quizás lleguemos y aceptemos el término, o pondremos otro. Lo importante es que valga para todos la imperiosa necesidad de esta búsqueda. Hasta ahora hemos vivido una perversión democrática: la inoperancia del colectivo donde se esfuma el propio individuo.
8- A LA IZQUIERDA DE LA IMAGINACIÓN
A propósito de la realidad de este país, me dijo mi bondadoso amigo Joan: “Falta pensar. Vés a Barcelona, qualsevol dia, no cal que et gastis ni un cèntim. Mira el personal que passa pels carrers i places, de la manera que va, com es comporta…, quina pena! No hi ha dialèctica perquè ens han fet creure que ens ho regalen tot fet. No cal pensar perquè altres pensen per nosaltres. El dia que una majoria pensi, canviarem el sistema.” Le respondo que si bien es cierto lo que dice, también lo es que nosotros, los que pretendemos luchar contra eso, nunca logramos ponernos de acuerdo en nuestros pensamientos, por lo que nuestro comportamiento es semejante al de aquellos que no piensan. Si queremos que ellos cambien, primero debemos cambiar nosotros.
Después del desplome de la hoz y el martillo del KOMINTERN, los grandes Movimientos Comunistas y Socialistas de Francia, Italia, España y de toda Europa se han dividido a una velocidad de vértigo, y las sucesivas multiplicaciones ideológicas se han disparado con más fuerza que la luz. La atomización de la izquierda es aplastante, y su “claridad” no lo es menos: impacta como “las terribles pruebas que Dios envía” con que Juan de Yepes nombró también su Noche Oscura.
Sobre la izquierda primer mundista, véase como se vea, pesa el turbio fardo de la posición a que arribó con la instauración triunfal del Capitalismo. Le sobrevuelan todas las sangres tercer mundistas que posibilitaron su privilegiado bienestar material, y con éste, una apertura del pensamiento un tanto separado del compromiso con un sindicalismo igualmente por encima de la clase obrera como tal. Alcanzaron otra condición social. No podía ser de otra forma. Todos arribaron a una situación que, ajena a los sucesos de los países expoliados, los impregnó de una concepción de la vida y de los sistemas sociales, económicos, políticos y culturales donde, en gran medida, el pensamiento de derecha y el de izquierda podían convivir perfectamente sin ninguna ruptura social. La consiguiente constitución del “Estado del Bienestar” llegó para engañarlos a todos con el botín de los pueblos descompuestos. La concepción política bañó todos los sedimentos ideológicos de Europa. No se trata de un pecado, pero sí de algo a tener en cuenta para que sus ciudadanos enriquezcan sus saberes con la experiencia de los despojados.
A medida que la actual crisis sistémica del capitalismo se agiganta en sus más descollantes territorios, la izquierda europea y todos los ciudadanos primer mundistas vislumbran, por primera vez de manera torturante, la magnitud de la desesperación en el resto de los trabajadores del mundo. ¿Se trata de la misma clase obrera? Entre allá y aquí habrá que buscar la identidad bastante destrozada por los procesos de la civilización.
Así, la militancia social más radical, llámese Izquierda Anticapitalista, En Lluita, o cualquiera de las denominaciones que conocemos por aquí, habrá de centrarse en la ciudadanía común mucho más que en sus aguerridos lemas o en sus cerrados proyectos e identidades. Todos los proyectos y todas las identidades caben. Sencillamente porque ya nada puede detener la necesaria confluencia de todas las militancias sociales. Lo único que no cabe es la exclusión de ninguna.
Nos hemos ido expulsando casi todos, poco a poco, y después del primer encontronazo volvimos a otro y a otro y a otro más. ¿Estamos adelantando la lucha o sólo pretendemos que cada cual se sienta complacido con la falsa libertad del compromiso individual? ¿Eso nos es suficiente? Esa es la coherencia que nos aísla. La nueva izquierda, llámese como se llame y aunque acuse la máxima rabia contra el capitalismo, no obtendrá el rédito electoral que busca. Sólo conseguirá una mayor alienación, justamente lo que tanto desea la derecha. Así la gente común se enterará, de una vez y para siempre, que nosotros, los revolucionarios, sólo servimos para recrear infinitamente nuestras derrotas.
La verdadera claridad está en la calle que todos compartimos. Si con Chomsky no llevamos “una piedra, porque el sistema traerá un tanque”, y volvemos a las elecciones que detestamos, pero que son las que “conquistamos” y a las que hemos querido someternos, habrá que repensar si por estar cansados de “votar por éste porque el otro es peor” será mejor no votar por ninguno y hacerlo por los nuestros que todavía no se han asentados en el murmullo de la gente. Mientras no nos hagamos presentes en ese sonido, seguiremos volando entre las flores muertas de la más absurda individualidad.
El eminente pedagogo brasileño Paulo Freire decía: “No es posible a nadie ir más allá de sí mismo y de la situación en que está a no ser asumiéndose como tal. Nadie está fuera de la estructura del poder. Hay que desocultar las verdades. Hay que rehusar a la desesperación, pero hay que hacer posible lo imposible. Hay que mapear ideológicamente nuestro entorno para saber qué se puede hacer sin perder los sueños. La pelea fundamental no es con el diferente, sino con el antagónico. Sólo hay influencia cuando el influenciado tiene en sí la posibilidad de ser influenciado y cuando éste recrea al que lo influenció. Se puede estar en la estructura del poder y no ser captado por él”. Paulo sabía que sólo en la participación extensa, arriesgada y decidida podría hacer algo, porque fuera sólo se está simplemente fuera. Y si no participamos de una táctica responsable, por mucho que deseemos instalarnos en la aurora, siempre tendremos que saludar al crepúsculo.
¿Cómo es posible que viviendo el momento más difícil de la derecha seamos tan débiles? La izquierda se multiplica o se suicida. Le es imposible repetir las palabras del cineasta Woody Allen: “Si veo que alguna de mis películas tiene éxito de público salgo corriendo para ver qué hice mal”. Podremos revisarnos constantemente, pero en política los programas de la izquierda, aunque no se correspondan con la malsana publicidad del mundo perfecto de Orwell para atraer a “Grandes Hermanos”, tienen que tener un aliento multitudinario. Ahí volvemos a repetir las palabras de la derecha: “Eso es populismo y no democracia”. Y nos negamos el viaje, como en tiempos de Platón, para quien la democracia era “el gobierno de la multitud” descabellada. Ya sabemos de las truculencias del término, pero con él está jugando la derecha y nos sigue ganando la partida. La pirámide del sistema capitalista sólo podremos echarla abajo con nosotros dentro. Desde fuera se pierde la visión de las fisuras y hasta podemos volver a caducas elucubraciones que más tarde o más temprano volverán a dispersarnos. No somos el caballo de los reinos griegos unidos, pero hay que vivir en Troya, saber quiénes son Aquiles y Menelao y conocer a la perfección el territorio del anciano Príamo. Todo suele ser lo mismo y cambiarse de mil maneras.
Gandhi, por quien sentimos una gran devoción, dada su hermosura de la no violencia, y aún cuando rechazamos “llevar la piedra”, no es el hombre de nuestra época. Mandela tampoco, aunque su espíritu contenga la suprema belleza del perdón. Y el Ché Guevara, el ya santo de La Higuera, aunque lo sigamos llevando en nuestros actos, sólo es un compañero más, igual que Gandhi y Mandela. El día que aceptemos ser uno más en la militancia social del grupo, ese día, en un magistral momento del conocimiento y del pensamiento globalizado, dejaremos de estar en las danzas invisibles del ego que los pueblos rechazan tanto. Aunque sólo signifique, en un principio, situarnos a la izquierda de la imaginación.
9- LAS REVOLUCIONES FRATERNALES
Casualmente acabo de recibir un texto que dice lo siguiente: “La mayoría de las noticias que el mundo recibe provienen de la minoría de la humanidad. Un monólogo del Norte. Las demás regiones reciben poca o ninguna atención, salvo en caso de guerras o catástrofes cuando allí se originan o cuando, como en Cuba, se trata de destruir un intento de liberación. Con frecuencia los periodistas, que trasmiten lo que ocurre, no hablan la lengua del lugar ni tienen la menor idea de la historia ni de la cultura local. 2 de cada 3 seres humanos viven en el llamado Tercer Mundo, pero 2 de cada 3 corresponsales de las agencias noticiosas más importantes del mundo hacen su trabajo en Europa y los Estados Unidos. Lo que actúa con más fuerza sobre el corazón y la conciencia de la humanidad entera se trasmite desde el Norte.” Y finalizaba el texto parodiando a Winston Churchill: “Nunca tantos han sido tan manipulados por tan pocos.”
El gigantesco monólogo del Norte ha creado su Poder, su Progreso, su Bienestar, su Antropofagia, su Esperanza de Vida, sus Adelantos Científico-Técnicos, sus Principios Éticos, sus Aspiraciones a la Libertad, la Igualdad, la Democracia, la Armonía Universal y a un nítido Pensamiento de Izquierda sin contar con la mayoría de la humanidad. Lo más curioso de todo esto es que se trata de una imposición de los más poderosos a sus propios pueblos, aunque los poderosos no tengan pueblo, pero se han adueñado de ellos a partir del dominio que, como chantaje económico, ejercen sobre las necesidades que les han creado a partir del aumento de las suyas. Así los habitantes del Peñón de Gibraltar desean seguir perteneciendo a la corona británica o los de las Islas Canarias no quieren pensar que están en África. Se trata de un doble rasero que implementa el mensaje que conviene a los poderosos para emitir desde el Norte. Una buena parte de estos pueblos, de cierta forma, acepta la diferencia con los países del Sur y quedan al margen.
Lo que no explican los poderosos es que los pueblos siempre han estado al Sur, de las pirámides, del Partenón, de los palacios, de los castillos, de las mansiones y de los centros de poder, aún estando en el Norte y a pesar de haber sufrido todas las calamidades, físicas y mentales, que cualquier mortal nacido y desarrollado en el eterno vulgo de la Historia. Y ahí llegamos a un aspecto fundamental que deben tener en cuenta los que luchan por el Socialismo del siglo XXI: hermanar a todos los pueblos. Nunca, ni en los tiempos de Oliver Twist, el genial Dickens pudo imaginar a Los Olvidados de Buñuel. ¿Cómo, se hubiera preguntado el escritor inglés, la humanidad toleraría un mayor calvario disfrazado de civilización para su humilde peripecia? Si los recursos que hoy se poseen, los que podrían evitar el incremento del horror, sólo se destinan a la fatua vanidad del consumismo y del derroche en el Norte, en vez de en un mejoramiento de la vida para todo el planeta, lo que la modernidad ha conseguido es el mayor despliegue de recursos para la instalación del principio del fin.
¿Querría este Norte encerrarse en la tinaja de Diógenes de Sínope? Algo escogerán los poderosos. Como hacen con todo, manipulan al hombre y toman lo que les dé mayores beneficios a su separación civilizada. Dictar normas para todos los demás, desde la palangana de sus casas, les garantiza no ser molestados por ningún impertinente con ansias de descubrir el objetivo final de las riquezas aportadas por los seres humanos. Pero el culto a la naturaleza y a la austeridad que preconizaba Diógenes lo desechan, no les reporta ganancias, y mucho menos aceptarían quitarse el vaso de beber agua que el filósofo sí supo ofrecérselo al más necesitado mientras caminaba por las calles de Atenas buscando hombres honestos.
Como la honestidad ya pasó a ser una más de las banalidades de la sociedad erigida en pautas de consumo, muchos en el Norte piensan que, más allá de las revoluciones, que crean en su infinita violencia un paso incontrolable que puede constituirse en un retroceso, debemos priorizar un avance inteligente, paso a paso, sin prisas, sin saltarse las etapas necesarias, aunque sean monstruosos determinados sucesos de la realidad y la brecha entre los poderosos y los desposeídos sea aún tan espectacular. ¿Qué pretende este Norte, que el Sur Latinoamericano no participe en la concepción de la vida? Desde el Popol Vuh hasta Eduardo Galeano, pasando por José Martí, Heitor Villa-Lobos, Gabriela Mistral, Miguel Ángel Asturias, Frida Khalo, Pablo Neruda, José María Arguedas, Juan Rulfo, Fernando Solanas, Fidel Castro y tantos otros, este Sur visita hondamente la esencia del Ser Humano. Que ahora proponga un Nuevo Socialismo para el siglo XXI es parte de sus preocupaciones históricas. No obstante, el Sur recoge la lección enviada y plantea otra concepción de las revoluciones.
El gobierno venezolano ha adquirido, bajo las leyes del mercado capitalista, una cantidad de acciones en la cadena de televisión local Globovisión. Enseguida los medios europeos han reaccionado en su contra, aduciendo que así el presidente Hugo Chávez, “el gran desestabilizador de América Latina, después de Cuba”, incrementa su influencia con la posesión de los medios venezolanos. ¿Qué quieren, que sigamos mirándonos a través de los ojos que desprecian nuestras luchas? ¿Qué pretenden, que sigamos conteniéndonos en nuestros procesos liberadores aceptando solamente el paso que ellos nos señalan? ¿Es que no se ha percatado este Norte que este Sur ya no aceptará más ser su cola de lástima? Venezuela, y el Mundo Pobre en general, a pesar de la mala imagen que tienen, sí han captado el mensaje del “poco a poco inteligente”, sólo que esta vez están queriendo que la inteligencia venga de ellos.
Igual pasa con Cuba, después de la liberación de los llamados “presos políticos del castrismo”. La reacción de los medios ha sido inmediata: “En Cuba no ha cambiado nada. La Posición Común Europea contra la isla, junto al bloqueo norteamericano, no debe cesar.” El señor Aznar, a quien han ido a ver los recién liberados al llegar a España, ya nos da por liquidados. ¿Qué quieren, que arrojemos por la borda toda la defensa del país? ¿Qué pretenden, que también nosotros aceptemos los dólares destinados al derrumbe de la Revolución junto a nuestra actual “disidencia” que no tiene reparos en reconocer que los recibe? Cuba, después de su auténtica revolución armada, captó el mensaje de actuar “sin prisas” y lo está ejecutando por ella misma. Pero que los dominados hablen y actúen por sí mismos es un derecho que los dominadores no han reconocido jamás, ni siquiera en su propia casa del Norte, ¿cómo podrían soportarlo con los “tarados” del Sur?
A los poderosos del Norte no les interesa que el Sur aprenda ninguna lección. Buscan revoluciones como los ríos arrasadores, para devastarlas de un plumazo, y cuando no las hay, las barbarizan. Su mensaje es claro: ¡La única revolución es la del Mercado, un problema de negocios y no de escuela! El gran capital no cree en la paz de las palabras. Su brutalidad ha superado siempre cualquier interrelación.
Como Cuba y Venezuela no tienen que recurrir a ningún otro tribunal que no sea el de sus pueblos, el capital tiene que buscar alguna solución que los ate a sus sentencias. Ni uno ni otro país tienen alguna atadura que pueda imponerles que son “una nacionalidad integrada en la indisoluble unidad de la nación española”, como está sucediendo en Catalunya. A ellos no les pueden decir que sus naciones no tienen “alcance jurídico hasta tanto no se realice una oportuna e inexcusable reforma de la Constitución”. Cuba y Venezuela ya lo hicieron desde la soberanía alcanzada, cuando elaboraron sus propias constituciones para liberarse del gran capital, que es la única forma de independencia verdadera. En alguna medida los pueblos del Norte están viendo que sus otrora benefactores pueden llevarlos al Sur. Y aquí se daría una nueva lección de historia. ¿Con quiénes se identificarán los pueblos del Norte? Hagan lo que hagan, también serán responsables de esas decisiones los pueblos del Sur. Ya está más que demostrado que solos no llegaremos a nada.
En el basurero La Chureca, de Managua, Nicaragua, que “no es un hospital, aunque hayan muchas enfermedades, ni un parque, aunque hayan muchos niños, ni un zoológico, aunque hayan muchos buitres y otros animales”, no está la vida de los pueblos del Sur. Allí están esos “monstruosos sucesos de la realidad”. Allí no tiene pensado ir el Norte, como harían todas las familias humanas, para compartir su pan con los que lo buscan entre los gases de los alimentos descompuestos. Allí está el Sur solamente, donde, en contraste con los grandes niveles de consumo y los altos negocios especulativos del Norte, puede palparse la asquerosidad de “la brecha entre los poderosos y los desposeídos”: la peor de todas las guerras y donde la trinchera enmudece con la más repugnante mirada.
En 1933 Karl Kraus, presintiendo el infierno que se acercaba a Alemania, escribió “La tercera noche de Walpurgis”. Ahí “acusa a todos aquellos que, mediante el uso perverso de la palabra, -por el servilismo de los periodistas-, sacrificaron su intelecto para ponerlo al servicio de Hitler, favoreciendo con ello la implacable instalación del nazismo en los espíritus y alentando y legitimando los horrores del Tercer Reich.” Había mucho silencio por entonces y la responsabilidad no cotizaba en el mercado. Igual puede pasarnos ahora, en pleno culto a la civilización del absurdo.
Mientras Cuba, o Venezuela, o cualquier otro país del Tercer Mundo que esté buscando ayuda para sus luchas necesarias, no reciba la comprensión de la minoritaria parte de la humanidad que gobierna el planeta, y solamente encuentre agresiones, mentiras o noticias distorsionadas, oportunistas y malintencionadas, seguramente nunca se dará el mensaje dialogante ni la sabiduría que debe compartirse entre el Norte y el Sur. El Nuevo Socialismo del siglo XXI tiene que avivar esa interrelación. Entonces urge establecer las vías de cooperación entre los pueblos de uno y otro lado, ya que los dos lados son igualmente pueblos lanzados a la rapiña entre ellos por los intereses del Capital. Sólo juntos se contemplará la mejor alborada.
Por mucho que se repita que la Humanidad será siempre un combate, éste no tiene por qué ser eternamente por los senderos del odio, la exclusión y la indiferencia de cuerpo contra cuerpo, entre piedras y tanques, todos debajo de los hongos nucleares. Al infinito nos empuja la vida, aunque no sea mío, ni tuyo, ni de ningún otro. Todos moriremos un día, desde luego, pero no como se está ejecutando ahora, sino en la bellísima traslación de la finitud donde puede vibrar la eternidad de la especie que somos. Y es así porque todos seremos amados por muchos a través de ese cuerpo tan bondadoso que constituye la limitación humana. Como una solidaridad absoluta. Ahí estamos sin el egoísmo de que toda la hermosura es nuestra ni de que somos exclusivos en gozarnos. Cuando esto se comprenda el mundo empezará a cambiar.
En esta hora brutal, antes que todos volemos por los aires como minúsculas partículas de basura cósmica, casi igual a lo que sucede en los millones de basureros atrincherados en el Sur, las revoluciones fraternales pueden ser el cauce definitivo de los pueblos y el principio del hallazgo de la condición humana. Ya sabemos que mantener la trinchera del Sur es indispensable, pero hay que abrirla al Norte, porque quedarse solo en esa trinchera sería terrible. Si estamos suficientemente acompañados podremos reescribirlo todo.
Calella, Catalunya, 19 de enero de 2011
Esta última versión cambia su título y posee 9 capítulos:
UNA CARACTERÍSTICA FRATERNAL
A la memòria de Màrius Torres i Joan Sales
1-EL PODER, EL PROGRESO Y EL MEJORAMIENTO HUMANO
Mientras en la existencia cubana, latinoamericana, tercermundista, muchos de sus pensadores, líderes políticos y buena parte de los pueblos mantienen una esperanza en el Socialismo del sigo XXI, por aquí, en Catalunya, como en cualquier otro rincón del Primer Mundo, a pesar de los valiosos movimientos sociales en sintonía con una convivencia global digna, prima su negación más absoluta. ¿Seremos dos mundos irremediablemente antagónicos? Todas las respuestas incidirán en los desafíos y perspectivas que tienen ante sí las luchas revolucionarias a nivel mundial.
Más allá de las convicciones, las consignas, la búsqueda de un mejor ser humano o el hallazgo de las verdades que pueden sostener la necesidad ineludible de un cambio de sistema social, los revolucionarios han de plantearse la realidad para los pueblos, para la gente común y para todos los que sientan que sus vidas valen la pena vivirse. El Nuevo Socialismo debe ser superior a aquel que se incendió por múltiples causas internas y externas, pero también lo debe ser frente al actual modelo capitalista que, a pesar de nacer incendiado, aún en llamas posee un gigantesco atractivo, una bien ordenada solidez y acaso con tremenda fuerza una posibilidad extraordinaria de “vida intensa” para todo el que llegue a sus peldaños más altos. Si bien es cierto que en esas alturas resulta casi imposible creer, sin una pizca de narcicismo, hedonismo o de miseria humana, que la grandeza y la belleza de vivir sólo está en la sencilla relación de amor con todo lo creado y por crear, es innegable que la inmensa mayoría de los habitantes del Tercer Mundo quiere realizar su existencia dentro de unos bienestares muy parecidos a los que hoy ostenta el Primer Mundo. Si dijéramos lo contrario ya no estaríamos buscando realmente una alternativa al absurdo reinante y sólo demostraríamos la lejanía más cautiva de que Un Mundo Mejor es Posible.
Después de la caída del “Socialismo Real” no caben más ingenuidades con la segura victoria de unas razones, por muy buenas que sean, conducidas desde el Poder individual enraizado en un sistema represor del interés colectivo. Ahora sólo caben las realidades mejor descifradas. Resulta la única manera para encontrar las vías indispensables para que el nuevo rumbo no se disipe en las nieblas de la utopía. Es preciso librarnos de una visión pétrea de las ideas. Todo puede ser rectificado y mejorado, entre otras cosas porque siempre estaremos equivocados en la indefinible prueba de estructurar la vida y la sociedad humana.
Por aquí, y bastante también por allá, no tienen el peso suficiente nuestras engorrosas palabras: masacre de los pueblos, colonialismo, neocolonialismo, expolio sistemático, subdesarrollo, abuso de unas élites internas, miseria, desigualdades, injusticias, sufrimientos, inestabilidad vital, asedio completo a los proyectos revolucionarios, etc. etc. Como si ese mundo no existiera en el presente y que tampoco existirá en el futuro. Sencillamente porque para aquí ese mundo representa el mayor fracaso humano frente a este otro que se “perfecciona” cada día más con una acelerada renuencia a reconocer a aquel que se quedó en “la más completa imperfección”. Y no se trata de otro catastrofismo, es el realismo en su mayor transparencia. Por ello los pobres diablos del Sur podrán soñar todo lo que quieran con un Nuevo Socialismo para el siglo XXI, pero mientras ello no forme parte de las preocupaciones de los ricos dioses del Norte, no existe, es parte de la barbarie que debe ser civilizada. Desbrozar tal maleza de desencuentro entre el Norte y el Sur es parte imprescindible del propio proceso de búsqueda y construcción de ese Nuevo Socialismo.
Por aquí se tiende a ver como una contradicción insoluble llevar una buena vida dedicada al “progreso”, la investigación técnica y científica y el cuidado del patrimonio histórico y artístico con la solución de los más apremiantes problemas donde se martirizan millones de seres humanos. No se cree que Cuba haya demostrado que se puedan realizar las dos cosas. Tampoco se cree que Venezuela y otros países latinoamericanos también puedan demostrarlo. Sólo se aviva una generalización de que tales países trasmiten un mensaje demoledor para los desarrollos alcanzados. Y no se soporta que haya que ajustarse a una determinada magnitud humana y compartir.
La falta de unos mínimos para acercar los criterios marca la ausencia de la complementariedad en el camino. No hay bases de generosidad. Cada vez más aumenta el principio solitario del salvaje: que cada cual se las arregle como pueda. Si el robo, la guerra, las conquistas y todas esas vergonzantes cotidianidades que hoy continúan dominándonos surgieron desde la normalidad conseguida en la Edad de Piedra, ¿quién podría arreglar eso? Sólo un iluso se replantearía el camino, se quedaría solo. Porque desde los orígenes comenzó a desarrollarse la bestia que haría posible todo el “progreso” posterior de la especie. Esa es la victoria asumida desde aquí para explicar la civilización desarrollada y la que se pretende que continuemos todos. En cierta medida, no hay alternativas. Decididamente todos estamos apuntados a este desastre. Una de las aportaciones fundamentales del Nuevo Socialismo sería desentrañar la derrota de tal civilización desde ella misma y que sirva igual para el Norte como para el Sur.
Aún reconociendo el progreso material y espiritual que hemos tenido como Humanidad, y que tal parece que no tiene vuelta atrás, al menos por el momento, se trata de un avance donde hasta el día de hoy lo más notable que lo caracteriza, generalmente, es el cruento desarrollo del individuo que ha asumido un poder y con él la asunción del bien necesario para imponerse a todos y a todo lo demás. Por esta desquiciante relación de la individualidad con la vida es que el progreso se ha basado y continúa basándose en la destrucción del Hábitat Natural donde vivimos: todo para un “Yo” que desafiará inútilmente su propia naturaleza mortal.
Múltiples pensadores han concluido que toda la Historia es el camino impuesto por la fuerza del poder individual, que no hubo nunca un estadio sin necesidad de ese poder. ¿Qué ha cambiado? Quizás, en algunas zonas, el refinamiento de las formas. Entonces, aparte de los diferentes enseres obtenidos y la búsqueda constante de nuevos argumentos para el cambio, el gran trazador de caminos sigue siendo el mismo: el poder único. ¿Es válido que continuemos aceptando esa característica como innata en el perenne descubrimiento de la condición humana? ¿Podemos vislumbrar que ese Poder, como señal de fuerza, inteligencia, habilidad, sentido común y acierto tendrá su final y sobrevendrá otra característica en la relación del ser humano con sus semejantes y con la vida?
Evidentemente la incógnita que más nos polariza es si vivimos mejor que antes. Las variantes de las respuestas estarán signadas por el tiempo, el espacio y el poder de quienes respondan, aunque igualmente podríamos observar múltiples sorpresas. Si la población humana ha aumentado es normal que crezca la cantidad de gendarmes y que todas sus dependencias adquieran alguna mejoría, hasta aquellas contestatarias que, de mil formas, impulsan los cambios seculares. Ahora son más personas para participar en la custodia del poder y éste necesita extenderse ante el crecimiento de las apetencias descubiertas. Se dice que estamos en la era más activa del Hombre, pero el accionar tan frenético que llevamos a lo que más se parece es a la total pasividad de las grandes mayorías. Una exigua minoría es la que nos arrastra ciegamente hacia lo que ha elegido. ¿Acaso el propio “progreso” nos ha paralizado? ¿Esa es la validez indiscutible?
No hemos tenido un paso triunfal con la transgresión a las ideas dominantes, pues éstas continúan estrangulando los avances del pensamiento constructor. Pero también puede verse que este camino de construcción, dentro de sus cíclicos vaivenes, ha sido siempre recogido por el Poder para escapar, simular abundantes espejismos transformadores y continuar su carnaval de dominación.
El poderoso gran capital lleva hasta sus grandes empresas a millones de seres humanos, a personas aguijoneadas por la fuerza de vivir en las cercanías del refinamiento, sólo que ahora ha empeorado la relación. Como dice el protagonista del film “Arcadia”, de Costa-Gavras: “Ya sé que mi enemigo es el empresario, pero mi problema es el competidor: debo eliminarlo”. Al desposeído sólo le ha quedado posicionarse contra su semejante, el eslabón más débil, y ambos son los que, en su retroalimentación continua, preservan la cadena en la espiral “progresiva” donde el poder agranda y degrada al que lo ostenta. ¿Ese es el “progreso” con el que nos maravillamos?
Cada día vemos como la soldadesca de muchos ejércitos de los países más desarrollados se nutre con mercenarios procedentes de la miseria. Mientras, las grandes minorías, aquellas que buscan alguna fuerza para oponerse y cambiar el rumbo, cuando no son una tolerable diversión para el poder lo tienen bien difícil, pues casi todo el tiempo deben dedicarse a que no las exterminen.
Y dentro de esta complejidad social, tanto aquí como allá, podemos encontrarnos con algunos que, aún reconociendo que sí han vivido mejor y que cada vez vivirán mejor, al hacer recuento de los artilugios conseguidos echan en falta el verdadero significado de la mejoría que buscaron. Pero tal vez no acepten hacerse ninguna pregunta sobre sus existencias y sólo hagan visible lo peor de ellas: no cuestionar el “progreso” conseguido, pues puede resultar hasta peligroso: ¿Para qué remover el absurdo, por no decir la mierda? El mejoramiento humano parece tener que ver más con el dogma religioso que con las reivindicaciones mundanas. La metafísica siempre será una vía de mantenimiento de la situación muy superior a la diafanidad de las concreciones humanas. Ahí, decididamente, no se quiere bajar. Ya se tiene la certeza de que abajo siempre las cosas marchan peor. La barbarie funciona como una regla en la constitución del poder y de todo su proceso “progresivo”.
Y para rematar el asunto muchos luchadores por el cambio se han convertido, con esto del refinamiento del salvaje, en fuertes etiquetadores de las diferenciaciones conceptuales que los animan y se van troceando sin piedad alguna: unos defienden a las ballenas, otros buscan energías limpias y muchos otros más tienen las más disímiles inquietudes por estamentos dispersos. De forma subliminal se ha asumido la categoría impuesta por el poder: la perpetua valía de la individualidad que, aún cuando sea innegable su brillante fuerza, casi nunca se ha enderezado hacia el Bien Común. Por eso existe la pregunta si se vive mejor que antes. Es indiscutible. Muchos, y en numerosas partes, viven mejor que antes a costa de que muchos otros y muchas cosas más arrastren lo peor de la existencia.
No somos los amos de la Naturaleza, aunque poseemos el don de la diferencia más rotunda: alcanzamos y desarrollamos el mayor poder. A él sólo pueden complementarlo el amor, la razón, la ternura, la responsabilidad, el compromiso y el Bien que poseemos con mayor seguridad en un dominio colectivo. Si nos deshacemos de todo esto, como indica el comportamiento del Sistema establecido, entonces sí carece de sentido toda reflexión. Pero sabemos que eso no es así: somos una especie con capacidad para trasladar trascendencia amorosa a toda la existencia. Así es como asumimos las obras de Esquilo, Miguel Ángel, Shakespeare, Cervantes, Beethoven, Balzac, Van Gogh, Dostoievski, Mozart, Kafka, Tagore, Chaplin y de tantos otros que han hurgado en nuestras profundidades y ensoñaciones.
Si juntos, los que ya nos alzamos del animal que fuimos y ansiamos vivir humanamente, convivir, aunque tengamos que hacernos un sin fin de concesiones, nos ponemos en el rol de los catalogados para ser exterminados, entonces sí, y sólo así, podremos afirmar que ahora vivimos mejor que antes dondequiera que nos encontremos. He aquí el verdadero problema: ¿ya se han dado todas las concesiones al Poder y hemos arribado a la mayor resignación en la historia de nuestra especie? ¿Unos mandan y otros obedecen? ¿Unos viven y otros mueren? Ello significaría que se masifica la evolución destructiva por una necesidad intrínseca del “progreso” emprendido: las insaciables ansias de poder ante el abismal misterio de la vida donde sucumbe el individuo. ¿Por qué no creer que todos estamos indisolublemente unidos por una característica fraternal: la realización de nuestras vidas en la más estricta convivencia donde aportamos y recibimos infinitas e irrepetibles vivencias temporales?
2- SEGUIMOS SIENDO ANTROPÓFAGOS
No se nos ha concedido viajar más allá de la muerte. ¿Un error? Deberíamos priorizar el hecho real que nos lo condiciona: somos iguales en la vida. Pero como el reto asumido por la soledad humana resulta demasiado alto, el Poder se ve obligado a marcar distancias. Así la persona y la comunidad son situadas en polos antagónicos, ¿por qué? Existe la remota creencia de que alguien, sólo uno, o unos cuantos, sí podrán cabalgar sobre la muerte. Y para esos elegidos como Dioses están los sacrificios humanos que se han ido disfrazando con el paso del tiempo. La antropofagia, en su incansable evolución, debe garantizar la elección adecuada, la tan temida “selección natural” darwiniana que, en lo social, constituye el imperturbable tránsito con que la modernidad legalizó a la Edad de Piedra: un precio, un contrato y la mesa está servida. Estaba bien claro que con la individualidad no íbamos a interrelacionarnos humanamente. Era necesaria la confrontación para conocer a los más grandes de entre nosotros. Y para darle algún orden a esa batalla “civilizada” había que descubrir una fórmula que pudiera blindar el gran valor del individuo: la ley de la propiedad privada ilimitada: el absoluto personal.
Es una ecuación bien sencilla: sólo valen los vencedores, por ejemplo: yo soy dueño de unas propiedades que me posibilitan una plena participación en la presencia frente al otro. Tengo la comida que necesita el hambriento y tengo medicinas para curar al enfermo. Si a algunos les falta lo que yo tengo, eso no es mi responsabilidad y está muy claro que faltarles era su destino. Si después alguien me compra un ataúd para poner el cadáver yo sólo he realizado una venta con todas las de la ley. Si luego otro me alquila un metro de tierra de mis campos para enterrar el féretro, allí justo debajo del manzano que está creciendo, yo sólo he satisfecho una transacción comercial, la más perfecta de las relaciones humanas alcanzadas. Si al cabo de un tiempo me voy allí mismo a comerme una fruta, sólo estoy disfrutando de las propiedades adquiridas. ¿Quién será el loco que venga a decirme que me estoy comiendo un trozo de carne en forma de manzana? Ese está en el bando de los perdedores que nunca aportarán nada. Está claro, entonces, que este Mundo pertenece a los que tengan las habilidades para apropiarse de cualquier cosa.
Así, la propiedad privada, perfectamente descrita en la mayoría de las Constituciones actuales, se convierte en el implacable garante civilizatorio para salvar las posibilidades del individuo en un Sistema perfecto: el Capitalista. Cuando se es propietario se pueden tener decisiones sobre todos los demás. Es la única salvación en situaciones conflictivas entre individuos. Aunque no sea fácil conocer al inocente y al culpable, uno de ellos, no importa cuál, tiene que dejarse comer.
Cuando el conflicto sucede entre países la solución es más convincente. Son las “víctimas colaterales” que deben digerirse lo más pronto posible y olvidarnos de los infaustos acontecimientos. Es lo mejor para una convivencia pacífica, no vaya a ser que alguien se moleste con nuestra buena digestión. Soportamos la antropofagia hasta el borde de la locura. Lo sabemos. Pero hay que desterrar la memoria si queremos comer tranquilamente. Se dice que cada día mueren 100 mil personas por guerras, hambre o miseria. ¡Qué Dios nos coja confesados en medio de este hartazgo tan enorme!
Irak y Afganistán se desangran. Y en los territorios palestinos ocupados por Israel se levantan muros más criminales que el de Berlín. ¿Qué significan esos musulmanes indigeribles que quieren levantar minaretes en Europa? Es posible que algún día se desate una gigantesca cacería. Con el botín se celebrará el mejor aniversario por la caída de las piedras que dividían a la capital alemana. La gran inteligencia no dejará que pase este hito universal sin el festín más completo que debemos comernos en estado de gracia: el final del Socialismo del siglo XX es una comida sagrada. ¿Quién cometerá el sacrilegio de rechazar tan suculento manjar de historia?
La exaltación del individuo, más que entregarle virtudes, obedece a la lucha contra cualquier intento por compartir los derechos de los poderosos. Con el orden de la ley se confirmaba la instauración del más grande de los totalitarismos: el poder individual, que se disfraza de triunfo colectivo al hacer creer a las personas que pueden elegir y decidir libremente mientras se anatematiza a los pueblos que desean liberarse de la ley. Por ahí se arriba a la conclusión que aquel que posea la riqueza necesaria para comprarnos y luego comernos está en todo su derecho: es una virtud inalienable. Por ello algunos tenemos el destino de dejarnos comer: Cuba, Venezuela, el Socialismo del siglo XXI, etc. etc. Aunque sigan sin aparecer los inmortales. Da igual, lo único imperecedero es el Poder para comer...
3- LOS ADELANTOS CIENTÍFICO-TÉCNICOS
Para discernir entre la buena y la mala comida se logró el mayor descubrimiento: la enorme ampliación del Mercado omnipotente y subyugante. Todo está a sus pies, desde las armas más sofisticadas fabricadas en los grandes centros de poder hasta el ya simplísimo trasplante de un riñón en una clínica de Pakistán. No interesa qué se haga con los armamentos ni las repercusiones en el miserable donante. Si usted se hace rico por patentar un nuevo fármaco que ya usaban ciertos indígenas, usted es un genio; y si usted no adquiere un jet privado, eso es la libre decisión de sus inclinaciones personales. La mercancía se torna infinita. Por ella los adelantos científico-técnicos, más que a sus fines benefactores, han contribuido a cimentar la civilización del más arraigado pensamiento sin contribución alguna a la condición humana. Lo que se busca no es de este Mundo, aunque venga muy bien para unos cuantos en él.
El único obstáculo que se asoma en el horizonte podría ser la agonía de la industria armamentística. Casi todos los logros científicos y técnicos han tenido algo que ver con esa industria, y si ésta falla podría colapsarlo todo. Entonces, algo tienen que hacer los más beneficiados por la evolución de la Ciencia y la Técnica. Seguramente impedir la tan temida agonía de las armas, aunque para ello tengan que oficializar, después de revisar los alcances de la Robótica, los asesinatos a cometer cada cierto tiempo. No es un eufemismo que para ello se deba calcular un escalonado transcurso de las guerras, las hambrunas y las enfermedades. Y si ello pudiera resultar de una crueldad extrema, ya tenemos otro descubrimiento científico, igual que la manzana de Newton: advertir que con el calentamiento global nos libraremos del mal trago. Es la sabia Naturaleza.
Suena a un acusado criterio que nos retrocede a un maniqueísmo ya superado. Es que no somos malos ni buenos, somos grises en todas partes. No hay ningún mérito en los que apenas se han beneficiado con los adelantos científico-técnicos, salvo el que emana de su marginalidad y ésta, si aprendemos a guiarla, podríamos convertirla en una verdad absoluta con grandes posibilidades transformadoras.
Las llamadas educación y sensibilización primermundistas hacia los problemas mundiales, aún cuando se trate de una vía enaltecedora, no parece que resolverá algo. Tampoco será posible resolver mucho mediante las nobles fuerzas del talento individual. Y hasta que no llegue el día de la gran solución, todos, absolutamente todos los que vivimos por aquí lo haremos desde nuestra burbuja: nunca comprenderemos a aquellos que no tienen tiempo para esperar. Y aquellos sólo maldecirán su terrible suerte. La preocupación personal nos imposibilitará a todos cualquier entendimiento integral.
Mientras, las oleadas migratorias hacia nuestros pequeños estancos de prosperidad científica y técnica se incrementan. Cada vez se soporta menos la falta de los necesarios grados de civilización alcanzados por aquí. Las propias invenciones han servido para la correspondiente publicidad exigida por el mercado. La mayor parte del globo terráqueo parece querer vaciarse. ¿Son los nuevos bárbaros que se acercan a Roma? ¿Qué adelanto científico-técnico está por conocer? Se dice que cuando muchos de esos otros seres humanos se aproximen hay que actuar con rapidez: “o ellos o nosotros”, y disparar, disparar con las armas de la última Ciencia, las que no dejan rastros, las que desintegran, y que luego el viento espolvoree todo lo humano. ¿Estaremos locos de remate? Todavía no se han escrito todos los libros de la vida… Y lo más curioso, su escritura puede estar en las manos que están condenadas a su desaparición.
4- LA ESPERANZA DE VIDA ES MAYOR
Podría afirmarse que nunca la Humanidad se había tropezado con un problema tan grave para, efectivamente, vocear a los cuatro vientos, no ya que la vida se haya hecho más extensa, sino para creer como una verdad respetable que la especie humana podrá traspasar una semana o un decenio más con las armas que estamos acumulando. A pesar de que no lo tengamos del todo consciente siempre estamos pendientes. Aunque no creamos en el final, son demasiadas cosas las que nos atrapan con un temor desafiante. Estamos viviendo la época más angustiosa de todas las pasadas. ¿Realmente tenemos una mayor esperanza de vida?
No sólo nos estamos cargando al planeta, nos estamos borrando de la faz del universo. Cada vez queremos más y ensayamos y fabricamos cualquier cosa para glorificar el apetito insatisfecho. Aún en la quimera de que haya vida extraterrestre, lo que le estamos anunciando es que vamos a por ellos. Si no tenemos cuidado de nosotros mismos en este mínimo espacio que nos ha tocado, si realmente nos queremos tan poco, si ya nadie duda de que existe la posibilidad concreta que podríamos exterminarnos sin darnos cuenta, ¿qué podrían esperar de nosotros otros seres vivos colgados de alguna otra galaxia?
Es alarmante el comentario del agricultor catalán Josep Pàmies en cuanto a una planta, la stevia, usada por los guaraníes suramericanos para múltiples dolencias y que la multinacional Monsanto quiere reducir a un producto transgénico: “La industria farmacéutica pervierte a los propios investigadores, de tal modo que si no convierten un medicamento que cura en otro que cronifica la enfermedad no les pagan la investigación. Quieren que continúes muchos años vivo, pero enfermo.”
Si se le otorga naturalidad a las desigualdades reinantes entre las distintas regiones de la Tierra no creeremos en la realidad. Es evidente que si en Europa el promedio de vida se acerca a los 80 años mientras que en África no llega a los 40, algo no natural está sucediendo. ¿Acaso no será que Europa le está robando a África la vida, y una vida para enfermarla? Entonces lo que más se acerca a la realidad es un crimen de magnitud descomunal. ¿Esa es la esperanza de vida, que no creamos en la realidad?
Sin mirar el genocidio, por aquí nos enzarzamos en las más diversas disputas locales. Todavía en la larga marcha europea se dirimen siglos pasados con un rencor inaudito. Las veleidades justicieras de todo tipo han pasado a constituirse en honras nacionales. Podemos movilizarnos de forma bien amenazante para reclamar mayores bienes o alcanzar determinadas reivindicaciones y no se nos ocurre hacerlo con idéntica fiereza por aquellos que les falta lo más elemental. Así lo denigramos todo y en ello perdemos la única posibilidad de una verdadera compañía. Somos incapaces de ceder ni un ápice de lo que ya tenemos. Queremos más es la consigna con mayor poder de convocatoria. Queremos menos debería ser el lema que encabece la manifestación multitudinaria. Queremos menos para que otros tengan lo que les pertenece. ¿Será posible? ¡Podríamos romper, al fin, el hechizo del absurdo que nos mantiene a unos en el Norte y a otros en el Sur!
5- LA ÉTICA ACTUAL: “¡VIVA ESPAÑA, VISCA CATALUNYA!”
Que todavía hoy día, después de un año del fatal seísmo que se llevó más de 200 mil vidas, la población haitiana damnificada siga viviendo en pésimas condiciones, expuesta al cólera que ya les llegó, podría hacernos ver hasta qué punto nos hemos desprovistos de principios éticos. Si la consideración al semejante debe colocarse entre las principales características de la ética, entonces nos cabría la reflexión sobre nuestras faltas de consideraciones. Que nos enteremos del hecho trágico, que ayudemos en algo, siempre mínimo, y continuemos con normalidad el día a día termina por despojarnos del buen sentimiento con el que acudimos a la cooperación. Como si la ética tuviera, como todas las cosas actuales, una relatividad a prueba de cañones donde más vale estar al tanto de lo que puede costarnos la sensibilidad.
¿De qué hablamos? Vivimos en un sistema donde todo se capitaliza para llenar las arcas del Poder. Por mucho que los medios, dominados por los poderosos, nos muestren el magnífico altruismo de personas y grupos que, sensibilizados ante tantas calamidades, suavizan las atrocidades con el sacrificio particular, sabemos que esta vía no resolverá los sufrimientos de los excluidos. Igual pasa con dos organizaciones muy destacadas en la concientización ciudadana: Amnistía Internacional y Greenpeace. Si bien esos esfuerzos son buenas intenciones, por el embellecimiento de sus mensajes, tampoco podrán horadar lo suficiente los muros del Poder. ¿Su actuación está por encima del bien y del mal, son independientes de la ética caritativa que el Sistema puede asumir sin que peligre su demoníaca estructura de vasallaje? Para todos es muy claro quiénes definen los perfiles de las Naciones Unidas. Si esa organización no ha podido escapar a la máscara, ¿qué esperar de las demás? De otra forma se comportan los medios con aquellos que sí alzan un compromiso liberador y de raíz. A esos se les minimiza, se les desvaloriza, se les estigmatiza o sencillamente se les saca de la circulación informativa. Cuando nos dicen algo hacen el comentario más favorable al sistema: “para que haya mundo tiene que haber de todo”, o el más popular “cada loco con su tema”. En esas frases bien sencillas han arrinconado a los éticos.
Sin el menor pudor se crean las campañas más repugnantes contra Cuba, Venezuela, Bolivia y contra cualquiera que ose imaginarse otro Mundo. Resulta increíble que en 9 años el Parlamento Europeo haya concedido, en 3 oportunidades, su Premio a la Libertad y a la defensa de los Derechos Humanos, a disidentes cubanos, como si esa isla fuera el sitio más vergonzante del planeta. Indudablemente el Primer Mundo nos tiene en el Infierno de Dante para excluirnos de toda esperanza. Urge “resolver” ese paso de la Divina Comedia.
Urge entrar en la Historia, la tumultuosa historia que hemos hecho entre todos, con nuestras fortalezas y con nuestras debilidades. Nada purificados. Nunca lo vamos a estar. Y el primer paso está en el reconocimiento de la enajenación en que vivimos. No por ello estamos rodeados de lacayos del Capital. Todos somos hermanos y no podemos escondernos en las mejores iluminaciones de la ética. Hay que meterse en la realidad. Es dónde únicamente aparece la vida con sus reales posibilidades históricas para trasformarse. Sería como si estuviéramos adentrándonos en los posibles caminos éticos que la actualidad nos demanda.
Basta un ejemplo muy reciente: la celebración del Mundial de Fútbol de Sudáfrica. ¿Podría ser el magnífico sentimiento de la alegría una nueva visión de la ética? Habría que hurgar en este fenómeno más allá de la manipulación con que nos tratan en celebraciones como estas. Ha ganado España. Llegan a Madrid los jóvenes campeones de Johannesburgo y se despliega la pasarela de la ética actual con miles de participantes y un grito de “felicidad” unánime: “¡Yo soy español, español, español!”.
Mientras, dos días atrás, en Barcelona, parte del pueblo catalán, en semejante cuantía al de Madrid, realizaba una manifestación por la dignidad de unos acuerdos políticos sobre su Estatuto de gobernación al que, aunque ya había sido consensuado su articulado en los distintos pasos de legalidad, súbitamente le aparecía otra instancia llamada Tribunal Constitucional para sentenciarle un recorte a la pacífica soberanía del pueblo que votó en referéndum aquel Documento. ¿Fue ingenua la convocatoria popular, tanto la del referéndum como la de la manifestación? La empresa Lynce, que reconoce no tener competidores en su profesión, parece decirnos, con sus datos sobre la cantidad de manifestantes, que esto se ha manipulado. ¿Cuándo y dónde el Capitalismo no manipula?
Parecía que el pueblo catalán ya se hubiera decantado por el derecho a alzarse en su inalienable voluntad: son una nación y tienen el derecho a decidir su destino. Así se había organizado anteriormente a través de consultas populares que escasamente tuvieron un 25% de asistencia. ¿Dónde estaba la otra parte de los que viven en Catalunya? ¿Se sentía excluida del esfuerzo nacionalista? La increencia está diezmando a todas las llamadas democracias. Por mucho que una parte del pueblo quiera que toda la Comunidad sea la verdadera protagonista de las acciones políticas, la otra parte no se lo cree. La participación, con toda la nobleza de las identidades en el camino múltiple de la Humanidad, parece estar desgastada. En la vorágine de la prosperidad, que crece como una cuenta más del Capital, el mantenimiento de una cultura, una lengua y una idiosincrasia no cotizan en la Bolsa, y cuando cotizan es porque sus valores están al alza de su depauperación histórica.
Catalunya independiente, contando con los políticos que siempre han jugado con su identidad para preservarse la clase al lado del capital, habría hecho lo mismo que España si su selección deportiva hubiera sido la campeona del estadio de Soccer City. Sin haber visto los grandes problemas de África y estar ganando los insultantes salarios que perciben en el Barça, los jóvenes jugadores, junto a sus seguidores enardecidos, también gritarían con idéntica vehemencia en su ciudad engalanada: “¡Jo sóc català, català, català!”
Conversando con un gran amigo catalán, independentista a corazón abierto, le manifestaba que no creía en nuevos Estados que se formaran alrededor de normas capitalistas, pues sólo creo en los nuevos Estados Socialistas. Repetir la historia no eliminaría ninguna arista esencial de dependencia, puesto que al constituirse el nuevo país, después del primer abrazo por haber conseguido lo que parecía imposible, sólo conduciría a la creación de otra maltrecha España contra otro Senegal herido y otra Gambia agonizante. El capital es muy listo para apagar el fuego de los pueblos.
Los pueblos sólo pueden recuperarse cuando se ven a sí mismos y reconocen que tienen el mayor poder para influir en su verdadera transformación y en la del Mundo. Ninguna defensa de la identidad nacional puede estar en línea directa con los intereses de la prosperidad capitalista. Si eso no se hace presente de nada valdrán los valores propios ni ninguna merecida justicia. Todo se irá a la pasarela donde dará igual gritar ¡Viva España o Visca Catalunya!
¡Nos han secuestrado a todos la profundidad de la ética! Pero creo mucho más en la capacidad de los pueblos para enamorarse que en la desenfrenada competencia donde el mercado los obliga a enfrentarse. No hay otra posibilidad para andar con la Historia. O se está en ella o, como en el barco ebrio de Rimbaud, uno se pierde “en los furiosos chapoteos de las mareas”. Y sería una lástima cuando se tiene la oportunidad de ser: ¡Puedes ser inmensamente feliz en cualquier rincón de la Tierra!
6- LA DESINTEGRACIÓN DE LA LIBERTAD Y DE LA IGUALDAD
Como en la Bolsa, igual que se reúnen las fortunas del mercado, allí se depositan los valores humanos de un mundo diseñado para ello. Y estos grandes, dirigidos por la ceguera del poder especulativo, están en bancarrota después de los múltiples pasos históricos en que fueron acercándose a una Casa Común que se descompone más rápidamente de lo que el salvajismo primitivo hubiera imaginado.
Con la conocida división en clases sociales, donde el poder económico signa cualquier aspiración, ya tenemos una limitante enorme a que podamos alcanzar un consenso sobre las propias aspiraciones. Hay quien sólo aspira a comer, y hay quien aspira a encontrar entradas para el último estreno operístico en el Festival de Salzburgo. Entre estas dos líneas de querer hay múltiples matices, desde el que ya comió y ahora busca dónde dormir hasta el que ya tiene un palco en el teatro y después intenta en la cuna de Mozart un do de pecho inconcebible. Pero, con conciencia o sin ella, cada cual conoce sus medidas. El “ni se te ocurra aspirar a tal cosa” nos marca a todos, hasta en la implicación en las luchas sociales.
Ante la perfecta diferencia en la constitución de los seres humanos, que esperemos que las Ciencias Médicas no nos quiten esa bondadosa naturaleza, arribamos a otra limitante en las aspiraciones humanas. El pobre podría cantar -no lo sabemos y será bastante difícil que lo sepamos-, pero sólo podrá hacerlo bajo su cielo mendigante donde, en una buena medida, se pierden miles de talentos creativos y genios insospechados. Mientras, el rico, aburrido de ensayos, tornará a la lámpara maravillosa de su cartera y escogerá otro deseo. ¿Cuál de los dos es más feliz ante Aladino? Toca entonces abrir una de las más sagradas palabras.
La libertad, palabra que muchos denominan la primera, es como la mayor ansiedad de todo ser vivo, una sobrecarga de los instintos. ¡Bienamada palabra! A pesar de sus durísimas condiciones en determinados sitios resulta casi imposible dejar de soñarla. Libertad, ¿qué cosas tiene la vida? Hay que ejercerla apenas con el primer grito al nacer. Rápidamente deben cortarnos el cordón umbilical. Curioso: lo cortan otros. Queremos investigar hasta la saciedad la trayectoria completa que nos vamos a plantear. Es nuestro absoluto, la entera disposición para comprobar que existimos, y en esta soledad, decidir.
Podríamos quedarnos solos toda la vida y tal vez no importaría mucho. Pero casi nunca lo hacemos. Buscamos a otra existencia. Entonces le robamos su vida o tratamos de compartir la de ambos. Aquí comienzan los problemas. No es nuestra enteramente la libertad. No somos animales salvajes. ¿Compartirla nos hace menos libres? Si junto a otra vida podemos alcanzar mayor plenitud en todos los aspectos, entonces no tiene que ser válido el rechazo al acompañante. Los problemas que surjan son parte del placentero encuentro. ¡Bienvenidos sean! Sólo serían conflictos irreconciliables si se efectúa el robo vital. La propia libertad señalaría que algo fuera de la naturaleza de la vida humana no puede ser realizado. Compartir la existencia se vuelve entonces una necesidad para el total despliegue del goce de la libertad.
Así arribamos a otra palabra sagrada: la igualdad. Y aunque todos no somos iguales en constitución, sí lo tenemos que ser en libertad para compartir el mundo. Pero si no somos libres porque estamos divididos en dominadores y dominados, ¿de qué igualdad podemos hablar? La sacralización suele ser mundana. La desigualdad arrastra por los suelos a la libertad. Sólo los poderosos, sus sicarios, y algún que otro de sus allegados, en nuestro sistema capitalista, tienen acceso a los mayores dominios del conocimiento y al extraordinario disfrute de la vida y del que muchos han abusado con marcado salvajismo. Los débiles, abrumados cada vez más por el modelo de existencia que llevan, apenas pueden alcanzar los niveles de educación para conocer cuál es su derecho a la vida. Y cuando el esfuerzo o el azar les abren las puertas del saber son manipulados hasta convertirse, la mayor parte de las veces, en dóciles contribuyentes del poder. Deben desarrollar su obra para que la gran mayoría restante se olvide de preguntar: ¿La vida es para disfrutarla entre todos o para que unos se la hagan disfrutable a otros?
A pesar de este Primer Mundo donde, en cierta medida, la mayoría de sus ciudadanos alcanza determinados grados de igualdad, ni ellos mismos se creen que todos pueden ocupar ese reino, siempre reservado a unos pocos en pugna constante. Allí hay que olvidarse de Fuenteovejuna. ¿Qué decir sobre ese otro mundo llamado Tercero donde la esclavización, el pillaje y las matanzas, casi siempre promovidas desde el Primero o por sus acólitos internos, pululan como una fértil igualdad de la desigualdad más vergonzosa?
El sistema actúa como un pulpo perfecto. La vida no es un bien para todos, pero algo llega a todas partes. Con la amplitud del mundo se justifica el tema de la igualdad. Y, ¡gracias a Dios!, pues las minas europeas ya casi están agotadas y por allá todavía hay mucho por extraer, además, ¿qué sería del desarrollo tecnológico y científico que “impulsa” a la Humanidad a cimas impensables sin esos recursos naturales que los nativos no saben administrar? Muy bien hubieran podido llegar a un acuerdo. ¿Acuerdo? Esta palabra ha sido rediseñada por los fuertes. Impera el negocio, a las buenas o a las malas, ¿de acuerdo?
No se puede olvidar que el aporte verdadero del gran capital son las maratónicas cuentas financieras. La conquista de las Américas es el ejemplo que no caduca. Aún se encuentran tesoros hundidos en el mar que pasan a ser faena de los tribunales del Norte. Nunca se llama al pueblo expoliado, ni siquiera para el reconocimiento de su asesinada cultura. Aquella empresa sí constituyó una gran piedra para forjar el súmmum de la más grande de todas las civilizaciones. A la antiquísima herencia de las concepciones salvajes se unieron todas las características posteriormente desarrolladas para el robo. Se robó todo lo que se pudo. Y aún se sigue robando. Es como haber accedido a la catarsis que nos deparaban los dioses. Hacer empresas como quien hace imperios, pueblos, naciones, países, comunidades privilegiadas por el más fuerte e individuos dispuestos a los más bajos procedimientos, porque la vida no es más que el dinero que lleves en el bolsillo. No importa cómo lo consigas, lo importante es tenerlo, pues para ello se ha levantado el máximo nivel del Sistema. No de otra forma puede explicarse que sólo un 20% de la actual población mundial disfrute de aquella palabra que se asemeja a las aves por el cielo, la libertad, la libertad de robar y exterminar, sea como sea, a ese 80% de seres humanos que viven apenas sin enterarse de que todavía están por dar su grito de nacimiento.
La libertad juega con cualquier sentimiento para su plenitud virtual. Una verdadera carnicería de personas entretenidas. Es la libertad de que el que tenga poder puede servirse de todos los demás. Son los conquistadores de la modernidad. Y sus conquistados, en su inmensa mayoría, se van apagando en una ancianidad prematura que nunca les permitió disfrutar el “divino tesoro” de la juventud al que cantó Darío. Arrastran un gran peso: son los grandes sostenedores de la escurridiza igualdad que nunca los alcanzará.
Empezamos a demostrarnos a nosotros mismos que todos caemos un poco en el falso vuelo de las aves. Los poderosos nos han inoculado el veneno: que los que pensamos diferente y queremos vivir de otra manera lo seamos con total tranquilidad: no podemos unirnos. Nos lo impide nuestra sagrada individualidad. Digamos que ellos, más que nosotros, están muy interesados en que seamos personas de bien y que adoremos la utopía del futuro, porque el presente está demasiado nublado y siempre puede tener una trampa de decepción.
Decidimos ser implacables en nuestros grupos de buena conciencia. Rechazamos a Maquiavelo y a su retorcido Príncipe, ya que en realidad nuestra libertad es para oprimirnos el corazón como malditos perdedores de una concepción de la igualdad que nació y se desarrolló para encerrarnos en las cárceles de la ilusión, allí donde de forma salvaje la manada de fieras ejerce todos sus instintos.
Y todavía los poderosos nos tienen otra oferta: que juguemos con las conquistas sociales. Toda la retahíla de Declaraciones sobre la Convivencia. Así, los famosos Derechos Humanos, ellos los manejan a su antojo; los artículos de nuestra ardorosa Constitución, son la clave para tenernos dominados; los distintos Códigos llamados a protegernos, mentira, nosotros vamos a la cárcel por robarnos un pan, ellos no las llegan a conocer ni por aplastar a un pueblo; el sucio trabajo parlamentario, a pesar de los altos sueldos de los Diputados que siempre están riñendo, una burla, se eligen ellos, porque el abstencionismo o las divisiones de la izquierda en las contiendas electorales se los facilita, y si no, ellos mismos harían las trampas necesarias, aunque siempre dejen que los acompañen algunos honrados, saben que unos pocos no podrán medirse con sus mayorías, y además de que siempre los instrumentos de la corrupción, del chantaje o de la tortura estarán listos para el que se pase mucho de la raya; los respetados Partidos Políticos tradicionales que intentan representarnos, el mayor cinismo, existen por el dinero que tienen sus miembros más prominentes y esperan las elecciones para mostrarse en campañas publicitarias que les produce un buen gusto con la imagen. Es increíble el gran montaje que nos ha hecho asumir nuestro derecho a la paz.
Si predicamos mucho nuestras ideas, ellos dicen que estamos adoctrinando y eso es negativo hasta para nosotros mismos. Hemos creído en los pensamientos que más nos perjudican. Nos dicen incluso que cualquier lucha por la identidad de un pueblo es un empobrecimiento cultural que sólo nos llevará al terrorismo y el miedo se apodera de los más legítimos sentimientos que nos unen. Y volvemos a pelearnos. Casi siempre somos nosotros mismos los que impedimos acuerdos importantes. A la sombra de todas las desesperaciones del camino hemos creado un perfecto lenguaje de supervivencia mundial muy conveniente para los poderosos.
¿Por qué funciona todo esto? Es de una simpleza extraordinaria: somos las piezas más laboriosas del engranaje del Sistema Capitalista, el mejor sistema de toda la Historia que consiguió, con un descaro sorprendente, la desintegración de la libertad y de la igualdad en un pequeñísimo trozo de tierra soberano: nuestras posibilidades individuales en la selva del deseo. Siempre que apostemos por ellas estamos engrasando la estructura de opresión para nosotros y para toda la Humanidad.
No es fortuito que un buen amigo me dijera que yo estaba tan preocupado por el mundo que no alcanzaba a entender dónde estaba viviendo. Es cierto. Vengo de Cuba, un lugar donde interesaba mucho que la libertad se desenvolviera hacia la realización creadora de las personas en igualdad de oportunidades. El país entero se llenó de instituciones culturales y educativas para que el estudio y la creación artística y literaria fueran uno de los más apreciados bienes. Y por ahí empezaría el largo camino de humanización. ¿Qué nos ha pasado?
Los valores de Cuba y de ese Socialismo del siglo XXI que convulsiona a Latinoamérica no caben en los Bancos del Capital. Por esos valores que aún no pueden controlarle a Cuba, le mantienen un bloqueo y un sinfín de otras agresiones, porque, según ellos, padece de inmovilismo, ¿es que acaso los otros países se mueven mucho para que todos sus ciudadanos tengan los mismos derechos? No, ellos saben que no, pero sólo reconocen los derechos de aquellos que entienden correctamente lo que reflejan las Constituciones, porque sólo ese grupo es el que a la larga puede cumplir estrictamente con los valores que los Bancos quieren recibir puntualmente. Entonces Cuba y Venezuela cambiaron sus Constituciones. ¿Qué no se podría hacer desde aquí, donde hay tanto poder junto a tanta vergüenza acumulada?
7- LA PERVERSIÓN DEMOCRÁTICA
¿Sería válida alguna argumentación sobre la democracia? Remontarme a la Atenas del siglo V a.d.e., en los orígenes del término que 2 mil años más tarde Abraham Lincoln definió como “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” sería enunciar ya un nacimiento mentiroso. Seguir apuntando definiciones, frases y otras ideas de las más diversas épocas, regiones y personalidades, recordando que en la ciudad del Mar Egeo sólo el 10% de la población disfrutaba de los privilegios “democráticos” y que Lincoln fue asesinado antes de practicar su discurso, sería una petulancia más en el seguimiento del conocimiento impotente. Más bien inservible, dirían los señores del Club de Bilderberg recientemente reunidos en Barcelona: Los pueblos no están aptos para tener las llaves del Poder.
Así prima por aquí el más absoluto derecho individual que, se supone, no aceptaría jamás una definición de la persona humana. Cada cual es como es y nadie está legitimado para emitir juicios o para incitar prácticas de cómo debe ser ningún otro. Pero, ¿el individualismo, o la individualidad, para no ser grosero, ya no es una definición de la persona que, de acuerdo a la posición que ocupe en la sociedad, puede emitir juicios bien cerrados sobre los demás y obligarles a prácticas aún más cerradas?
Aquí sí existen algunos que, con el mayor poder del planeta, llevan adelante una definición, y que va más allá de la persona, pues define cómo deben ser los países: democracias representativas, ¿de quién? Por supuesto, de quien las impone; y mientras, los pueblos son las almas muertas de Gogol que las elige. Habría que recobrar el derecho a la grosería, porque los juicios y las prácticas que manifiesta esta denominación podrían muy bien considerarse los más execrables del mundo: sencillamente, aparentando la defensa de la personalidad, encierra a la persona en una soledad individualista que la devuelve al animal supuestamente superado. Le imponen la magnificencia del timón individual, el eco más ingenuo del aviso al disfrute de la felicidad que publicita el mercado, aunque jamás se acceda a la realización personal. Pero el voto democrático está asegurado.
¿Por qué se mantiene la formula de “una persona, un voto” que define una de las conquistas sociales? ¿Realmente se mantiene para que los pueblos sean los dueños de sí mismos? Por más que se intente pasar como el valor esencial del derecho y la responsabilidad del individuo, se nota que algo falla. ¿No será acaso precisamente ese falso valor individual poderoso superpuesto al valor colectivo? Finalizadas las elecciones, la persona desaparece y apenas hay formas de que acceda a aquel a quien entregó su voto. Podría ser un buen instrumento para el individuo si éste no estuviera condenado a recorrer todas las etapas diabólicas del Sistema individualmente.
Para contrarrestar a los que no acepten el viaje promulgado están funcionando a la perfección los Derechos Humanos. Se lanzan miles de campañas sobre la situación de éstos en Cuba y en el resto de los países luchadores. Lo que no esgrimen en los países que ya acusan bastante cansancio con sus estadios “avanzados” lo levantan contra los que hablan de un Socialismo del siglo XXI. Sólo hay una oferta: “o eres lo que te decimos o seguiremos haciendo cualquier cosa para que no consigas transformarnos a nosotros”. La más clara demagogia del engendro de la democracia: un juicio y la obligación de una receta a punta de pistola. Igual a como se impuso la evangelización que ya sabemos su historia entre la cruz y la espada: exterminación de los pueblos originarios y saqueo de sus riquezas. Ahora se plantea lo mismo con los pueblos que trabajan en sus transformaciones. Si en el fantástico Primer Mundo se incumplen reiteradamente los Derechos Humanos, que se han “votado” pacíficamente en todas las lides electorales, ¿cómo se dignan a exigirles a otros el más estricto cumplimiento? ¿Qué sentido han tenido para los pueblos esos Derechos y ese voto universal que, como migajas del Poder, han venido a representar casi siempre la defensa de una individualidad que legitima los intereses de los poderosos? ¿O es que la responsabilidad individual aún no ha tomado conciencia de sus deberes con la colectividad? Está tan sola…
Buena cuenta de un estudio comparativo ha hecho el francés Salim Lamrani, haciendo notar que a Europa ni siquiera le importa el Informe de una de sus entidades más aclamadas, Amnistía Internacional, que hace constar las constantes violaciones de los Derechos Humanos en Francia, Alemania, España, Reino Unido, Chequia y prácticamente en todos los demás países de la Unión. Violaciones muchísimas más graves que las que esta misma organización reconoce en Cuba, Venezuela o Bolivia. Pero la jugada de los poderosos sólo piensa en términos dominadores.
El mensaje es universal: Comprando tierras “desérticas” a unos pobres palestinos que se fueron “muy contentos” se levantó el Estado más democrático del Cercano Oriente: Israel. Mediante la relación empresarial sacralizan un término que, sin pizca de miramientos jurídicos, filosóficos o religiosos, puede extenderse a cualquier hostilidad.
La democracia igual sirve para fundar países que para controlarlos o deshacerlos. La variabilidad de su ejecución sólo depende de los espurios intereses del Poder. Es de sobra conocida la desintegración efectuada en los Balcanes. Había que romper Yugoslavia, pero cuidadito con el derecho a la autodeterminación de los pueblos de España. Cualquier movimiento ha de responder a las estrategias del gran capital. Así sucedió con el reciente golpe de estado en Honduras por el acercamiento de este país al ALBA, esa alternativa promocionada por Venezuela en contra del explotador ALCA norteamericano. No hay día en que los grandes medios no destaquen algo para subvertir el orden en los países del ALBA. ¿Alba? Están locos los que quieren despertar de la lotería democrática.
El sábado 17 de julio de 2010 se pasó por la televisión española un reportaje sobre la formación del nuevo ejército somalí en Uganda. Después de que el país africano pasara casi 20 años en guerra sin que aquello le importara a nadie, la cosa cambiaba, pues habían surgido unos “energúmenos piratas” que secuestraban a grandes navíos que pescaban en sus costas. ¿Quiénes les proporcionaban las armas a estos hombres desnutridos que eran reclutados mientras buscaban un trabajo en la turbulenta Mogadiscio? Tampoco importó, pero sí se hizo necesario estabilizar el Estado en ruinas de Somalia para que su pescado pudiera volver tranquilamente a las mesas de Occidente. Y estabilidad quiere decir democracia, que en ese atribulado país sólo quiere decir pescado seguro para el Norte.
El asco democrático es avasallador. Es una denuncia perenne entre los valientes luchadores del mismísimo Primer Mundo. Veamos cómo está montada esta sociedad y veremos que lo está para su extinción. Pero si la desmontamos aprendamos el término fundamental: grupo, colectivo, acuerdo. Partiendo de esa prioridad natural cada individuo participa de la solución a los conflictos en tanto es grupo. Es como la “sal de la vida”. Y es el verdadero Poder. De ahí que el grupo, analizando una voluntad colectiva, ha de sostener un poder donde se refleje cada individuo. Este reflejo engloba la toma de unas decisiones para la existencia de miembros iguales. Es la única manera para que los individuos puedan ser enteramente libres y en estas condiciones puedan convivir armónicamente en una comunidad. Es tan simple como las luces de un semáforo: ¿democracia? No lo sé. Quizás lleguemos y aceptemos el término, o pondremos otro. Lo importante es que valga para todos la imperiosa necesidad de esta búsqueda. Hasta ahora hemos vivido una perversión democrática: la inoperancia del colectivo donde se esfuma el propio individuo.
8- A LA IZQUIERDA DE LA IMAGINACIÓN
A propósito de la realidad de este país, me dijo mi bondadoso amigo Joan: “Falta pensar. Vés a Barcelona, qualsevol dia, no cal que et gastis ni un cèntim. Mira el personal que passa pels carrers i places, de la manera que va, com es comporta…, quina pena! No hi ha dialèctica perquè ens han fet creure que ens ho regalen tot fet. No cal pensar perquè altres pensen per nosaltres. El dia que una majoria pensi, canviarem el sistema.” Le respondo que si bien es cierto lo que dice, también lo es que nosotros, los que pretendemos luchar contra eso, nunca logramos ponernos de acuerdo en nuestros pensamientos, por lo que nuestro comportamiento es semejante al de aquellos que no piensan. Si queremos que ellos cambien, primero debemos cambiar nosotros.
Después del desplome de la hoz y el martillo del KOMINTERN, los grandes Movimientos Comunistas y Socialistas de Francia, Italia, España y de toda Europa se han dividido a una velocidad de vértigo, y las sucesivas multiplicaciones ideológicas se han disparado con más fuerza que la luz. La atomización de la izquierda es aplastante, y su “claridad” no lo es menos: impacta como “las terribles pruebas que Dios envía” con que Juan de Yepes nombró también su Noche Oscura.
Sobre la izquierda primer mundista, véase como se vea, pesa el turbio fardo de la posición a que arribó con la instauración triunfal del Capitalismo. Le sobrevuelan todas las sangres tercer mundistas que posibilitaron su privilegiado bienestar material, y con éste, una apertura del pensamiento un tanto separado del compromiso con un sindicalismo igualmente por encima de la clase obrera como tal. Alcanzaron otra condición social. No podía ser de otra forma. Todos arribaron a una situación que, ajena a los sucesos de los países expoliados, los impregnó de una concepción de la vida y de los sistemas sociales, económicos, políticos y culturales donde, en gran medida, el pensamiento de derecha y el de izquierda podían convivir perfectamente sin ninguna ruptura social. La consiguiente constitución del “Estado del Bienestar” llegó para engañarlos a todos con el botín de los pueblos descompuestos. La concepción política bañó todos los sedimentos ideológicos de Europa. No se trata de un pecado, pero sí de algo a tener en cuenta para que sus ciudadanos enriquezcan sus saberes con la experiencia de los despojados.
A medida que la actual crisis sistémica del capitalismo se agiganta en sus más descollantes territorios, la izquierda europea y todos los ciudadanos primer mundistas vislumbran, por primera vez de manera torturante, la magnitud de la desesperación en el resto de los trabajadores del mundo. ¿Se trata de la misma clase obrera? Entre allá y aquí habrá que buscar la identidad bastante destrozada por los procesos de la civilización.
Así, la militancia social más radical, llámese Izquierda Anticapitalista, En Lluita, o cualquiera de las denominaciones que conocemos por aquí, habrá de centrarse en la ciudadanía común mucho más que en sus aguerridos lemas o en sus cerrados proyectos e identidades. Todos los proyectos y todas las identidades caben. Sencillamente porque ya nada puede detener la necesaria confluencia de todas las militancias sociales. Lo único que no cabe es la exclusión de ninguna.
Nos hemos ido expulsando casi todos, poco a poco, y después del primer encontronazo volvimos a otro y a otro y a otro más. ¿Estamos adelantando la lucha o sólo pretendemos que cada cual se sienta complacido con la falsa libertad del compromiso individual? ¿Eso nos es suficiente? Esa es la coherencia que nos aísla. La nueva izquierda, llámese como se llame y aunque acuse la máxima rabia contra el capitalismo, no obtendrá el rédito electoral que busca. Sólo conseguirá una mayor alienación, justamente lo que tanto desea la derecha. Así la gente común se enterará, de una vez y para siempre, que nosotros, los revolucionarios, sólo servimos para recrear infinitamente nuestras derrotas.
La verdadera claridad está en la calle que todos compartimos. Si con Chomsky no llevamos “una piedra, porque el sistema traerá un tanque”, y volvemos a las elecciones que detestamos, pero que son las que “conquistamos” y a las que hemos querido someternos, habrá que repensar si por estar cansados de “votar por éste porque el otro es peor” será mejor no votar por ninguno y hacerlo por los nuestros que todavía no se han asentados en el murmullo de la gente. Mientras no nos hagamos presentes en ese sonido, seguiremos volando entre las flores muertas de la más absurda individualidad.
El eminente pedagogo brasileño Paulo Freire decía: “No es posible a nadie ir más allá de sí mismo y de la situación en que está a no ser asumiéndose como tal. Nadie está fuera de la estructura del poder. Hay que desocultar las verdades. Hay que rehusar a la desesperación, pero hay que hacer posible lo imposible. Hay que mapear ideológicamente nuestro entorno para saber qué se puede hacer sin perder los sueños. La pelea fundamental no es con el diferente, sino con el antagónico. Sólo hay influencia cuando el influenciado tiene en sí la posibilidad de ser influenciado y cuando éste recrea al que lo influenció. Se puede estar en la estructura del poder y no ser captado por él”. Paulo sabía que sólo en la participación extensa, arriesgada y decidida podría hacer algo, porque fuera sólo se está simplemente fuera. Y si no participamos de una táctica responsable, por mucho que deseemos instalarnos en la aurora, siempre tendremos que saludar al crepúsculo.
¿Cómo es posible que viviendo el momento más difícil de la derecha seamos tan débiles? La izquierda se multiplica o se suicida. Le es imposible repetir las palabras del cineasta Woody Allen: “Si veo que alguna de mis películas tiene éxito de público salgo corriendo para ver qué hice mal”. Podremos revisarnos constantemente, pero en política los programas de la izquierda, aunque no se correspondan con la malsana publicidad del mundo perfecto de Orwell para atraer a “Grandes Hermanos”, tienen que tener un aliento multitudinario. Ahí volvemos a repetir las palabras de la derecha: “Eso es populismo y no democracia”. Y nos negamos el viaje, como en tiempos de Platón, para quien la democracia era “el gobierno de la multitud” descabellada. Ya sabemos de las truculencias del término, pero con él está jugando la derecha y nos sigue ganando la partida. La pirámide del sistema capitalista sólo podremos echarla abajo con nosotros dentro. Desde fuera se pierde la visión de las fisuras y hasta podemos volver a caducas elucubraciones que más tarde o más temprano volverán a dispersarnos. No somos el caballo de los reinos griegos unidos, pero hay que vivir en Troya, saber quiénes son Aquiles y Menelao y conocer a la perfección el territorio del anciano Príamo. Todo suele ser lo mismo y cambiarse de mil maneras.
Gandhi, por quien sentimos una gran devoción, dada su hermosura de la no violencia, y aún cuando rechazamos “llevar la piedra”, no es el hombre de nuestra época. Mandela tampoco, aunque su espíritu contenga la suprema belleza del perdón. Y el Ché Guevara, el ya santo de La Higuera, aunque lo sigamos llevando en nuestros actos, sólo es un compañero más, igual que Gandhi y Mandela. El día que aceptemos ser uno más en la militancia social del grupo, ese día, en un magistral momento del conocimiento y del pensamiento globalizado, dejaremos de estar en las danzas invisibles del ego que los pueblos rechazan tanto. Aunque sólo signifique, en un principio, situarnos a la izquierda de la imaginación.
9- LAS REVOLUCIONES FRATERNALES
Casualmente acabo de recibir un texto que dice lo siguiente: “La mayoría de las noticias que el mundo recibe provienen de la minoría de la humanidad. Un monólogo del Norte. Las demás regiones reciben poca o ninguna atención, salvo en caso de guerras o catástrofes cuando allí se originan o cuando, como en Cuba, se trata de destruir un intento de liberación. Con frecuencia los periodistas, que trasmiten lo que ocurre, no hablan la lengua del lugar ni tienen la menor idea de la historia ni de la cultura local. 2 de cada 3 seres humanos viven en el llamado Tercer Mundo, pero 2 de cada 3 corresponsales de las agencias noticiosas más importantes del mundo hacen su trabajo en Europa y los Estados Unidos. Lo que actúa con más fuerza sobre el corazón y la conciencia de la humanidad entera se trasmite desde el Norte.” Y finalizaba el texto parodiando a Winston Churchill: “Nunca tantos han sido tan manipulados por tan pocos.”
El gigantesco monólogo del Norte ha creado su Poder, su Progreso, su Bienestar, su Antropofagia, su Esperanza de Vida, sus Adelantos Científico-Técnicos, sus Principios Éticos, sus Aspiraciones a la Libertad, la Igualdad, la Democracia, la Armonía Universal y a un nítido Pensamiento de Izquierda sin contar con la mayoría de la humanidad. Lo más curioso de todo esto es que se trata de una imposición de los más poderosos a sus propios pueblos, aunque los poderosos no tengan pueblo, pero se han adueñado de ellos a partir del dominio que, como chantaje económico, ejercen sobre las necesidades que les han creado a partir del aumento de las suyas. Así los habitantes del Peñón de Gibraltar desean seguir perteneciendo a la corona británica o los de las Islas Canarias no quieren pensar que están en África. Se trata de un doble rasero que implementa el mensaje que conviene a los poderosos para emitir desde el Norte. Una buena parte de estos pueblos, de cierta forma, acepta la diferencia con los países del Sur y quedan al margen.
Lo que no explican los poderosos es que los pueblos siempre han estado al Sur, de las pirámides, del Partenón, de los palacios, de los castillos, de las mansiones y de los centros de poder, aún estando en el Norte y a pesar de haber sufrido todas las calamidades, físicas y mentales, que cualquier mortal nacido y desarrollado en el eterno vulgo de la Historia. Y ahí llegamos a un aspecto fundamental que deben tener en cuenta los que luchan por el Socialismo del siglo XXI: hermanar a todos los pueblos. Nunca, ni en los tiempos de Oliver Twist, el genial Dickens pudo imaginar a Los Olvidados de Buñuel. ¿Cómo, se hubiera preguntado el escritor inglés, la humanidad toleraría un mayor calvario disfrazado de civilización para su humilde peripecia? Si los recursos que hoy se poseen, los que podrían evitar el incremento del horror, sólo se destinan a la fatua vanidad del consumismo y del derroche en el Norte, en vez de en un mejoramiento de la vida para todo el planeta, lo que la modernidad ha conseguido es el mayor despliegue de recursos para la instalación del principio del fin.
¿Querría este Norte encerrarse en la tinaja de Diógenes de Sínope? Algo escogerán los poderosos. Como hacen con todo, manipulan al hombre y toman lo que les dé mayores beneficios a su separación civilizada. Dictar normas para todos los demás, desde la palangana de sus casas, les garantiza no ser molestados por ningún impertinente con ansias de descubrir el objetivo final de las riquezas aportadas por los seres humanos. Pero el culto a la naturaleza y a la austeridad que preconizaba Diógenes lo desechan, no les reporta ganancias, y mucho menos aceptarían quitarse el vaso de beber agua que el filósofo sí supo ofrecérselo al más necesitado mientras caminaba por las calles de Atenas buscando hombres honestos.
Como la honestidad ya pasó a ser una más de las banalidades de la sociedad erigida en pautas de consumo, muchos en el Norte piensan que, más allá de las revoluciones, que crean en su infinita violencia un paso incontrolable que puede constituirse en un retroceso, debemos priorizar un avance inteligente, paso a paso, sin prisas, sin saltarse las etapas necesarias, aunque sean monstruosos determinados sucesos de la realidad y la brecha entre los poderosos y los desposeídos sea aún tan espectacular. ¿Qué pretende este Norte, que el Sur Latinoamericano no participe en la concepción de la vida? Desde el Popol Vuh hasta Eduardo Galeano, pasando por José Martí, Heitor Villa-Lobos, Gabriela Mistral, Miguel Ángel Asturias, Frida Khalo, Pablo Neruda, José María Arguedas, Juan Rulfo, Fernando Solanas, Fidel Castro y tantos otros, este Sur visita hondamente la esencia del Ser Humano. Que ahora proponga un Nuevo Socialismo para el siglo XXI es parte de sus preocupaciones históricas. No obstante, el Sur recoge la lección enviada y plantea otra concepción de las revoluciones.
El gobierno venezolano ha adquirido, bajo las leyes del mercado capitalista, una cantidad de acciones en la cadena de televisión local Globovisión. Enseguida los medios europeos han reaccionado en su contra, aduciendo que así el presidente Hugo Chávez, “el gran desestabilizador de América Latina, después de Cuba”, incrementa su influencia con la posesión de los medios venezolanos. ¿Qué quieren, que sigamos mirándonos a través de los ojos que desprecian nuestras luchas? ¿Qué pretenden, que sigamos conteniéndonos en nuestros procesos liberadores aceptando solamente el paso que ellos nos señalan? ¿Es que no se ha percatado este Norte que este Sur ya no aceptará más ser su cola de lástima? Venezuela, y el Mundo Pobre en general, a pesar de la mala imagen que tienen, sí han captado el mensaje del “poco a poco inteligente”, sólo que esta vez están queriendo que la inteligencia venga de ellos.
Igual pasa con Cuba, después de la liberación de los llamados “presos políticos del castrismo”. La reacción de los medios ha sido inmediata: “En Cuba no ha cambiado nada. La Posición Común Europea contra la isla, junto al bloqueo norteamericano, no debe cesar.” El señor Aznar, a quien han ido a ver los recién liberados al llegar a España, ya nos da por liquidados. ¿Qué quieren, que arrojemos por la borda toda la defensa del país? ¿Qué pretenden, que también nosotros aceptemos los dólares destinados al derrumbe de la Revolución junto a nuestra actual “disidencia” que no tiene reparos en reconocer que los recibe? Cuba, después de su auténtica revolución armada, captó el mensaje de actuar “sin prisas” y lo está ejecutando por ella misma. Pero que los dominados hablen y actúen por sí mismos es un derecho que los dominadores no han reconocido jamás, ni siquiera en su propia casa del Norte, ¿cómo podrían soportarlo con los “tarados” del Sur?
A los poderosos del Norte no les interesa que el Sur aprenda ninguna lección. Buscan revoluciones como los ríos arrasadores, para devastarlas de un plumazo, y cuando no las hay, las barbarizan. Su mensaje es claro: ¡La única revolución es la del Mercado, un problema de negocios y no de escuela! El gran capital no cree en la paz de las palabras. Su brutalidad ha superado siempre cualquier interrelación.
Como Cuba y Venezuela no tienen que recurrir a ningún otro tribunal que no sea el de sus pueblos, el capital tiene que buscar alguna solución que los ate a sus sentencias. Ni uno ni otro país tienen alguna atadura que pueda imponerles que son “una nacionalidad integrada en la indisoluble unidad de la nación española”, como está sucediendo en Catalunya. A ellos no les pueden decir que sus naciones no tienen “alcance jurídico hasta tanto no se realice una oportuna e inexcusable reforma de la Constitución”. Cuba y Venezuela ya lo hicieron desde la soberanía alcanzada, cuando elaboraron sus propias constituciones para liberarse del gran capital, que es la única forma de independencia verdadera. En alguna medida los pueblos del Norte están viendo que sus otrora benefactores pueden llevarlos al Sur. Y aquí se daría una nueva lección de historia. ¿Con quiénes se identificarán los pueblos del Norte? Hagan lo que hagan, también serán responsables de esas decisiones los pueblos del Sur. Ya está más que demostrado que solos no llegaremos a nada.
En el basurero La Chureca, de Managua, Nicaragua, que “no es un hospital, aunque hayan muchas enfermedades, ni un parque, aunque hayan muchos niños, ni un zoológico, aunque hayan muchos buitres y otros animales”, no está la vida de los pueblos del Sur. Allí están esos “monstruosos sucesos de la realidad”. Allí no tiene pensado ir el Norte, como harían todas las familias humanas, para compartir su pan con los que lo buscan entre los gases de los alimentos descompuestos. Allí está el Sur solamente, donde, en contraste con los grandes niveles de consumo y los altos negocios especulativos del Norte, puede palparse la asquerosidad de “la brecha entre los poderosos y los desposeídos”: la peor de todas las guerras y donde la trinchera enmudece con la más repugnante mirada.
En 1933 Karl Kraus, presintiendo el infierno que se acercaba a Alemania, escribió “La tercera noche de Walpurgis”. Ahí “acusa a todos aquellos que, mediante el uso perverso de la palabra, -por el servilismo de los periodistas-, sacrificaron su intelecto para ponerlo al servicio de Hitler, favoreciendo con ello la implacable instalación del nazismo en los espíritus y alentando y legitimando los horrores del Tercer Reich.” Había mucho silencio por entonces y la responsabilidad no cotizaba en el mercado. Igual puede pasarnos ahora, en pleno culto a la civilización del absurdo.
Mientras Cuba, o Venezuela, o cualquier otro país del Tercer Mundo que esté buscando ayuda para sus luchas necesarias, no reciba la comprensión de la minoritaria parte de la humanidad que gobierna el planeta, y solamente encuentre agresiones, mentiras o noticias distorsionadas, oportunistas y malintencionadas, seguramente nunca se dará el mensaje dialogante ni la sabiduría que debe compartirse entre el Norte y el Sur. El Nuevo Socialismo del siglo XXI tiene que avivar esa interrelación. Entonces urge establecer las vías de cooperación entre los pueblos de uno y otro lado, ya que los dos lados son igualmente pueblos lanzados a la rapiña entre ellos por los intereses del Capital. Sólo juntos se contemplará la mejor alborada.
Por mucho que se repita que la Humanidad será siempre un combate, éste no tiene por qué ser eternamente por los senderos del odio, la exclusión y la indiferencia de cuerpo contra cuerpo, entre piedras y tanques, todos debajo de los hongos nucleares. Al infinito nos empuja la vida, aunque no sea mío, ni tuyo, ni de ningún otro. Todos moriremos un día, desde luego, pero no como se está ejecutando ahora, sino en la bellísima traslación de la finitud donde puede vibrar la eternidad de la especie que somos. Y es así porque todos seremos amados por muchos a través de ese cuerpo tan bondadoso que constituye la limitación humana. Como una solidaridad absoluta. Ahí estamos sin el egoísmo de que toda la hermosura es nuestra ni de que somos exclusivos en gozarnos. Cuando esto se comprenda el mundo empezará a cambiar.
En esta hora brutal, antes que todos volemos por los aires como minúsculas partículas de basura cósmica, casi igual a lo que sucede en los millones de basureros atrincherados en el Sur, las revoluciones fraternales pueden ser el cauce definitivo de los pueblos y el principio del hallazgo de la condición humana. Ya sabemos que mantener la trinchera del Sur es indispensable, pero hay que abrirla al Norte, porque quedarse solo en esa trinchera sería terrible. Si estamos suficientemente acompañados podremos reescribirlo todo.
Calella, Catalunya, 19 de enero de 2011
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