No siempre nos encontramos con películas que, en la caracterización y el proceso vital del personaje individual protagónico junto al entorno, compuesto de diversos personajes que conforman el antagonista colectivo, produzcan un cambio radical en el punto de vista del espectador como en esta magnífica obra fílmica que, más allá de sus méritos artísticos, nos invita a la reflexión, al debate y al dificilísimo trámite del diálogo para el cual, si predomina la sombra, la ingenuidad y las miserias humanas que pueden perseguirnos, los intervinientes no pueden efectuarlo.
viernes, 10 de febrero de 2017
Jugando a ser inocentes (Notas a la película argentina `El ciudadano ilustre')
sábado, 15 de octubre de 2016
¿Quién le teme a las cenizas y diamantes de Dario Fo?
Han muerto tres grandes del diálogo contemporáneo: Edward Albee, Andrzej Wajda y Dario Fo. Los tres bucearon en la arriesgada idea de descifrar con situaciones y personajes la vida de todos. Albee buscando “quién le tiene miedo a Virginia Woolf”, vio la frágil interrelación humana que nos desmonta, mediante la locura de la supervivencia, tres elecciones para vivir: una dicha tonta y mentirosa, el ser un asesino, o el suicidio. Él las vio en su gran nación y preguntó si el mundo era así.
miércoles, 25 de mayo de 2016
Gritos y susurros con Bergman
Defender al amor como goce y piedad de la existencia humana puede ser el aviso del cineasta sueco con su película. En ella se ilumina el entendimiento para que la muerte pueda rebelarse a su inercia: solo amando pueden multiplicarse los panes, cruzarse los mares y llenarse el aliento de admiración. La vida entera es una desnuda lucha de clases y quien la menosprecie se abstendrá de amar. Amar es la osadía donde hierve la mayor plenitud que puede dominar una persona. Cuando se ama puede derrotarse cualquier incapacidad. Resulta la mejor lección para evitar masacres de esperanza.
lunes, 24 de febrero de 2014
Conducta: el contrapunto entre la historia y el tiempo (Crítica cinematográfica)
Cuando sucede un acontecimiento deslumbrante en la rutina cotidiana de los cubanos, sea el doloroso rescate del niño Elian para devolverlo al seno paterno, la terrible muerte de numerosos enfermos mentales en un hospital o, con la misma fuerza, las multitudinarias celebraciones de una Feria del libro, los Festivales de Ballet, Cine, Teatro, Música, Artes Plásticas y otros múltiples eventos artísticos, nos exaltamos y pasa como ahora, con la exhibición de la película Conducta, ya calificada como “dura, polémica, necesaria”. Con todo ésto se revela el portentoso espíritu analítico y apasionado que tenemos para participar de los hechos. Todos ejercemos ese derecho inalienable que conquistamos hace ya muchos años para nuestra historia y que el tiempo, con toda su carga positiva o negativa, muchas veces nos ha cuestionado. Es el derecho bien ganado a existir como comunidad. Por ello, a pesar de las complejas circunstancias en que vivimos, entre nosotros puede realizarse exitosamente esta película de completa producción local –ni un céntimo de ninguna productora o institución extranjera-, y esto aunque no se constituya en señal determinante, sí puntúa en el orgullo nacional de una forma muy destacada: todo lo que hagamos por nosotros mismos es lo más nuestro en forma y contenido que podremos visualizar, solucionar, desarrollar, embellecer y disfrutar con amor, conocimiento, comprensión, contención y el rigor necesario ante lo que cada cual debe hacer sorteando limitaciones, normas de convivencia, contradicciones e indiferencias vitales.
lunes, 26 de octubre de 2009
LA CLASE, UN TÍTULO PARA LA REALIDAD
Inicialmente el guión de la película surgió de una novela-testimonio de François Bégaudeau, donde el autor recogió sus experiencias personales en un instituto de las afueras de París. El propio escritor participó de la escritura del guión, junto al director del film, Laurent Cantet y el guionista Robin Campillo. Con la selección de los jóvenes intérpretes, todos estudiantes aficionados, y del propio Bégaudeau como el profesor, la realización cinematográfica perfiló aún más los “muros” que todos querían tratar.
LA CLASE que tenemos ante nosotros, casi a manera de un documental, recoge las peripecias de un profesor de lengua francesa con un estudiantado de múltiples nacionalidades, desde Mali hasta la China. Nadie parece quedarse fuera. Un profesor que intenta llegar a sus alumnos y unos alumnos que en su mayoría no están convencidos del todo de por qué están allí o que imaginan que todo debía adaptarse a una mejor forma de pasar la adolescencia y que ésta tuviera un mejor lugar para verter sus poderosas energías. Los conflictos son diarios y el curso escolar es largo. Algunos profesores no resisten, pero el nuestro, el protagonista de la película, está dispuesto hasta a equivocarse por conseguir sus propósitos y llegar hasta el último día de clases en que, contradictoriamente, después de haberlo logrado se entera de que para alguien todo ha sido un fracaso. Pero el film no quiere terminar ahí, dejándonos a nosotros, los espectadores, el criterio final, porque aunque se hable de una clase también se quiere hablar de toda la sociedad.
El mismo director del film, en una entrevista durante el estreno de la cinta en Argentina, nos lo dice: “El microcosmos de una clase suele ser reflejo de la propia sociedad y me permite abordar temas que me interesan especialmente: la integración de los inmigrantes o los efectos de la invisibilidad de las minorías. Todo pasa por la escuela y empieza en ella.” Así seleccionó a los actores, jóvenes estudiantes de instituto que pertenecían a distintas nacionalidades, y con ellos, al margen de la novela, se puso a improvisar, porque: “Quiero que cada una de las personas que participa en mis películas nos permita participar de su propia experiencia y nos ayude a entender mejor el mundo en que vivimos.” Entonces, al parecer, estamos, no ante una adaptación de una novela al cine, sino ante una obra que refleja las intenciones de sus máximos realizadores, escritor, director y guionista junto a la aportación vital de cada uno de los intérpretes. Y esto, claro está, nos lleva a todos, hasta a los espectadores, a ofrecer nuestro punto de vista, la última de las aportaciones: “Algunos me dicen que la escuela está para aprender reglas gramaticales y no para discutir sobre la vida. Pero para mí la escuela debe ser un lugar de debate, un sitio donde pensar y ponerse en duda a uno mismo.” Cada uno de nosotros hará su correspondiente lectura y su película.
Estamos ante una adaptación literaria, pues después de las improvisaciones se filmaron las escenas y diálogos como estaban previstos anteriormente en el guión cinematográfico. Sólo habría que apuntar que tal guión ya había surgido, a partir de la novela, de experiencias reales. Ahora sólo se trataba de comprobar de que aquellas no eran exclusivas, sino que abarcaban un amplio radio de la sociedad. De ahí que, después de ver la película terminada, los jóvenes protagonistas exclamaran: “¡Guau, es una película de verdad” Se había recogido toda la energía que estos chicos tienen, en alguna medida, vetada, y estábamos en presencia de una dura experiencia sobre la enseñanza.
ENTRE LOS MUROS DE LA SOCIEDAD EUROPEA ACTUAL sería el título idóneo para este film que no por ser francés se dirige solamente a esa región europea. Estas paredes, estas aulas, estos profesores, estos alumnos, estos entornos y estas problemáticas pueden verse en muchos sitios de la geografía continental y aún mucho más allá. Entonces todavía no hemos encontrado el título real para esta película. En una visión metafórica e hiperbolizada muchos de los momentos más llamativos del film se colocan entre los muros de la civilización actual, con toda la carga que está presentando a partir de la inmigración, la globalización y los nuevos cánones, valores e incertidumbres que el mundo de hoy nos plantea.
¿Estamos viendo realmente este Mundo que estamos viviendo, o no queremos, no podemos o no sabemos mirarlo todavía? Todas las respuestas en este orden nos darán la clave para encontrar el verdadero título a esta inquietante propuesta cinematográfica que constituye LA CLASE. ¿Entre qué muros nos estamos debatiendo? ¿Podremos echarlos abajo? ¿Qué aparecerá cuando los hayamos derribado? Por lo pronto parece que no nos damos cuenta de que el Mundo ha cambiado, que va a más y todos estamos encerrados entre los muros del no entendimiento. Será necesario el aporte de toda la sociedad para encontrar las pertinentes salidas a las incógnitas que nos rodean. En la medida que nuestra mirada se extienda a todos los ámbitos de la vida cotidiana y queramos compartirla aparecerán los mejores caminos.
SALIR DEL ARMARIO O VIVA LA COMEDIA
Una película sencilla, como si a cualquiera de nosotros se nos pudiera ocurrir. Muy pronto nos damos cuenta del enorme valor de la sencillez y reconocemos el meritorio trabajo de los realizadores de este film. Se necesita ser un auténtico creador, como en su tiempo lo fueron Aristófanes, Shakespeare y Molière. Ahora lo sentimos con suavidad en esta aparentemente simple cinta de Francis Veber. Cada artista en su complejo mundo de razón, sensibilidad y talento lo plasma a su medida. A través del equívoco, del enredo, de la comedia, han tratado los más grandes temas de la Humanidad.
¿Podríamos tratar el verdadero valor de las cosas mediante una declarada dosis de buen humor? ¿Podríamos reírnos de aquellos que sólo viven para amontonar y contar trozos de papel? ¿Podríamos sentir una delicada sonrisa ante una familia deshecha? ¿Podríamos abordar la timidez, la personalidad gris, la insignificancia humana refugiándonos en una risa controlada?
A veces, muchas veces, nos salva una sonrisa. Es cuando logramos que la comedia no se convierta en tragedia. Amamos mucho más la alegría. Es indiscutible. Que la risa nunca nos falte. Y por la alegría y la felicidad realizamos los mayores esfuerzos. Entonces podríamos afirmar que bien vale la suavidad de la mirada hacia los temas más terribles. Que el camino sea dulce con nosotros.
Y no es que desvaloricemos el golpe, la herida, el dolor, la lágrima, la pena, que se esconden detrás de múltiples sucesos que nos narra esta película. Nunca veremos el drama real, aunque sepamos que está ahí y podamos imaginarnos todas sus consecuencias. Tal vez por imaginarlo y por saber que en gran parte de las veces posee una solución, podremos sonreír y mirar hacia delante con valentía. Es un encanto que ha de encontrar todo ser humano que puede necesitar una ayuda casi milagrosa. Y tenemos que estar listos para realizar el milagro. Todos aprendemos.
Perder el trabajo es un drama terrible. Ser diferente en un entorno agresivo es una verdadera tragedia. Vivir con personas que casi podrían identificarse, en el pensamiento y en la acción, con verdaderas bestias, puede ser un horror cotidiano. Saberse ignorado, excluido, burlado, son aspectos que pueden hundir a cualquiera. A fin de cuentas, somos muy débiles. Pero cuando alguno de esos aspectos se constituye en ardid para librarse de una determinada situación, el dramatismo abandona su lamento y se convierte en arma contra aquellos que propagan el mal.
La historia de un ardid y todas las peripecias que desata viene a demostrarnos, en esta película, que del supuesto mal nadie está libre. Ni la propia víctima, aún en su simulación, cree haber acertado cuando aceptó realizar la excusa que lo libraría de su peligrosa situación. Y con aquel que de burlador pasó a ser burlado sólo sentimos una profunda lástima por las desgracias que le sobrevienen.
Y hay más, la historia es amplia y da para muchas reflexiones: ¿Pueden convivir los fuertes con los débiles? ¿Por qué es necesario el ardid realizado? ¿Qué significa ser tímido, o aburrido, o tener un escaso atractivo? ¿Qué importan los sentimientos reales para formar una familia? ¿Qué sentido tiene excluir a nadie del goce de la vida? ¿Qué hacemos con aquellos que aún no han aprendido que vivir es conocer al otro, comprenderlo y ayudarlo?
Una broma, toda la película es una magnífica broma para tejer un argumento donde, uno tras otro, salen del armario -a pesar de que algunos poseen ciertas ventajas de tolerancia-, muchos de los grandes temas que nos afectan.
Podemos reírnos, y seguir, apurarnos para salir en la fotografía colectiva, porque de la lucha de cada uno de nosotros depende que podamos continuar extrayendo males del armario. ¡Viva la Comedia!
LA DUCHA, UNA BUENA PELÍCULA
Tenemos ante nosotros un mundo que puede parecernos exótico: China. ¿Qué sabemos de este país y de sus habitantes? Mucho o poco, algo nos viene a la cabeza cuando oímos esa palabra. Pero más allá de esa cultura milenaria, que vimos representada en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Pekín, la película que ahora presentamos nos trae unos valores que tienen mucho que ver con aquel orden de que hablamos: ¿Qué es más importante, la tradición o la modernidad? ¿Qué nos hace más felices? ¿Qué importancia tiene el cuidado de la familia, del padre, del hermano? ¿Qué es lo que realmente queremos hacer en nuestras vidas? ¿Cuál es nuestro orden de valores? ¿Es posible quedarnos con lo mejor de cada aspecto?
Todas estas preguntas surgen a través de la historia que atraviesa el protagonista, un hombre joven que ha abandonado su ciudad natal en busca de nuevas oportunidades, otra vida donde la modernidad está en auge, dejando atrás a su padre y a un hermano menor con cierto retrazo mental. Pero la película comienza verdaderamente cuando este joven retorna al hogar por una equivocación y debe enfrentarse a una serie de incógnitas. También podríamos hacerlas nuestras, aunque no vivamos en China, porque cosas parecidas pueden sucedernos y sería muy bueno que ya nos fuéramos haciendo una idea de qué haríamos. ¿Qué haríamos nosotros? Ello contribuirá a la definición de la persona que somos o que queremos ser.
¿Adónde nos ha llevado el ansia por el desarrollo material? Uno de sus aspectos principales es la tenencia de dinero, puesto que parece que teniéndolo se puede comprar una isla, un bosque, un río, un país y hasta quizás el planeta completo. Entonces, ¿en qué lugar quedan aquellas cosas que no se pueden comprar con dinero? ¿Es que acaso todo lo que se pueda comprar es para que el comprador haga lo que quiera con ello? ¿Qué papel jugamos nosotros?
La película es bien sencilla. El padre de nuestro protagonista posee un típico salón de baños públicos, algo muy tradicional, donde la gente se ducha al mismo tiempo que se interrelaciona sobre sus diversos problemas. El baño dura mucho tiempo. Algunos creen que tal cosa es una pérdida de adelanto técnico y prefieren la ducha que todos conocemos o algo de ciencia –ficción, que sea bien rápido para poder hacer otras cosas aparentemente más importantes. Todo esto, que tiene que ver con la relación entre el padre y el hijo que ha regresado, se volcará posteriormente, en forma de un valor a tener muy en cuenta, entre los dos hermanos. Ahí ya empezamos a plantearnos, más allá de la importancia de una tradición, el valor de la fraternidad. Ambas cosas se unen y nos piden una respuesta.
Poco a poco el desarrollo de nuestra civilización ha ido creando otro mundo paralelo al de la Naturaleza. A veces ni vemos los colores de un bosque, pero sí apreciamos aquellos que se han creado químicamente. Apenas sin darnos cuenta, vamos eligiendo lo más artificial. ¿Podría sucedernos lo mismo con el ser humano? ¿Llegará un día en que apenas lo veamos para sólo apreciar las máquinas que él mismo ha creado? Seguramente pensamos que eso no sucederá, pero no vendría mal revisar el camino recorrido.
¿De verdad creemos que la felicidad de todos sería el mayor objetivo de la vida? Si no pensamos así y nos quedamos solos con las máquinas entonces sí la vida se convertirá en otra cosa. ¿Queremos sentir, oler, tocar, oír, mirar, pensar, actuar por nosotros mismos, en vez de recibirlo todo ya diseñado para que no hagamos nada? Tenemos que elegir. Siempre es difícil, pero la elección de vida que queremos es aquella por la que lucharemos por lograr.
LA DUCHA es una buena película en tanto nos ofrece un trozo de realidad en la que podemos reflexionar y disfrutar de una buena canción a la vida, casi un himno, una victoria del ser humano. Estas son las películas que, como verdaderas obras de Arte, se introducen en nuestras mentes y corazones para que sintamos la más certera melodía que emana de cada uno de nosotros.
¿Vale la pena salvar a los grillos de un juego absurdo o es mejor salvar el juego que hacemos con ellos? ¿Qué pasaría si sólo seleccionamos el mejor aspecto de la tradición y desechamos otros que no nos gustan? ¿Qué sentido tiene un hermano? ¿Cuál es la mejor elección que podemos hacer? Seguramente influirá en nuestra decisión el orden de importancia que le hayamos dado a los valores con que nos movemos. Y hasta puede que veamos todo el sentido de la vida en el sencillo goce de cantar, cantar… ¿Esto es posible?
MILLONES, LA EXISTENCIA COMPARTIDA
“No sé por qué la gente no dice que la casa es verde en vez de decir cuánto le costó. Es mucho mejor mirar la huerta y el jardín, aunque sólo sean una tomatera y un jazmín, que ocupan justamente el ángulo de visión donde puedo mirar, que estarse mirando la marca de las gafas que se usan. Si alguien me preguntara: “¿Qué dices?”, posiblemente podría decirle muchas más cosas.”
De eso trata la película MILLONES, de las tantas cosas que nos pasan, qué hacemos con ellas y de lo que piensan los demás sobre nosotros. Da igual que lo que nos pase sea real o no, casi es lo mismo. Y de la misma manera sucede si somos niños, jóvenes o mayores. Hasta la ocasión más sencilla nos pide un diálogo.
Hay personas que hablan mucho con todo y con todos; otras hablan poco: y hay quienes hablan con el espejo o no hablan con nada ni con nadie. Pero todos nos imaginamos cómo deben ser las cosas, y de acuerdo a eso intentamos que así sea la vida. También quisiéramos que quienes piensen lo contrario nos comprendan y hasta quizás se dejen convencer por nuestras razones. Ellos también piensan lo mismo. Es un cruce de caminos realmente extraordinario: ¿Cómo nos ponemos de acuerdo? Esa es la fuerza de la vida a la que todos, de muchas maneras diferentes, respondemos.
La regla es la misma para cualquiera, aunque algunos se la salten, o mejor dicho, aunque algunos crean que pueden saltársela. Mentira, más tarde o más temprano tienen que rebobinar el salto. Por ello para todo se necesita una mínima preparación. Si no la tenemos, preguntamos, averiguamos, porque hay momentos en que la respuesta debe ser inmediata. Entonces acudimos a lo que más tenemos a la mano, porque algo estamos obligados a decir y hacer. Siempre se tratará de que seamos coherentes con lo que somos. Pero por el camino vamos todos juntos. Por eso en algunas ocasiones somos nosotros los que preguntamos a otro: “¿Qué dices?”.
Y tratándose de dinero, que es el motor que mueve la acción de esta historia, la relación con los demás puede resultar sorprendente. Es que el dinero en nuestra sociedad ha llegado a marcar todas las relaciones. De ahí que tener en nuestro poder un maletín lleno de millones, que no son nuestros aparentemente, porque sí lo son realmente, ya que no hicimos nada para tenerlos y creemos, -cree Damian- que el buen Dios nos lo ha enviado, así de sencillo, aunque el padre diga que esa no es una especialidad de Dios, pero…, ahí están los millones y es preciso hacer algo con ellos: “ayudar a los pobres”. Pero, ¿quién es pobre y quién es rico? ¿Podría determinarlo el dinero?
Después de esas primeras preguntas vienen un montón. Éstas se convertirán en los problemas que debe abordar nuestro protagonista, incluyendo unos encuentros con los mismísimos “santos del cielo cristiano”, una conversación con su madre muerta y hasta la incógnita que le representa el personaje del ladrón.
Podemos estar ante una película muy sencilla o extremadamente complicada, depende de nosotros mismos. Miraremos a un personaje con determinadas características en una situación que atañe a muchos que lo rodean. Una película para disfrutar su ritmo armonioso y unas cuantas ideas muy actuales. Algunos pensarán que así no es la mentalidad de un niño. Otros creerán que ya casi nadie se plantea esos asuntos. La propia parábola bíblica de la multiplicación de los peces que el risueño San Pedro le cuenta a Damian puede asombrarnos: ¿Es posible que mediante el pequeño aporte de cada uno todos salgan enriquecidos? ¿Se habrá hecho el milagro? Todas las opiniones son válidas, pero indiscutiblemente, si nos ponemos a pensar en el verdadero valor de las cosas, tendremos que elegir dónde se encuentra aquella alegría de vivir que es el principio de cualquier existencia compartida.
sábado, 13 de junio de 2009
IV- La Resistencia Cubana, un secreto aún por descifrar (Conferencia en la Universidad de Girona)
“Madagascar”, una sola palabra para entrar en una pesadilla. ¿Cómo salir de ella en un mundo globalizado? ¿Globalizando la pesadilla? Es evidente que la única forma reside en globalizar la salida.
A principios de la última década del siglo XIX, durante el proceso de preparación de “la guerra necesaria” por la independencia cubana, uno de los luchadores de la heroica contienda anterior (1868-1878), Ramón Roa, escribió “A pie y descalzo”, un valioso testimonio sobre las calamidades vividas por las familias y combatientes que participaron de aquella épica. José Martí, el gran organizador de la nueva batalla, estimó que el libro era inoportuno, criticándolo severamente, pues podía desalentar la combatividad que él y otros independentistas estaban levantando. Martí concedía una gran importancia a la Historia que se escribe y gustaba de destacar que ésta nunca se separa de la coyuntura en que se vive. Algo bien difícil para un escritor. De hecho las críticas al libro fueron refutadas por el historiador Enrique Collazo y otros revolucionarios cubanos. Martí aclaró sus criterios y el suceso no tuvo mayor trascendencia. En algún momento escribió: “Me horrorizan las obras que entristecen y acobardan”. Tal vez el hilo sutil que va del fiel reflejo de la realidad a través del Arte y la certera visión del artista para proyectar su obra hacia la esperanza –porque no cabe otra alternativa entre los que luchan-, sea el más duro escollo que deben vencer los que quieran reflejar el tiempo vivido.
Hace unas semanas decía el escritor catalán Juan Marsé: “Creo que toda obra ajusta cuentas con la realidad, en lo que hay en ella de aparente, enmascarado y engañoso. Uno escribe porque no acaba de estar conforme con el mundo tal como se le ofrece, ni con la sociedad en la que vive, ni consigo mismo. La novela nace del desfase entre la apariencia y la realidad, según nos enseñó Cervantes con las andanzas de Don Quijote.” Podríamos deducir que cualquier hecho, hasta los más alejados de la expresión literaria, estarán marcados por esta impronta de ajuste y esperanza y sólo dependerá de la inteligencia o el talento de las personas el que la expresión de su autenticidad pueda aprehender los espacios invisibles de la realidad en todo lo que tiene ésta para encaminarse buenamente hacia el futuro. Es notable el ejemplo de Honorato de Balzac que, siendo incluso un gran admirador de la aristocracia, contribuyó con su obra gigantesca a que la sociedad se viera a sí misma y que ésta se dirigiera al futuro mediante el análisis más despiadado de la realidad de su tiempo.
Si “A pie y descalzo” se publicó en Cuba a fines del siglo XIX, con las correspondientes contradicciones generadas y su magistral solución, pasada una centuria se repite algo parecido con la película “Madagascar”, filmada en la isla por realizadores, técnicos e intérpretes entregados al movimiento revolucionario de 1959. El Arte, otra vez, le seguía los pasos a la realidad. No era algo nuevo en el actual proceso histórico. Diversos dirigentes políticos y culturales se enfrentaron, a veces con una arrogancia y un desprecio realmente intolerables, a numerosas obras artísticas y literarias que reflejaban las complejas transformaciones que ha vivido el país. El conflicto más conocido fue el que pasaron el libro de poesía “Fuera del juego”, de Heberto Padilla, y la pieza teatral “Los siete contra Tebas”, de Antón Arrufat, a fines de los años 60. Sin llegar al dramatismo anterior sucedió algo similar con el film “Alicia en el pueblo de Maravillas”, de Daniel Díaz Torres, a principios de los años 90.
Se trataba de algo casi natural en una realidad que se estaba inventando día tras día. Ahora todo es más complejo. Al iniciarse la última década del siglo pasado todo se ha tornado más grave para Cuba. Un periodo de 20 años bajo el más brutal estrangulamiento que ha caído sobre ella. Súbitamente un país, donde la mayor parte de su pueblo había recibido la máxima educación social y cultural, junto a un decoroso desenvolvimiento material, se veía privado casi totalmente de este último por el derrumbe del campo socialista europeo, con el que el gobierno poseía el más alto intercambio comercial y que le facilitaba escaparse, en gran medida, de las penurias producidas por el bloqueo norteamericano. En un instante la isla perdió su mayor aprovisionamiento económico. Hubo, y la hay, una crisis espiritual, pero no está demás apuntar que las circunstancias que debían enfrentarse podrían provocar un desgaste moral en cualquier lugar que se viera, repentinamente, abocado a vivir una situación material tan dramática. En la modernidad de cualquier país occidental desarrollado pasaría lo mismo, o peor, porque el individualismo, baluarte capitalista, no tuvo ni tiene aún su reino en la isla.
Tal vez, a pesar de la compleja intervención de Fidel Castro al inicio del triunfo revolucionario y las muchas torpezas de aquellos que debían implementarla, a partir de las célebres “Palabras a los intelectuales”, sea la Revolución Cubana, que muchas veces ha favorecido, pagado y promocionado la crítica a la lucha transformadora, la concepción política que con mayor audacia ha practicado una nueva relación entre las expresiones artísticas y literarias y el poder gubernamental.
“Madagascar”, en contra de una más que justificada censura en el país y aún constituyendo uno de los testimonios más desgarradores de la situación, se instala en esa corriente de crítica desde la esperanza que la Revolución siempre ha posibilitado, a pesar de los verdugos internos. La película aborda la convulsa realidad cubana de los años 90, el momento en que el gobierno se vio obligado a decretar un “Período Especial en tiempos de Paz”, algo realmente terrible dentro de las ya largas vicisitudes materiales del pueblo. Y fue exhibida en la isla casi al momento sin apenas contradicciones. La pantalla cinematográfica se convirtió en una reflexión directa de lo que sucedía fuera de las salas de proyección. ¿Qué habían hecho los que instauraron el mal llamado socialismo real? ¿Qué efectos estaban irradiando hacia una izquierda mundial ya de por sí algo edulcorada por aceptar, sin el debido análisis y sacrificio, los bienes que le proporcionaba el capitalismo? ¿Qué infiernos de incertidumbres podían abatirse sobre los cubanos? La paralización del país parecía inminente. Como si los ojos benditos de los que luchaban a pie de obra hubieran quedado vacíos. El Socialismo en la isla era mucho menos que la fecha en que se hundiría en el océano. Y no sucedió. El Arte y la vida se daban la mano para estrechar aún más sus posibilidades de compartir la esperanza.
Cuba se mantuvo y, aún sin haber superado completamente aquella etapa, se mantiene, a pesar de las trabas que su propio sistema le ha creado. Ya es innegable que todo gobierno totalitario impide la contribución masiva y popular, produciendo unos bloqueos internos que daña todas las estructuras participativas en la sociedad y alimenta la hostilidad de los asedios externos. Como si en la propia casa se albergara al enemigo, haciendo crecer la desconfianza e implantando un voluntarismo que termina por adocenar y hasta convertir en cómplices del miedo a gran parte de la población. Cualquier cambio es visto como una amenaza más. Un pequeño dirigente puede volverse un sátrapa. Entonces, liberarse de tan obstinadas condiciones se convierte en el mayor objetivo de la lucha, al menos para aquellos que continúan pensando que la Revolución es posible. Todos se hacen daño. Por eso aquellos tiempos y esta película están ahí como una profunda advertencia o un secreto aún por descifrar. Algo decisivo para la marcha de la Revolución.
Sólo será posible avizorar el futuro sentando al pasado en el más preciso presente. En aquellos despiadados años 90 el país y sus gentes entraron a un túnel demasiado oscuro. Allí el sueño y el despertar se constituyeron en una misma cosa: una horrenda pesadilla. No se podía dormir ni estar despierto. ¿Dónde entonces se existiría? Muchos llegaron a pensar que quizás hubiera algo más allá de la realidad. Todos los horizontes se habían escondido.
“Madagascar” es una palabra que, más que un lejano y desconocido país, se erige en el mayor símbolo de una demanda urgentísima de ayuda. ¿Qué había pasado? ¿Cómo era posible que unas ideas y unos proyectos -los asumidos por la inmensa mayoría de los cubanos- hubiesen llegado repentinamente a un inexplicable vacío? ¿Cómo casi nadie en el mundo corría a ayudar a aquellas personas embelesadas por una historia que creían la más justa, la más hermosa, la más natural? Esto sería otro enigma aún por conocer. Como si nadie se percatara todavía que todo no es tan hermoso. Mientras que existan los que, como una mueca de una aristocracia decimonónica, repiten desde sus eufóricas libertades: “aliento, cubanos, porque vosotros sois la dignidad”, y disfruten conduciendo sus coches por las avenidas casi desiertas de Cuba gracias a que el pueblo, muy extenuado, camina o va en bicicleta, existirán y se reproducirán aceleradamente aquellos que, aún pasivamente, ya están preparando el fin de la concordia y de los ideales compartidos. Al percatarse de esta realidad, muchos cubanos encarnaron esa palabra, Madagascar, que más bien constituye el viaje a ninguna parte, al mundo inexistente que le había tendido una trampa ilusionista con las ideas de una redención universal.
Había que buscar otro sitio si los líderes que amaban carecían de la brújula necesaria. Ese lugar sólo podía estar en la imaginación, y ahí, en el “Madagascar” de una desconocida solución se instaló una buena parte del pueblo. Era una forma de lucha, de esperanza y de compasivo discurso contra sus propios dirigentes e ideales.
Tiempos muy tristes donde la inmensa mayoría de los cubanos demostró un aprendizaje de paciencia más alto que los picos de los Himalayas. Parecía que recordaban con máxima claridad el final del famoso cuadro XIV de la pieza teatral Galileo Galilei, de Bertolt Brecht, donde el alumno le espeta al maestro: “Desgraciado el país que no tiene héroes”, a lo que el sabio le responde: “No, desgraciado el país que necesita héroes”. El pueblo cubano no se rebeló contra su gobierno, como tampoco lo hace ahora, porque sabe muy bien las características de la sabiduría. Mientras la izquierda mundial, y la nativa, no asuman el cansancio de caminar o pedalear, como el pueblo, su reino se dirige a su propia destrucción sin necesidad de un heroísmo popular. Desde luego que será muy triste ver esa tragedia, pero tal visión se está erigiendo como la única posibilidad de que los propios pueblos no sean los que se destruyan. La señal de alerta está en pie, peleando con la vida. Esto podría ser una de las mayores enseñanzas del proceso revolucionario cubano. Así también su auténtica capacidad para sortear las pésimas predicciones que lo amenazan. Y estas sí constituyen un fulminante disparo al corazón. Nadie está exento del más riguroso cuestionamiento, desde el grande, mediano o pequeño dirigente hasta el más humilde de los seres humanos.
Mientras no llega el derrumbe, se sobrelleva la tormenta. Es ciencia vulgar. El tiempo es muy torpe para ofrecer alguna respuesta. Se lucha y se espera. Así fue la vida, la más angustiosa y escalofriante vida en aquellos turbulentos años 90. La pesadilla había tocado a las puertas de toda la isla y sus habitantes, lejos de sentir la poderosa luz tropical, se convirtieron en absurdos protagonistas de un abismo que, por primera vez en la historia revolucionaria, se abría paso por las calles de las ciudades y por los senderos del monte, entraba a las casas e iba trastornando el alma de las personas. La película es un fiel reflejo de esta desesperada paciencia que creó el más exquisito lenguaje de la supervivencia.
Tanto los dos personajes principales del film, como el resto de los que intervienen en la trama, podrían ubicarse en diversos espacios de resistencia a la tortura física y psíquica en que se ven envueltos.
Los espacios del vacío se abren en la consulta psiquiátrica con que comienza y termina la película. Y se extienden. Están en las 24 horas del día, en el no poder dormir, en la unión entre el sueño y la realidad, en el trabajo, en el estudio, en el camino detrás del tren, en el homenaje universitario, en los quehaceres maniáticos de los profesores, en las bicicletas, en la búsqueda de uno mismo en la concentración popular, en la fotografía sin rostro, en el túnel, en el cansancio, en el descanso, en el silencio con que se observan los barcos que no tienen destino.
Los espacios del intento redentor o la célebre resistencia ignota aparecen sobre todo en el amor con que la madre defiende a su hija sólo por ser su hija. Y surgen a borbotones en las continuas mudanzas de la familia, en las sucesivas transformaciones de la joven Laura, que se entretejen entre la música de rock, la fe religiosa, la solidaridad incuestionable y el lirismo más suicida. Intentos. Ninguno se afincará en la realidad, aunque entre ellos la están sosteniendo. Todos participan de la expectación del no saber qué hacer; o cuando más –porque todo es posible-, por amor, siempre el amor, se renuncia a todo lo soñado y una de las más talentosas profesoras se marcha al campo a ordeñar cabras.
Los espacios anodinos, mecánicos, robotizados, sin ningún camino de fe, pero suficientes para saltar la asfixiante cotidianidad, se mueven entre los comecoles, los ratones, el juego de monopolio, la pintura de un lienzo, el grito ahogado y ciego de muchas personas, subidas a lo más alto de la ciudad, pronunciando suavemente la terrible palabra con los brazos abiertos. Nadie acudirá para ayudar. No existe el abrazo mundial. No está hecho todavía.
Los espacios que, aún amenazando, no cuentan para no avivar la desesperación, porque están restringidos a los instantes de miedo, están en la comida quemada, en la postal de París, en el policía demandándole a la madre que cuide a su hija, en la lluvia, en ese quiéreme mucho final y el tren viajando a quién sabe dónde.
Y queda, entre muchos otros, el espacio intrascendente de la muerte que no sucede. Ese trágico pensamiento de que todo salte por el aire a través de una bomba que no encuentra explicación para contenerlo a uno mismo.
Todos los espacios, en su fértil combinación, poseen una validez extraordinaria. ¡Qué pueblo tan grande habita esa pequeña isla! No es un rebaño de corderos ni un montón de cobardes. Por la propia Revolución, que abrió para todos la mayor cantidad de conocimientos vitales que algún gobierno ha abierto en otro país, pudiera Cuba formar la gran esperanza para la salvación de la especie humana. Y esto constituye también un secreto, tal vez el más considerable.
La resistencia del pueblo cubano desborda la historia numantina o el sitio de Leningrado. No es casi nada en sí misma. El aguante de África sí es verdaderamente espeluznante. La resistencia de la isla se encierra en los sueños que se hicieron posibles, en la intensidad de la vida que pudo plantearse, en la profundidad que sus ojos adivinaron. Su enigma está, entonces, en las múltiples resistencias que se derivan de su singular trayectoria.
La película es una ficción. Bien podría ser un documental. Da igual. El Arte dejó de ser una interpretación individual para convertirse, como todo realismo con ímpetu revolucionario, en la fiel captación del espíritu de un pueblo en una situación muy bien determinada en el subconsciente colectivo. El gran Arte de metaforizar el paso del tiempo y de ofrecer momentos de atención a las vanguardias.
Los cubanos, más tozudos que el mismo diablo, poseen la gracia, el perfume y hasta el ritmo del por qué puede resistirse una embestida de la realidad, tanto los que están a favor de la Revolución como los que están en contra. Todos se han humedecido por el escandaloso rocío de la fraternidad. Todavía sorprende cómo fue posible que la gente continuara acudiendo a trabajar, en agotadores desplazamientos hacia sus centros de labor, que algo hiciera en ellos, que luego volviera a sus viviendas donde seguramente no tendría agua para el aseo y la comida sería tan mínima que apenas la sentiría. Es probable que el pensamiento del Ché, en su magistral carta “El Socialismo y el hombre en Cuba”, nos aproxime a alguna certeza: “El esqueleto de nuestra libertad completa está formado, falta la sustancia proteica y el ropaje; los crearemos.” Aquí se abre otro misterio: ¿podrán crearlos fuera de los sepulcros?
Si ahora Cuba puede parecer un mayor enigma en la más disparatada algarabía, es el resultado de la influencia decisiva de aquellos años que se vivieron como un violín desafinado, tal como se siente a sí misma una de las protagonistas del film. ¿Cuál es la medida o la calidad de la resistencia que puede darnos alguna respuesta sobre la efectividad de la Revolución? ¿Está bien compuesta la orquesta? ¿Cuántos están tocando unos instrumentos que no pertenecen a esta partitura? Todo tiene un clamor extraño, complejo y de difícil definición. Tenemos muy bien protegidas las historias que constituyeron el milagro vivido antes de esta infernal crisis. Aquello tan simple como ir a la escuela, a un hospital, a un teatro, a un puesto de trabajo seguro, a una sencillez material decorosa y digna para poder ser solidario con otros pueblos, a obtener una licenciatura universitaria, a reír, a pensar en criticarlo todo y seguir adelante con la fiesta de la vida. Todo eso, llamado por muchos la Revolución o la modernidad general, llegó a Cuba y no a Latinoamérica, que permaneció con el silencio del indio, del negro, del criollo pobre que se debatían ante la soberbia de unos pocos nativos y extranjeros que los exprimían. Es indudable que la isla fue pionera en gritar colectivamente y avanzar hacia otro mundo muy diferente al que vivía el continente. Pero, ¿dónde está ahora ese lugar que se nos tuerce hacia el porvenir? ¿Acaso también Cuba, después de tantas luchas y dignidades, habrá de regresar al desastre cotidiano de los siglos latinoamericanos?
“Nunca seremos felices”, dijo el Libertador, Simón Bolívar, poco antes de morir. Toda la América Latina intenta conjurar esa desdicha y hoy empieza a mostrarse con un nuevo rostro muy distinto al de hace cinco décadas, cuando uncida al carro imperial se separó de Cuba. Ahora, en vez de hacerse más rica y europea o norteamericana, se ha hecho más pobre y más autóctona. Está abriendo su inmenso tesoro: puede combatir unida por la sustancia proteica de que habló el Ché. Ya son varios los países con posiciones bien radicales frente al antiguo coloso imperialista que, viendo agonizar su sistema e incapaz de sostener tantos frentes de ignominia, se ha visto obligado a cambiar su imagen y hablar de otra manera, pero no nos engañemos, es el mismo, sólo que, dada la magnitud con que la crisis actual podría echar por tierra todo el sistema, él mismo se está moviendo por diferentes posiciones de salvación. Resulta imprevisible saber cuáles intereses saldrán adelante. Ahora está probando el camino del buen hombre que seduce a las multitudes. Pudiera América Latina aprovechar la ocasión para alcanzar su definitiva independencia. Todo dependerá de esa descomunal potencia que aún tiene el sistema capitalista y la verdadera educación para la vida que puedan forjarse los latinoamericanos y el mundo en general.
En Cuba hay una memoria imprescindible para ella y para los demás. Si ésta es destruida, como una nueva versión de la geopolítica, sucederá lo que le ocurrió a algunos países europeos, sobre todo a Italia y a Grecia, al terminar la Segunda Guerra Mundial. Unos pueblos se situarán en la órbita de la regeneración y otros tendrán que conformarse con lo estipulado por el bien de la civilización, si es que no se produce un choque de barbaries según lo estudiado por el libanés Gilbert Achcar. Porque ya no estamos en 1945. Ahora los griegos y los romanos son los haitianos.
Si el sistema capitalista logra superar su actual crisis, es claro que tendremos que esperar otra época en que los trabajadores, por puro instinto de conservar sus puestos de trabajo, no tengan que defender a las multinacionales. Y lo mismo mientras no sea entendido la vacuidad consumista y la banalización del saber que azotan al espíritu de las personas. Entonces, aquel milagro al que Cuba se acercó con sus ciudadanos, haciéndolos buenos profesionales y firmes defensores de su dignidad al tiempo en que los libraba de un destino de parias inservibles, será postergado por otro número de años o de siglos. La situación mundial que estamos viviendo puede ser testigo de la continuidad depredadora del sistema o igual de su desaparición y un nuevo emprendimiento de los sueños.
Los vientos están ensortijados. Igual van de un lado que de otro. No es una casualidad que al final de la V Cumbre de las Américas, celebrada recientemente en Puerto España, el presidente venezolano, Hugo Chávez, le regalara a su homólogo norteamericano el libro de Eduardo Galeano “Las venas abiertas de América Latina”. Puede el enviado del gran capital guardar el texto en cualquier estantería irreconocible. Pero dice gustarle leer, aunque no conoce el idioma español. Dice también que no quiere hablar sobre el pasado, sino que prefiere pensar en el futuro. Perfecto, si entiende que al porvenir sólo se llega revisitando en el presente las huellas del pasado. Y si lo entiende, esperemos que no ocurra un magnicidio, aunque parece bastante evidente que la misión que tiene encomendada es retornar a su rebaño a los países latinoamericanos y preparar la definitiva desaparición de Cuba. No puede verse de otra manera esa actitud formalmente conciliadora que, agazapándose en la gran necesidad de esperanza que tenemos todos, busca la ayuda “pública” para que América Latina fuerce el fin de las posiciones cubanas. Incluso ya desde su trono de poder algunos de sus colaboradores están dando a la opinión internacional la noticia de la pronta caída de la isla. Se preparan para ello e intentan que los demás hagan lo mismo: que se cumpla el pronóstico sin que se desarrolle la enfermedad que han inoculado en Cuba. El colmo de la insolencia y el desprecio de la Doctrina Monroe del siglo XIX. Apenas han cambiado. Ya veremos si los pueblos, incluido el cubano, también se preparan y luchan para el gran triunfo sobre el gigante malherido.
No obstante la profunda convicción del engaño con que el gobierno norteamericano ha hecho ver que, a partir del levantamiento de unas mínimas medidas contra Cuba, es la isla quien debe cambiar, preferimos seguir insistiendo que, como todos los que se acercan al proyecto de la Agenda Latinoamericana lo hacen por tener esperanza y para trasmitirla a los demás, las palabras de la paz y la concordia deben ser las que nos dominen, aún dentro de la inexplicable pesadilla que vemos en la película “Madagascar” y en la vergonzante máscara escogida por el imperio. Es que hemos sido tan inocentes con la creación de otra humanidad que ahora, cuando alguien de nuestro color, con un discurso hermosísimo, es colocado al frente de la Gran Potencia, llegamos a pensar que todo está solucionado y que sólo hay que cuidar a este hombre. Ni nos pasa por la cabeza que el capitalismo es capaz hasta de darnos la razón con tal de que sigamos creyéndole. No imaginamos que detrás de tan buenas intenciones puede estar escondido el mismo animal que siempre nos ha chupado nuestra sangre generosa. Por ello seguimos con las venas abiertas.
Claro que Cuba debe cambiar si no quiere desaparecer. Igual que el resto de los países latinoamericanos. Pero es el Mundo Todo el que debe cambiar, porque es él principalmente el más amenazado con su desaparición. Sólo mediante el convencimiento y el respeto de unos hacia otros podrá efectuarse un cambio verdadero. Preciosas palabras. Pero si no luchamos con inteligencia y sin ingenuidades, olvidémonos de la victoria. De ahí que terminemos con una reafirmación en la creencia de que ya arribamos al tiempo en que todos obligatoriamente tenemos que salvarnos. Claro, si aceptamos “Los Estatutos del hombre”, escritos por el poeta brasileño Thiago de Mello y que en su Artículo I nos dice:
“Queda decretado que ahora vale la verdad,
que ahora vale la vida
y que, tomados de las manos,
trabajaremos todos por la vida verdadera.
martes, 5 de mayo de 2009
Un Camino Revolucionario
Es notorio que la transformación de la producción y del consumo será un paso determinante. Por eso surgen tantas iniciativas para avivar la agricultura y la ganadería a niveles locales, como un retorno a la comunidad primitiva, donde la propiedad privada no existía y todo estaba al servicio de las necesidades colectivas. Sería elocuente volver a aquel momento en que el excedente de la producción se convirtió en ese monstruo que parecía enseñarnos la responsabilidad individual y luego se convirtió en el mercado de almas que fue aumentando sus torturas hasta la época actual. Sería un don divino imaginarnos que en aquel punto había otro camino que no escogimos. Ya todo pertenece al terreno de la especulación, pues resulta imposible prescindir de muchos logros de la vía por donde nos fuimos. Cuántas bellezas ha creado la actividad humana. Ahí estaría nuestro mejor retorno a la senda no recorrida, aunque también habrían de haber muchas otras. No lo sabremos nunca. Ésta que tenemos es, preciosamente, la nuestra. No habrá retorno, sino ajuste, aunque se iluminen los más grandes idealismos de la Humanidad. Será un tiempo como para permitir que todos los sueños sean escuchados.
Hay quien piensa que junto a las flores del jardín debemos sembrar tomates y que compartamos con el que siembra melones. Otros plantean un mayor uso del transporte público o hacer que sus coches sean comunitarios. Una buena mayoría ya vive con la necesidad de no tirar nada, y mucho menos comida. Y muchos más ya hablan de no comprar aquello que consideran absurdo que se produzca. La voz más general es que actuemos en nosotros y con la profunda certeza de que no nos equivocamos. Por ello ahora impera la decisión de cambiar un montón de cosas y seguir adelante. Y nada más.
Las posibilidades para esa actuación son múltiples y la imaginación será desbordante. En cada lugar se acometerán las acciones más adecuadas, que igual serán semejantes o diferentes a las de otros sitios. De lo que se trata es de ir afincando en la realidad la hermosa tarea de conocernos, entendernos y compartirlo todo. Hacernos realmente Pueblo. Seguramente muchos no comprenderán, y aunque ello nos interese y tratemos de darles las explicaciones pertinentes, en ningún momento debe obstaculizarnos para mantener la actitud. Esa debe ser la divisa: cambiar mi vida. Seguramente todo será más festivo, con mucha más música y arte y las infinitas maravillas creadas junto a la Naturaleza. Cada instante será una eternidad. La Poesía Pura. ¿Qué otra cosa podría devolvernos el sentido perdido? Una fuerza de utopías habrá de crecernos en las plantas de los pies heridos. No hay otro camino, es el único, aunque tengamos que atravesar senderos muy peligrosos, pero es seguro que arribaremos adonde queremos.
Sólo falta el valor de ser y actuar de forma diferente. Sin miedo, porque mientras éste ocupe nuestros ojos, no haremos nada. Surgirán algunos aprovechados o abusadores. Dejémoslos existir. Ya notarán que algo nuevo está pasando. Reafirmemos la fuerza colectiva. Seguramente perderemos algunas oportunidades de ganar más dinero, de tener más cosas, de ser más importantes. No hagamos caso. Fortalezcamos nuestros principios. Sólo queremos ser felices. Es el único camino revolucionario. La extraordinaria metáfora que se desprende del film “Revolutionary Road”, de Sam Mendes, recién estrenado en nuestros cines.
Es lo que hacen con sus vidas la tropa del “The Bridge Project”, dirigida por el mismo cineasta, lejos de las alfombras glamourosas, representando ahora mismo en Madrid “El jardín de los cerezos”, la famosa pieza teatral de aquel ruso inmenso que profetizó al final de su vida una revolución política y social, Anton Chejov, el más visionario, después de Balzac, del abismo en que había entrado el ser humano con el sistema capitalista.
Cada cuál habrá de saber qué hacer, porque todos tenemos en nuestras manos la posibilidad del cambio. Una decisión que se resiste y a veces, si no medimos nuestras fuerzas, si no sabemos quiénes somos y qué queremos, si no visualizamos bien el camino, puede trastornarnos. El temible desorden, ese enigmático segundo principio de la Termodinámica, lo tenemos mal estructurado. Hay que ponerlo en su sitio. Como decía Tolstoi, porque resulta una verdadera calamidad y una bajeza moral no tener el valor de ser auténticamente humanos y vivir en el cambio la buena vida que siempre nos ha estado esperando. Todo está en cada uno de nosotros, aunque la sociedad en que vivimos nos imponga un cuidado especial para protegernos.
En un reciente texto, “La respuesta a la crisis: el decrecimiento necesario”, Joan Surroca escribe: “En el imaginario colectivo está tan arraigado el sistema que hemos vivido, que vivieron nuestros padres y abuelos, que nos resulta imposible descolonizar nuestras mentes de que no hay vida más allá del capitalismo. Cualquier cosa nos resulta más verosímil que la desaparición del capitalismo como forma de organizar la economía. Incluso relacionamos capitalismo con democracia (sin capitalismo no es posible vivir democráticamente); capitalismo y libertad (sin capitalismo no hay libertad); o capitalismo y bienestar o buen vivir (es el crecimiento, el consumo, lo que nos permite llegar a la felicidad)…. Para qué queremos tanta producción, tanto trabajo, tanto dinero incluso, si luego no tenemos tiempo para vivir? Nuestra única riqueza es el tiempo, y los más lúcidos de nuestra sociedad ya han empezado un cambio significativo. Uno de cada cinco norteamericanos, en los últimos cinco años, ha optado por ganar menos, de manera voluntaria, a cambio de disponer de más tiempo. Parecido porcentaje resultó de una encuesta realizada en Australia. Mucha gente empieza a practicar el “menos, para vivir mejor”.
Y podríamos atrevernos a ir más lejos. Se podría identificar al ser humano con el capitalismo, como si la relación ya no fuera una potestad nuestra, sino que ya es una fuerza mayor de definición y continuidad de la vida. Contra ello surgen oposiciones bien singulares como esas de que habla el escrito. Se erigen en una actitud completamente individual, casi sectaria, pero con grandes posibilidades de hacerse colectiva, y ahí radica su valía, porque es una forma, de las tantas que se arremolinan en nuestros pensamientos y deseos, de lucha contra el sistema. Las diversas maneras no cesarán de crecer, porque es el cambio el que, en última instancia, sólo será posible cuando se asuma globalmente.
Por todas partes ya es un hecho consumado la miseria de vida que se tiene personalmente, y ésta se va relacionando con el capitalismo. Se está viendo la etiqueta que el mercado nos ha puesto. A veces valemos mil euros y otras sólo uno, y en algunos sitios no valemos nada. Cuando nos damos cuenta de que no somos ese sistema, todo cambia. Por supuesto que lo que sobrevendrá constituye una gran amenaza, sobre todo para aquellos que hacen sus vidas a costa de la muerte de millones. Habrá que precisarlo, pero no se trata de desesperarnos por definir ese porvenir, sino de actuar irremediablemente en los cambios que están en nuestros sentimientos y en nuestras mentes. Adivinar las adivinanzas que nos acechan. Para ello es indispensable que nos involucremos en los grupos de poder y horadar sus pesadas rocas, igual que el mar. Los valores establecidos en nuestra sociedad están sirviendo para evitar el salto necesario. Pues contra esos valores hay que fijar el día a día. Son esas disciplinas las que nos dan las mentirosas sensaciones de tranquilidad y prosperidad, las que nos aconsejan calma, las que no permiten que nos arriesguemos, porque todo podría ir a peor; son los valores que de alguna forma toleramos para que haya orden y podamos seguir disfrutando o esperando un bienestar que sabemos absurdo; los dogmas del no hacer nada porque nada ni nadie podrá cambiar la esencia feroz del ser humano: son los valores que poco a poco nos están aniquilando. Luchar contra todos ellos es el mejor camino que podemos emprender. En él nos vamos cambiando nosotros mismos.
El reconocimiento de algunos aspectos de nuestra cotidianidad tiene que constituirse en un esfuerzo diario. Resulta imprescindible comprobar en carne propia la fealdad de la vida que llevamos, desde el estorbo que nos significan unos trabajos que odiamos hasta la prisa que nos impide respirar con holgura. Igualmente revisar el por qué hemos aprendido a convivir con nuestras masacres, y casi hasta aceptarlas con una mínima mueca de espanto. Como si las defendiéramos, porque las consideramos inevitables. En cualquiera de ellas pueden morir nuestros seres más queridos, y todo por un simple descuido o por una más sencilla indiferencia al medio que nos rodea. Suceden en las pequeñas poblaciones, en las grandes, y en las escuelas, en las calles, en las casas, aunque sólo las tengamos como tales en las guerras que nuestros armados países desencadenan en otros un tanto lejanos. Cualquiera puede tener un misil en el armario. Pero más que el estallido de las armas, el daño principal está en nosotros, en nuestras reacciones minimalistas a lo que sucede bien cerca de donde estamos. A lo que nos pasa muy dentro de nuestras almas. Porque podría decirse que somos capitalistas casi al 100%. Y con esa carga siempre nos detendremos. No es precisamente un estímulo, sino una cárcel. Es lo que nos dice la película de Sam Mendes.
No estamos preparados para el cambio, y cuando éste se enuncia proviene de una mente enferma. Del vacío irremediable de la sociedad actual nadie puede librarnos, excepto nosotros mismos, si tenemos el valor necesario.
Aquellos preciosos jóvenes que hace varios años vimos naufragar, de forma edulcorada, en un Titanic que sólo perseguía mantenernos en la enajenación de nuestras fantasías, regresan ahora con otro naufragio, nada paisajístico, que intenta explicarnos la alienación en que vivimos. El delirio in extremis. Kate Winslet y Leonardo di Caprio son esa sencilla pareja que habita en nuestras casas o en la de al lado. Él, con un trabajo que detesta; ella, ya de regreso de algo frustrante, y persona que ama, que adora, propone el cambio. Como siempre, el amor será el detonante para cualquier mejoría en la vida. Él se anima, pero todo conspira en su contra, porque el dineral como promesa a ganar es un tentáculo demasiado poderoso, y su hombría es un bien social heredado con una presencia inmisericorde; entonces ella parece pensar: “si no puedo hacerte el bien y no puedo vivir con tu mal, seré yo quien me haga daño”. Otra vez el amor como el gran sacrificado en su fiesta final. La segunda pareja habrá de escoger no hablar más de esa familia, y el anciano del otro matrimonio cerrará la entrada del audio para no oír más los prejuicios del miedo. Para todos ellos está muy claro qué habría que haber hecho, pero no, aunque lo desean, no están preparados. Por ello hay que empezar a prepararse en los aspectos más pequeños, para que cuando nos lleguen los grandes no le fallemos a la vida.
Y no hay mucho más en el film, aunque en la novela de Richard Yates podamos deleitarnos con el regocijo de la imaginación que fomenta siempre la lectura. La película, con ese gran poder que el séptimo arte ha logrado, nos entrega, en un instante compartido con otros espectadores, la posibilidad de vernos a los ojos y pensar que todos, en alguna medida, estamos atrapados en el miedo a buscar la felicidad que sabemos tan cercana. Y todo por una simple falta de preparación para enfrentarnos a la disyuntiva en que el sistema nos dice o él o nosotros. Así, diaria y constantemente nos estamos muriendo mientras salvamos al capitalismo. Algo increíble, pero cierto. Estamos prefiriendo despeñarnos por el precipicio antes que cubrirlo con todo el fango de su historia de una vez y para siempre. Como si el vacío fuera nuestra identidad mejor preparada para la vida.