viernes, 29 de abril de 2016

Donde el trabajador no cuenta, la realidad es una difamación


Bien temprano en la mañana avanzan trenes, motos, autobuses y coches hacia las fuentes del trabajo en la gran ciudad. Van llenos de somnolencia y espanto. Cuando los trabajadores dejan sus furiosos refugios reciben gratuitamente alguna prensa. Aquí comienza el espectáculo: los grandes medios categorizan el interés y la inteligencia. Da igual un coito en el Metro de Barcelona que la muerte de Prince. Las noticias reflejan la compra-venta de la realidad para ensartar serpientes: glamour y esperpento junto a las repetidas hambrunas de África y las guerras del Medio Oriente. Luego los lectores, habiendo renunciado a su pesada vida cuando besaron a sus hijos dormidos, trabajan con afán.

Progresivamente, a partir de colocarlas como asignaturas optativas, se van eliminando de los sistemas educativos a nivel universitario, preuniversitario, secundario y primario aquellas disciplinas que en el plano de la ética contribuyen al desarrollo del pensamiento y con él a la defensa de los futuros trabajadores. Los conocimientos se dirigen a la formación de una multitud para consumir y divertirse con la libertad que crea la indefensión ante esa realidad. Así, la sociedad devora con las ofertas del mercado los valores humanos y sociales que siempre la liberan. Poco a poco vemos cómo en los comportamientos de muchos niños, adolescentes y jóvenes crece el culto a la indiferencia hacia todo lo que no les produzca alguna satisfacción publicitaria.

La belleza de la ciudad medieval de Samarcanda está unida al terror que desataban a su paso los ejércitos de Tamerlán. En el mausoleo del conquistador hay esta inscripción: “Dichoso aquel que renunció al mundo antes de que el mundo renunciase a él”. Para la colosal estructura, pariente del Taj Mahal de Agra, la felicidad es renunciar a los frutos del trabajo antes que estos te asesinen. El epitafio sigue vigente: vale el espectáculo mediático como la única realidad posible. Pero donde el trabajador no cuenta, la realidad es una difamación.

(También publicado en El Periódico, Catalunya)

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