martes, 28 de febrero de 2017

Los dedos en el fuego (Notas críticas sobre un libro entre Cuba y España)

Cuenta el libro de cuentos “Ópera Bufa” (Editorial Pliegos. Madrid, 2016), del escritor cubano Rafael Zequeira Ramírez, con todas las herramientas de un culto orfebre del lenguaje y de un creador temerario con la narrativa. Ambas profesiones buscan revelar, según sus platos precocinados, la atmósfera ruinosa donde se desenvuelven los ambientes coloquiales cubanos junto a ciertas posturas españolas. Lejos de que el autor recree la cotidianidad conflictiva en el juego satírico cubano en relación con el español, su dirección se acerca a la lujuriosa marcha de la diatriba anticubana puesta en un atractivo panorama de la antigua metrópolis y que le funciona como comodín del librepensamiento contra Cuba. Justamente por las verificaciones “cansadas y aburridas con la cubanología”, el talento literario del escritor expande la frondosidad de un estilo que, rozando la pomposidad con la sabiduría, se tuerce y da vida a una criatura bipolar. Posiblemente por ese rictus de sufrimiento que percibo en el libro, escribo estas notas. Creo que los cubanos debemos aprender la utilidad de buscarnos más, aunque sea a través de encuentros fortuitos, como lo son una de las constantes de esta obra.

Podemos leer en la contraportada del libro que “su mayor mérito consiste en presentar de forma amena, incluso entretenida, esa realidad de ruina, vacío y desilusión, en que se ha convertido la vida cubana de las últimas décadas, entretejida con personajes e historias de la España contemporánea”. No resultaría contraproducente con este “mérito” si no observáramos un serio interés en hacer una autopsia, lo más amplia posible, a la “inutilidad” de la Revolución Cubana sin tocar de frente y con los ojos abiertos la realidad española. Asimismo puede verse que amenidad y entretenimiento se erosionan por la exacerbación de conocimientos alrededor de los hechos narrados. Cuando se sigue leyendo en el mismo sitio que “la literatura, si lo es de verdad, tiene sus propios objetivos y caminos; la política, los suyos, y casi nunca resulta afortunado mezclarlos de tal forma que acaben convertidos en un café con leche insípido”, puede entenderse que Zequeira sabe, como todos sabemos, que si se escribe ficción sobre Cuba para condenarla -o alabarla-, la contaminación de la literatura con la política está garantizada y solo hay que esquivar la insipidez mediante un suculento experimento literario para que el “café con leche” salga distinto y no la mezcla que él degrada.

Tanto en las parcelas de alta creatividad como en los efluvios humorísticos de corte bien popular, ya existentes en la literatura cubana de hoy, el escritor emprende la ruptura de la base argumental en los cinco relatos que componen el libro. Es consciente y está dispuesto al sacrificio, pues cree -en su rotunda imaginación- que así puede aparecer en toda su belleza formal el incisivo bisturí que sus intenciones políticas procuran y, echando abajo la estructura ingenieril con que crecería su obra, apuesta por el vacío para que se yergan las obsesiones detectivescas que lo agobian. Extraño “tour de force” en quien sabe manejar las armas tropológicas. Ni Rulfo con su brumosa Comala, ni Auster con su laberíntica Nueva York, pudieron concebir el levantamiento de sus obras destruyendo sus piedras angulares, al contrario, reforzando los cimientos fundacionales de sus historias lograron enriquecer circunstancias y puntos de vista multidimensionales que engrandecieron sus libros. Zequeira descompone el tiempo, el espacio, los conflictos, los ritmos, al propio narrador, los personajes y hasta las mismas expresiones que piensan o pronuncian. Incluso desconcentra cualquier concentración que el lector podría tener con los sucesos y martirizándolos halla la corrupción que le interesa: cómo la realidad cubana, enfocada en sus peores situaciones y dialogando con la realidad española, plasmada en apuntes de ilusorios proyectos y ligeros exabruptos disolventes, supera a las diez plagas de Egipto.

Apenas pasa una página en que no aparezca alguna relación directa o referencia obligada a la “perversión”, “aberración” y hasta “el abandono de toda esperanza” -subrayando infaustamente al Dante-, con que el artista desgarra la vida cubana. Tal conteo no tendría ninguna relevancia si ello no contribuyera a fulminar las temáticas vibrantes que se esbozan en la relación Cuba-España basada en los hechos que asumen los personajes. Pero Zequeira rehuye poner los dedos en el fuego de esos contenidos y ahoga la “palingenesia indiscutible” de la literatura que nos dio a “Pedro Páramo”, la “Trilogía de Nueva York” y tantos otros títulos más donde se desnudan las imprevisibles quemaduras con que las obras y sus creadores descifraron el enigma del oráculo. Quizás por la insistencia tan pertinaz en el trueque entre literatura y política que el autor ensaya, como si emulara con Montaigne, los diálogos interiores que fluyen copiosamente entre el narrador y los contrapuntos de los personajes, y que a tantos escritores, después de Joice, los llevaron a crear sofisticados hallazgos en la trama y sus intervinientes, se quedan sin la sustancia necesaria de relato en relato. Zequeira, en búsqueda incansable para superar esas técnicas, investiga cómo cimentar la suya entorpeciendo -continuamente- y -finalmente- diluyendo todas las historias que narra. Pero como debe sostenerlas con troncos fértiles, les aplica unas frecuentes digresiones que constituyen una recia celebración de la palabra.

Consciente o no del riesgo por el que se adentra su dilema literario-político, Zequeira se acoge a su libre vendaval anticomunista y azota a la añorada isla, pero ya los vientos están pasados por el tamiz de una escandalosa ingenuidad del escritor y decaen. Por suerte -o por la intrepidez de su talento con la escritura barroca-, emergen con abundante resonancia las mejores intuiciones de su creatividad. Así, él eleva al máximo disfrute de la sintaxis la conversión del “misterio insondable de la arquitectura” en la Catedral de Santiago de Compostela a una masturbación lésbica en un destartalado tren que cubre el trayecto Camagüey-La Habana, y entre otros ágiles detalles, pasando por Lutero, el Muro de Berlín y una sueca venida a menos, se destaca “la locomotora Rocket de vapor, diseñada y construida en 1829 por George y Robert Stephenson, padre e hijo, como un homenaje anticipado a los Beatles”, que luego en términos sexuales será un “juego bucal con la locomotora de Liverpool”. Pero, ¿es el “vaso de whisky” que cubre el trayecto Madrid-Santander, porque “los trenes funcionan bien”, la metáfora de la España contemporánea? No, es más bien la caricatura ideal que alienta las constantes del “sexo”, “el viaje” y otras controversias entre Cuba y España que recorren el libro y donde sale a flote la inmensa cadencia del verbo que Zequeira domina con inusitada perfección. Y con esta, como toque eufórico y deprimido de un escritor que busca donde arraigar sus delirios, se desvaloriza la relación entre los dos países y aquello de que en Cuba “la vida entera se ha convertido en una gran mierda” resulta el mayor -y el peor- lugar común de todas las historias. Con tales desatinos se sirve en bandeja al lector la extenuación para que llame a Billie Holiday “por su verdadero nombre, Eleanora Fagan”.

Zequeira abusa del furor informativo en la expansiva ironía que le es tan grata, en el cáustico humor de su arsenal lingüístico, e increíblemente enmaraña, con pueril vehemencia en los espejos de la cultura universal, el saber enciclopédico junto al desbordante y retador ánimo lexical que cultiva, y culmina su ardua maniobra literaria haciendo desaparecer, sin la simbología del buen dinosaurio de Monterroso, a todos los personajes en un magma de sonambulismo donde está prohibido despertarlos. No obstante, se entiende que la literatura, “si lo es de verdad”, aunque se lleve a otros campos, nunca se corrompe del todo. Así, “Ópera Bufa” también destruye el repetitivo cuento de las “infernales” problemáticas cubanas. Y aquí merece Zequeira, aunque no lo exprese ni participe de tal ideario, una gran salvedad: tanto él como sus lectores, nada insípidos, saben que los infiernos son recurrentes donde quiera que estemos y que la isla también los tiene, pero, para gran suerte de su pueblo, con una bajísima dosis del horror que tanto espanta en América Latina y se esparce por el mundo llamado “libre”. Finalmente resulta curioso que Zequeira, en vez del Fígaro de Mozart, encuentre al barbero de Rossini, puesto que el primero eligió, de las dos comedias de Beaumarchais, aquella donde el punto de vista es el de los sirvientes, mientras que en la otra es el de la aristocracia. Quizás por ello el libro incita a erotizarnos en los cangilones del río Máximo a su paso por Sevilla con el tan disputado “café con leche”

jueves, 16 de febrero de 2017

El laberinto de la culpa

Si no entendemos que la vida pasa y siempre se lleva algunas alegrías para demandarnos otras, nos quedaremos sin palabras. Necesitamos compartir con amplios sectores de la población la creación de nuevos entusiasmos. De no conseguirlo, no seremos oídos, ni leídos y mucho menos tenidos en cuenta para que la verdad no sea tan aburrida y solamente nuestra. Nada nos aporta consagrar una unanimidad si nos expulsa del tiempo que vivimos. No aceptar la multiplicidad generada por la propia firmeza en los principios revolucionarios es estancar la gloria vivida. Cuba no creó escuálidas mentes parasitarias y siempre, mayores o menores, tendremos enemigos. De ahí la urgencia que sea la misma Revolución quien, por conciencia de sus razones e intentando librarse de todas sus corrupciones, reciba todos los pensamientos, argumentos, matices e inteligencias -definidos por la hondura de la honestidad-, que buscan entrar al bastión de la Patria porque sus corazones no le pueden permitir el silencio.

Igual que el sistema capitalista blinda su estabilidad con las llamadas democracias, su cuerpo jurídico y unas instituciones casi invulnerables, Cuba y su Revolución han de proteger su sistema de construcción socialista sin que nadie pueda torpedearlo con una iniciativa propietaria. Ya sabemos que es muy complicado establecerlo en medio de las transformaciones en curso donde podemos encontrar de todo, pero la necesidad de consolidar su estabilidad con todos sus defensores es proverbial, aunque al igual que en el otro sistema haya que enfrentar las encrucijadas peligrosas que nunca estarán ausentes de toda construcción humana.

No se puede estigmatizar a la Academia, a las voces discordantes o a unas nuevas generaciones con impulsos moncadistas. La Academia debe fortalecerse, la discordancia es una de sus raíces, y a los estrenados barbudos les seguirán creciendo las barbas. Si no organizamos los felices encuentros que necesitamos, toda la verdad en la que andamos nunca se reconocerá en un mutilado paisaje. De no asumir nuestro más riguroso compromiso con las ideas que nos nutren, Fidel nos lo seguirá recordando:“Esta Revolución puede destruirse; nosotros podemos destruirla, y sería culpa nuestra.”

Cuba existe por sus significados, y si estos no son bien compartidos, Cuba puede entrar, ya sea por rasgos de imposiciones arbitrarias o por vanidades intelectuales, a un laberinto de imprevisibles responsabilidades. Entonces la historia cubana -y sin que lo quiera ninguno de sus ejecutores-, producirá la culpa: que la formación social más alta conseguida por un país tercermundista -y sobrepasando en muchos aspectos a otros países engreídos del Primer Mundo-, se convierta en la fuerza más destructiva de una Revolución. Es por ahí donde cualquier teorización o belicismo con la supremacía del pensamiento revolucionario puede hacerse culpable. Y el pueblo cubano -un pueblo mil veces heroico-, jamás tenderá la mano a la culpa que suspenda la volátil fiesta de la vida.

sábado, 11 de febrero de 2017

Podemos puede triunfar si aprende en qué proceso de la lucha se halla

El debate de cuatro proyectos de trabajo, con distintos enfoques y candidatos, ocupa la actualidad de Podemos. La mayor parte de la prensa y gran parte de los militantes califican a este evento como rivalidad en la lucha por el poder. No debería considerarse nocivo para la salud democrática de las luchas populares que abunden proyectos y liderazgos para el triunfo de ellas. Tal paisaje es el mejor panorama para indicar la defensa de la libertad y los principios revolucionarios en las ideas de izquierda, pero este paisaje es torpedeado por el, llamémosle `exquisito', panorama de las fuerzas de la derecha con las incombustibles `unidad', `satisfacción', `seguridad en el poder' y `una batalla ganada'. Si la izquierda sigue creyendo que ya está en el momento crucial de abrirse al abanico de sus postulados más legítimos, la derecha seguirá venciéndola hasta en la más simple de sus decisiones, como puede ser el que no logre entender en qué proceso de su lucha se halla.

La experiencia de las luchas cubanas tiene mucho que aportarle a la izquierda mundial. Como dijo el Ché, “al imperialismo, ni un tantico así”, y cuando decimos `imperialismo' nos referimos a todo pensamiento acorde con él. El triunfo de la Revolución Cubana se debe a la fidelidad a ese principio guevarista que se sostiene en que la libertad y la democracia imperantes en el mundo de hoy solo existen para unos pocos potentados y sus servidores ya conformes con su vasallaje. Ese es el imperialismo y no solo quien lleva el nombre. Sin la liberación de esas cadenas de historias humanas, condenadas a la enajenación por el pensamiento imperialista, resulta imposible que pueda implantarse algún día la libertad y la democracia para todos los miembros de la sociedad.

La unidad, la fidelidad a un liderazgo bien visible y el seguimiento a una forma de lucha probada con el éxito de la simpatía colectiva son los aspectos fundamentales para la victoria de la izquierda. Si Podemos no lo practica será imposible que triunfe.

viernes, 10 de febrero de 2017

Jugando a ser inocentes (Notas a la película argentina `El ciudadano ilustre')

No siempre nos encontramos con películas que, en la caracterización y el proceso vital del personaje individual protagónico junto al entorno, compuesto de diversos personajes que conforman el antagonista colectivo, produzcan un cambio radical en el punto de vista del espectador como en esta magnífica obra fílmica que, más allá de sus méritos artísticos, nos invita a la reflexión, al debate y al dificilísimo trámite del diálogo para el cual, si predomina la sombra, la ingenuidad y las miserias humanas que pueden perseguirnos, los intervinientes no pueden efectuarlo.

Indagando en la tarea social del artista y en la interpelación con que le funciona la realidad, la historia contada por la película argentina es, cuando menos, un cuestionamiento de la asepsia del arte y su conveniente interpretación de los hechos. Debatirla puede ser muy energético si en él la verdad no se distorsiona en los diversos puntos de vista sobre la realidad. Si tal distorsión se produce, el debate se trunca y solo pellizca el diálogo.

Tenemos dos momentos claves: cuando el protagonista, ejerciendo de jurado en un concurso de pintura privilegia la realidad sobre el arte y premia un cuadro por una percepción que nadie percibió como artística, y cuando el pueblo, convencido del espanto en que su ilustre hijo lo concibe, comienza a realzar la cobardía y el cinismo del artista y lo caza como una vulgar rata del monte.

Argentina, un país con su primermundo agotado y en pleno ascenso tercermundista, vuelve a recrear su paradigma fundacional: el conflicto entre la civilización y la barbarie. Exprimiendo esta tragedia, el film explora la confusión general que vive el mundo con este conflicto y lo ejemplifica con el abandono y la marginación con que las políticas mercantiles enajenan al pueblo. Ello explica el desvarío intelectual del artista con sus ficciones. ¿Es que todo puede ser, manejando magistralmente el suspenso, una jugarreta del arte con la verdad que, al ignorarla, nos expulsa de la realidad?

miércoles, 8 de febrero de 2017

Nuestra libertad es verdadera (Comentario abierto a Javier Gómez Sánchez en su post “Una respuesta para La Joven Cuba” publicado en el blog La pupila insomne)


Compañero Javier -sin el más mínimo retintín-, e igual a como estimo y quiero a Jose, de Cubainformación de Euskadi, a Iroel, a Luque, a Enrique, Desiderio y a muchos más que publican en La pupila insomne, a Harold, a Jimmy, a René Fidel y a otros que publican en LJC, o a Julio César Guanche, que ha estado, o está, hace un tiempo que no sé de él, publicando en Cuba Posible, uso el mismo término para todos, y ahora, Javier, para compartir contigo mi criterio de que este intercambio de opiniones en que nos involucramos no es ningún juicio.
Sé perfectamente la posible inconveniencia que mi posición puede generar, ya que algunos pueden dar por hecho que me sitúo en “el centro” de todos los nombrados, pero no es así, para nada es así, y nunca he dejado de tenerlo bien claro: estoy junto al Partido Comunista Cubano, junto al Gobierno Cubano, junto a todas sus organizaciones e instituciones y, sobre todo, junto al Pueblo Cubano, el máximo garante de la Revolución Cubana. Todo lo que me aparte de esto, lo rechazo, pues no encuentro ninguna salida para Cuba fuera de lo que la hace tan inmensamente hermosa y posible en medio del desastre mundial. Y como es natural, ello incluye también hasta los que se equivocan según mis reflexiones, porque, sencillamente, los considero revolucionarios y para nada contrarrevolucionarios. Pienso que ahora, más que en cualquier otro momento de nuestra historia, el valor de la individualidad sale reforzado en su compromiso con los significados de Cuba. Y decir individualidad con estos significados es reconocernos en nuestras capacidades para el diálogo imprescindible que en muchos aspectos nos demanda la actualidad cubana. Todo lo demás -estimo-, es residual.
Creo, y escribí, que el post de Luque “Un episodio censurable”, a raíz de publicarse en La pupila la versión original de tu artículo “Las páginas de la Revolución (Texto completo en su versión original)”, debía servir para ese diálogo y si no servía, no era lo que necesitábamos. Te digo a ti, Javier, lo mismo que le escribí a Harold a raíz de que él publicara en LJC “El pretexto de la censura”, su versión del asunto: Debemos alegrarnos que resolvamos, aunque no sea la mejor forma que -estimo-, has elegido para celebrar la alegría del diálogo que efectúas. Lo más fructífero -estimo- hubiera sido un debate acordado también con Iroel, de manera que entre los dos blogs, La pupila y LJC, se manifestaran ampliamente los argumentos que amerita la ocasión.
Seguramente, Javier, como nos puede pasar a todos en cualquier momento, olvidas algo. Para mí, en todo lo que tratas, es de puntual recuerdo tu artículo, bastante reciente y publicado en LJC, “La unidad necesaria”. Sobre él, o con él, pues te cité completo, escribí mi artículo-análisis “Las rosas cubanas”(Cubainformación, 26 de octubre de 2016). En él te rebatía prácticamente toda tu argumentación en cuanto a la unidad revolucionaria, el Partido, el Gobierno, la Prensa, la Política, los “independientes” de “barrio” o de la misma LJC por la que exponías todo lo que escribiste en ese post y que, para mí, resultó totalmente equivocado. Pero no por eso dejé de entender que eras un compañero. Ahora, cuando tú respondes a Harold como lo haces, te sigo teniendo como un compañero en la misma tesitura que lo tengo a él. Ambos tienen unos puntos de vista diferentes a los míos y ello no impide que podamos trabajar juntos por Cuba. Posiblemente tú tengas ahora la razón y Harold esté equivocado, pero posiblemente también pueda ser al revés, y yo, entre ustedes dos, el más equivocado, pero los tres estamos en el mismo frente. En fin, amigo mío, la Revolución Cubana nos dio y nos sigue dando el mayor privilegio del mundo: nuestra libertad es verdadera, con todas las satisfacciones y consecuencias de creerlo.

domingo, 5 de febrero de 2017

Análisis, críticas y propuestas para Cuba


Para nadie es un secreto la difícil realidad cubana y la complejidad de su solución. Múltiples preguntas rondan a muchos cubanos: ¿Cuándo se arreglará esto? ¿Tendré algún futuro, o presente? ¿Qué quiero cambiar? ¿Contra quién voy a luchar, o contra qué? ¿En algún país puede uno saltarse la disciplina que se debe a la responsabilidad aceptada? ¿Quién soy, o de dónde vengo? ¿Debo hacerme preguntas más sencillas? ¿Por qué los sacrificados médicos y todo el personal sanitario cubano no tienen el salario justo, necesario y adecuado que les pertenece? ¿Por qué los sacrificados maestros y todo el personal de la enseñanza no tienen lo mismo? ¿Y por qué también no lo tienen los sacrificados pensionistas, los científicos, los ingenieros, los arquitectos, los trabajadores de la construcción, los campesinos, los que limpian las calles y los baños públicos, los artistas, los deportistas de alto rendimiento, los dirigentes, los periodistas y todos los trabajadores cubanos sin excepción para que los jóvenes puedan estudiar en paz y los niños jugar sin que nada les quite la sonrisa? ¿Todo eso es posible en el país que continúa acosado por un mundo donde su mayor poder quiere destruirlo con unas cuantas noticias? ¿Acaso la gran interrogación está en entender que ante la catastrófica crisis del sistema capitalista mundial solo cabe nombrar al socialismo como única salida? ¿Cuba es fiel a esa encrucijada, o es que el socialismo cubano va con el ritmo de sus posibilidades? ¿Qué valor tiene mi individualidad? ¿Haga lo que haga, y que solo me corresponde a mí la decisión, es necesariamente lo que debe hacer el país?

No es ningún misterio para nadie que la economía cubana no acaba de levantarse y en el pueblo hierve su adquirido derecho a la máxima reclamación de respeto a su dignidad. Pero en una revolución acosada ningún derecho puede mantenerse sin conquistarlo diariamente. No basta el milagro de enunciarlo. Y si queremos convencer con las soluciones que ofrecemos, hay que explicarlas aunque muchos no quieran oír. Una vez, dos veces, tres, todas las que haga falta y hasta que dejemos de respirar solo es válida la explicación si no queremos quedarnos sin ninguna.

No hay otra Cuba a pesar de su dilatado desgaste, y si esta tierra de tantos significados gracias a tantas personas, y sobre todo a su Partido, su Gobierno, sus organizaciones populares y gremiales, sus instituciones, y todo aquello que ayudó a desarrollar el triunfo revolucionario de 1959 para que el país fuera realmente un país con su pueblo, si todo eso no lo defendemos y lo continuamos en la base a que ha llegado y no en la abstracción de los ideales, Cuba caerá. Y para que no caiga, nuestra individualidad debe explicarse en la colectividad del país. Tal vez sea ello nuestra mayor libertad en el compromiso con los significados de Cuba. En el curso de la Revolución es muy visible, más allá del fruto de la generación histórica, el trabajo conjunto de múltiples generaciones para llegar, a pesar del acoso y entre errores y rectificaciones, a la actualidad donde otras generaciones se dispongan a lo mismo.

Todo lo que podamos hacer en bien de Cuba es el más honesto y enriquecedor tributo a nuestra historia, pero jamás pensemos que por la incertidumbre en la falta de comunicación y por la falacia de la efectividad del envite entre nosotros mismos, un análisis, una crítica, una propuesta o aquello que se nos pueda ocurrir, por más brillante que sea, para nombrar la realidad y las soluciones del país tendrán algún sentido si no mantienen a la Revolución en pie a pesar de sus apuros. ¿O es que, sin atrevernos a nuevos esfuerzos y extenuada la imaginación, hemos decidido que Cuba caiga? ¿Sabemos adónde irá? ¿Existe un refugio sideral para la isla? ¿Qué salvamos o contribuimos a salvar? Vivimos el tiempo más urgente de nuestra individualidad. El país nos convoca a su altura y su dolor en todo lo que escribimos y hacemos. Es la única manera de saber, sin el veto de los sueños, qué capacidades tenemos para Cuba.