domingo, 12 de marzo de 2017

La pregunta y la respuesta de los cubanos en el 2018


Querer juzgar la obra de la Revolución Cubana sin enterarse de lo que pasa en el mundo podría convertirse en un malogrado cotilleo. Más o menos se sabe -con mayor o menor emoción-, por los que frisamos los 70 años de edad y por los que no llegan a los 20- que en Cuba, a pesar de sus faltantes, deterioros y verdaderas agonías, -estas últimas, sobre todo, porque prácticamente habían desaparecido gracias a la Revolución-, la vida cotidiana de los cubanos discurre sin la presión vital que ahoga a tantos otros pueblos. No obstante, sabemos que esa cotidianidad cada día se va convirtiendo en un toma y daca con el gobierno que cada vez más se torna en una reciprocidad con peligro de alto voltaje. También se sabe que, precisamente, por existir en Cuba una revolución es que se puede exigir que todo debe mejorarse. Y solo hay una forma de lograrlo: mediante la persistencia de que el trabajo sirva para ello y porque esté ubicado allí donde realmente funcione para las mayorías y no con la prisa puesta para el beneficio de algunos potentados y de una clase media que ya empieza a reclamar lo suyo con indiferencia si a los de más abajo también le llega. Es que si no se comprende que la Revolución Cubana trata de esa complejidad, la confusión en el campo de batalla es general, y es en este campo tan amplio del pueblo donde se triunfa o se muere, como dijo el Ché sobre las revoluciones verdaderas. De ahí el error de sentenciar como un chantaje a quien exprese preferencia por un criterio de Fidel al de otros. Por supuesto que es una revelación de fe en quien dirigió la victoria revolucionaria cubana, pero jamás quien discrepe de él ha de verlo como una camisa de fuerza, ya que si así lo hace lo convertirá en una amenaza, y entonces sí, independientemente de quien lo esgrima y en quien se apoye, todo criterio será un chantaje al pensamiento.
Seguramente, y ahora se está hablando bastante de ello, la Revolución Cubana ha cometido y seguirá cometiendo múltiples errores políticos, económicos, culturales, comunicacionales y en toda la metralla que se le quiera enviar. Seguro que en su accionar autoritario -como ya es el término que crece para ocuparse de ella- son muchos los errores que comete quien ostente el atrevimiento de concebir una sociedad distinta a la que el mundo le ofrece y, como si ya fuera poco, exalta como un deber sagrado la solidaridad con los más pobres de un planeta que ya pasa del desquiciamiento civilizatorio para erigirse muy cerca del Apocalipsis bíblico. Se sabe -porque se ha dicho muchas veces-, que son innegables los errores en todos los ámbitos por donde pasa la Revolución. Son hechos reales que, en muchas ocasiones, se han rectificado y han llegado a formar parte de un sufrido pasado y un deslumbrante presente, y en muchas otras ocasiones los errores se han aletargado y aún embisten, pero a ninguno se les ha quitado fuelle para que no se resuelvan. Los errores en Cuba son de verdad y no trágicos ditirambos ahogados con gases lacrimógenos como sucede en tantos sitios de este mundo.
A los corruptos, la Revolución no ha dejado nunca de perseguirlos, aún cuando alguno o varios pudieron escapar y siguen haciéndolo. Todo es cierto y en cada cubano ha estado y está la suficiente sensibilidad para exponerlos y denunciarlos. Que no siempre fueron ni serán escuchados, también es cierto. Es que la Revolución, y el pueblo cubano que se ha identificado con ella, nunca podrán ser el paraíso inexistente en la Tierra. El gran glamour con que frecuentemente choca la Revolución Cubana -una gesta que aún debate su existencia frente a unos poderes desnaturalizados a nivel mundial-, está en las voces que siempre -y ahora con reforzamiento de altavoces-, le demandan lo que Dios pidió a Abraham que hiciese con su hijo: una prueba ontológica para ampararlo. Como al profeta, el autoritarismo se lo requirió a la Revolución el mismo Dios, o sea, la historia, las circunstancias de las luchas populares, y por algo que le urgía obtener sin ninguna duda: unas conquistas sociales que afectarían la gran propiedad privada. ¿O es que podemos negar que el mayor autoritarismo reside en la mercantilización del mundo impuesto por el capitalismo para impedir un cambio de sistema? Por ello ninguna revolución es glamurosa y siempre tendrá la espada de Damocles sobre ella.
¿Ahora se está queriendo y se piensa conseguir el glamour del paraíso, o al menos la realidad estimada como normal en el entorno latinoamericano con bienestar popular, política, economía, cultura, medios masivos de comunicación, libertades, derechos humanos y otros asuntos muy destacados para las mayorías cuando Cuba termine de ser dirigida por la generación histórica que fundó la Revolución y lo sea por aquellos que dentro de muy poco ocuparán esa responsabilidad? Seguramente que no, y por una cuestión muy sencilla: el glamour de las normalidades -no hablemos del paraíso-, esta vedado para las grandes mayorías mientras una revolución verdadera no triunfe por esos lares. ¿O se pretende situar a Cuba en la geografía nórdica o primermundista? Seguramente que tampoco, e igual por algo muy simple: los nórdicos y los primermundistas -no siendo la solidaridad su mejor virtud y mucho menos ahora que también a ellos les ha empezado a escasear el bienestar- compartirán muy poco a no ser que reciban por ello los frutos de la compraventa, la corrupción y las limosnas.
Dadas las delicadas y sumamente importantes situaciones a que Cuba se verá abocada el próximo año, la divulgación de los significados de la Revolución como procesos humanos que, ya de por sí conflictivos, aumentan su conflictividad por el mundo hostil que los cercan, se hace impostergable. Si se llega a los sucesos venideros con un pueblo desarmado de razones, se le tendrá organizada a los enemigos de siempre la fiesta que ya están ensayando. Es cierto que los revolucionarios no siempre somos lo suficientemente amables entre nosotros mismos y que el valioso trabajo del análisis crítico no pasa por su mejor desenvolvimiento. Pero también es cierta la encendida polémica entre los llamados oficialistas, a quienes se les tilda de extremistas, y los llamados alternativos, indicados como centristas o hipercríticos. A veces las dos miradas son dominadas por la ceguera. Por suerte, no reflejan una lucha por el poder en Cuba ante el inminente traspaso de poderes, pero sí que la alimentarán si no se percatan de que ese es el objetivo de las fuerzas externas junto a la autotitulada disidencia interna. Quizás saberlo sea suficiente para no convertir en héroes a los Testigos de Jehová porque estos nos reciben en los malos momentos, como tampoco para visitar las casas especializadas en otros jardines para sembrar lo que no se nos deja cultivar en las nuestras. A la larga nos serán adversos si decidimos compartir todas nuestras semillas. ¿O es que solo cuentan las de ellos? Si nos va a pasar lo mismo que ya tenemos en casa, ¿para qué recibir o visitar a los extraños?
En tiempos tan cruciales para Cuba, la elección entre un socialismo autoritario y un socialismo más humano es una patraña para anularnos. El rostro humano de la vida es una balanza donde las contradicciones se endulzan y nadie ignora que las dulzuras del capitalismo son decididas por y para unos pocos. El Socialismo en Cuba no puede ser un hechizo iluminado en un santuario ni una restregada paroxística en un parque, y aunque su construcción esté plagada de múltiples sacudidas, solo será socialista si estas son dadas por las grandes mayorías y su dirección es el destino natural de la civilización humana: la renovación perpetua sin desaparecer en los pantanos de la inocencia. Levantar sociedades humanas de la ruindad y el vacío en que se encuentran repartidas por todo el orbe será siempre la cúspide de los soñadores y los realistas que desafían a las nubes y a las ventoleras para llegar a ella. Si el pensamiento mayoritario es ese, se verán las caras de su construcción, y entre soñadores y realistas se mirará en el 2018 cómo está la montaña que vimos en 1959. Será de ellos la Revolución, la pregunta sobre cuál es la tierra más buena para todos sin estar en el limbo, y también de ellos será la respuesta, y los trabajos y los días y las metamorfosis y los eclipses y los sueños y las realidades imprescindibles para alcanzar la cumbre.

martes, 28 de febrero de 2017

Los dedos en el fuego (Notas críticas sobre un libro entre Cuba y España)

Cuenta el libro de cuentos “Ópera Bufa” (Editorial Pliegos. Madrid, 2016), del escritor cubano Rafael Zequeira Ramírez, con todas las herramientas de un culto orfebre del lenguaje y de un creador temerario con la narrativa. Ambas profesiones buscan revelar, según sus platos precocinados, la atmósfera ruinosa donde se desenvuelven los ambientes coloquiales cubanos junto a ciertas posturas españolas. Lejos de que el autor recree la cotidianidad conflictiva en el juego satírico cubano en relación con el español, su dirección se acerca a la lujuriosa marcha de la diatriba anticubana puesta en un atractivo panorama de la antigua metrópolis y que le funciona como comodín del librepensamiento contra Cuba. Justamente por las verificaciones “cansadas y aburridas con la cubanología”, el talento literario del escritor expande la frondosidad de un estilo que, rozando la pomposidad con la sabiduría, se tuerce y da vida a una criatura bipolar. Posiblemente por ese rictus de sufrimiento que percibo en el libro, escribo estas notas. Creo que los cubanos debemos aprender la utilidad de buscarnos más, aunque sea a través de encuentros fortuitos, como lo son una de las constantes de esta obra.

Podemos leer en la contraportada del libro que “su mayor mérito consiste en presentar de forma amena, incluso entretenida, esa realidad de ruina, vacío y desilusión, en que se ha convertido la vida cubana de las últimas décadas, entretejida con personajes e historias de la España contemporánea”. No resultaría contraproducente con este “mérito” si no observáramos un serio interés en hacer una autopsia, lo más amplia posible, a la “inutilidad” de la Revolución Cubana sin tocar de frente y con los ojos abiertos la realidad española. Asimismo puede verse que amenidad y entretenimiento se erosionan por la exacerbación de conocimientos alrededor de los hechos narrados. Cuando se sigue leyendo en el mismo sitio que “la literatura, si lo es de verdad, tiene sus propios objetivos y caminos; la política, los suyos, y casi nunca resulta afortunado mezclarlos de tal forma que acaben convertidos en un café con leche insípido”, puede entenderse que Zequeira sabe, como todos sabemos, que si se escribe ficción sobre Cuba para condenarla -o alabarla-, la contaminación de la literatura con la política está garantizada y solo hay que esquivar la insipidez mediante un suculento experimento literario para que el “café con leche” salga distinto y no la mezcla que él degrada.

Tanto en las parcelas de alta creatividad como en los efluvios humorísticos de corte bien popular, ya existentes en la literatura cubana de hoy, el escritor emprende la ruptura de la base argumental en los cinco relatos que componen el libro. Es consciente y está dispuesto al sacrificio, pues cree -en su rotunda imaginación- que así puede aparecer en toda su belleza formal el incisivo bisturí que sus intenciones políticas procuran y, echando abajo la estructura ingenieril con que crecería su obra, apuesta por el vacío para que se yergan las obsesiones detectivescas que lo agobian. Extraño “tour de force” en quien sabe manejar las armas tropológicas. Ni Rulfo con su brumosa Comala, ni Auster con su laberíntica Nueva York, pudieron concebir el levantamiento de sus obras destruyendo sus piedras angulares, al contrario, reforzando los cimientos fundacionales de sus historias lograron enriquecer circunstancias y puntos de vista multidimensionales que engrandecieron sus libros. Zequeira descompone el tiempo, el espacio, los conflictos, los ritmos, al propio narrador, los personajes y hasta las mismas expresiones que piensan o pronuncian. Incluso desconcentra cualquier concentración que el lector podría tener con los sucesos y martirizándolos halla la corrupción que le interesa: cómo la realidad cubana, enfocada en sus peores situaciones y dialogando con la realidad española, plasmada en apuntes de ilusorios proyectos y ligeros exabruptos disolventes, supera a las diez plagas de Egipto.

Apenas pasa una página en que no aparezca alguna relación directa o referencia obligada a la “perversión”, “aberración” y hasta “el abandono de toda esperanza” -subrayando infaustamente al Dante-, con que el artista desgarra la vida cubana. Tal conteo no tendría ninguna relevancia si ello no contribuyera a fulminar las temáticas vibrantes que se esbozan en la relación Cuba-España basada en los hechos que asumen los personajes. Pero Zequeira rehuye poner los dedos en el fuego de esos contenidos y ahoga la “palingenesia indiscutible” de la literatura que nos dio a “Pedro Páramo”, la “Trilogía de Nueva York” y tantos otros títulos más donde se desnudan las imprevisibles quemaduras con que las obras y sus creadores descifraron el enigma del oráculo. Quizás por la insistencia tan pertinaz en el trueque entre literatura y política que el autor ensaya, como si emulara con Montaigne, los diálogos interiores que fluyen copiosamente entre el narrador y los contrapuntos de los personajes, y que a tantos escritores, después de Joice, los llevaron a crear sofisticados hallazgos en la trama y sus intervinientes, se quedan sin la sustancia necesaria de relato en relato. Zequeira, en búsqueda incansable para superar esas técnicas, investiga cómo cimentar la suya entorpeciendo -continuamente- y -finalmente- diluyendo todas las historias que narra. Pero como debe sostenerlas con troncos fértiles, les aplica unas frecuentes digresiones que constituyen una recia celebración de la palabra.

Consciente o no del riesgo por el que se adentra su dilema literario-político, Zequeira se acoge a su libre vendaval anticomunista y azota a la añorada isla, pero ya los vientos están pasados por el tamiz de una escandalosa ingenuidad del escritor y decaen. Por suerte -o por la intrepidez de su talento con la escritura barroca-, emergen con abundante resonancia las mejores intuiciones de su creatividad. Así, él eleva al máximo disfrute de la sintaxis la conversión del “misterio insondable de la arquitectura” en la Catedral de Santiago de Compostela a una masturbación lésbica en un destartalado tren que cubre el trayecto Camagüey-La Habana, y entre otros ágiles detalles, pasando por Lutero, el Muro de Berlín y una sueca venida a menos, se destaca “la locomotora Rocket de vapor, diseñada y construida en 1829 por George y Robert Stephenson, padre e hijo, como un homenaje anticipado a los Beatles”, que luego en términos sexuales será un “juego bucal con la locomotora de Liverpool”. Pero, ¿es el “vaso de whisky” que cubre el trayecto Madrid-Santander, porque “los trenes funcionan bien”, la metáfora de la España contemporánea? No, es más bien la caricatura ideal que alienta las constantes del “sexo”, “el viaje” y otras controversias entre Cuba y España que recorren el libro y donde sale a flote la inmensa cadencia del verbo que Zequeira domina con inusitada perfección. Y con esta, como toque eufórico y deprimido de un escritor que busca donde arraigar sus delirios, se desvaloriza la relación entre los dos países y aquello de que en Cuba “la vida entera se ha convertido en una gran mierda” resulta el mayor -y el peor- lugar común de todas las historias. Con tales desatinos se sirve en bandeja al lector la extenuación para que llame a Billie Holiday “por su verdadero nombre, Eleanora Fagan”.

Zequeira abusa del furor informativo en la expansiva ironía que le es tan grata, en el cáustico humor de su arsenal lingüístico, e increíblemente enmaraña, con pueril vehemencia en los espejos de la cultura universal, el saber enciclopédico junto al desbordante y retador ánimo lexical que cultiva, y culmina su ardua maniobra literaria haciendo desaparecer, sin la simbología del buen dinosaurio de Monterroso, a todos los personajes en un magma de sonambulismo donde está prohibido despertarlos. No obstante, se entiende que la literatura, “si lo es de verdad”, aunque se lleve a otros campos, nunca se corrompe del todo. Así, “Ópera Bufa” también destruye el repetitivo cuento de las “infernales” problemáticas cubanas. Y aquí merece Zequeira, aunque no lo exprese ni participe de tal ideario, una gran salvedad: tanto él como sus lectores, nada insípidos, saben que los infiernos son recurrentes donde quiera que estemos y que la isla también los tiene, pero, para gran suerte de su pueblo, con una bajísima dosis del horror que tanto espanta en América Latina y se esparce por el mundo llamado “libre”. Finalmente resulta curioso que Zequeira, en vez del Fígaro de Mozart, encuentre al barbero de Rossini, puesto que el primero eligió, de las dos comedias de Beaumarchais, aquella donde el punto de vista es el de los sirvientes, mientras que en la otra es el de la aristocracia. Quizás por ello el libro incita a erotizarnos en los cangilones del río Máximo a su paso por Sevilla con el tan disputado “café con leche”

jueves, 16 de febrero de 2017

El laberinto de la culpa

Si no entendemos que la vida pasa y siempre se lleva algunas alegrías para demandarnos otras, nos quedaremos sin palabras. Necesitamos compartir con amplios sectores de la población la creación de nuevos entusiasmos. De no conseguirlo, no seremos oídos, ni leídos y mucho menos tenidos en cuenta para que la verdad no sea tan aburrida y solamente nuestra. Nada nos aporta consagrar una unanimidad si nos expulsa del tiempo que vivimos. No aceptar la multiplicidad generada por la propia firmeza en los principios revolucionarios es estancar la gloria vivida. Cuba no creó escuálidas mentes parasitarias y siempre, mayores o menores, tendremos enemigos. De ahí la urgencia que sea la misma Revolución quien, por conciencia de sus razones e intentando librarse de todas sus corrupciones, reciba todos los pensamientos, argumentos, matices e inteligencias -definidos por la hondura de la honestidad-, que buscan entrar al bastión de la Patria porque sus corazones no le pueden permitir el silencio.

Igual que el sistema capitalista blinda su estabilidad con las llamadas democracias, su cuerpo jurídico y unas instituciones casi invulnerables, Cuba y su Revolución han de proteger su sistema de construcción socialista sin que nadie pueda torpedearlo con una iniciativa propietaria. Ya sabemos que es muy complicado establecerlo en medio de las transformaciones en curso donde podemos encontrar de todo, pero la necesidad de consolidar su estabilidad con todos sus defensores es proverbial, aunque al igual que en el otro sistema haya que enfrentar las encrucijadas peligrosas que nunca estarán ausentes de toda construcción humana.

No se puede estigmatizar a la Academia, a las voces discordantes o a unas nuevas generaciones con impulsos moncadistas. La Academia debe fortalecerse, la discordancia es una de sus raíces, y a los estrenados barbudos les seguirán creciendo las barbas. Si no organizamos los felices encuentros que necesitamos, toda la verdad en la que andamos nunca se reconocerá en un mutilado paisaje. De no asumir nuestro más riguroso compromiso con las ideas que nos nutren, Fidel nos lo seguirá recordando:“Esta Revolución puede destruirse; nosotros podemos destruirla, y sería culpa nuestra.”

Cuba existe por sus significados, y si estos no son bien compartidos, Cuba puede entrar, ya sea por rasgos de imposiciones arbitrarias o por vanidades intelectuales, a un laberinto de imprevisibles responsabilidades. Entonces la historia cubana -y sin que lo quiera ninguno de sus ejecutores-, producirá la culpa: que la formación social más alta conseguida por un país tercermundista -y sobrepasando en muchos aspectos a otros países engreídos del Primer Mundo-, se convierta en la fuerza más destructiva de una Revolución. Es por ahí donde cualquier teorización o belicismo con la supremacía del pensamiento revolucionario puede hacerse culpable. Y el pueblo cubano -un pueblo mil veces heroico-, jamás tenderá la mano a la culpa que suspenda la volátil fiesta de la vida.

sábado, 11 de febrero de 2017

Podemos puede triunfar si aprende en qué proceso de la lucha se halla

El debate de cuatro proyectos de trabajo, con distintos enfoques y candidatos, ocupa la actualidad de Podemos. La mayor parte de la prensa y gran parte de los militantes califican a este evento como rivalidad en la lucha por el poder. No debería considerarse nocivo para la salud democrática de las luchas populares que abunden proyectos y liderazgos para el triunfo de ellas. Tal paisaje es el mejor panorama para indicar la defensa de la libertad y los principios revolucionarios en las ideas de izquierda, pero este paisaje es torpedeado por el, llamémosle `exquisito', panorama de las fuerzas de la derecha con las incombustibles `unidad', `satisfacción', `seguridad en el poder' y `una batalla ganada'. Si la izquierda sigue creyendo que ya está en el momento crucial de abrirse al abanico de sus postulados más legítimos, la derecha seguirá venciéndola hasta en la más simple de sus decisiones, como puede ser el que no logre entender en qué proceso de su lucha se halla.

La experiencia de las luchas cubanas tiene mucho que aportarle a la izquierda mundial. Como dijo el Ché, “al imperialismo, ni un tantico así”, y cuando decimos `imperialismo' nos referimos a todo pensamiento acorde con él. El triunfo de la Revolución Cubana se debe a la fidelidad a ese principio guevarista que se sostiene en que la libertad y la democracia imperantes en el mundo de hoy solo existen para unos pocos potentados y sus servidores ya conformes con su vasallaje. Ese es el imperialismo y no solo quien lleva el nombre. Sin la liberación de esas cadenas de historias humanas, condenadas a la enajenación por el pensamiento imperialista, resulta imposible que pueda implantarse algún día la libertad y la democracia para todos los miembros de la sociedad.

La unidad, la fidelidad a un liderazgo bien visible y el seguimiento a una forma de lucha probada con el éxito de la simpatía colectiva son los aspectos fundamentales para la victoria de la izquierda. Si Podemos no lo practica será imposible que triunfe.

viernes, 10 de febrero de 2017

Jugando a ser inocentes (Notas a la película argentina `El ciudadano ilustre')

No siempre nos encontramos con películas que, en la caracterización y el proceso vital del personaje individual protagónico junto al entorno, compuesto de diversos personajes que conforman el antagonista colectivo, produzcan un cambio radical en el punto de vista del espectador como en esta magnífica obra fílmica que, más allá de sus méritos artísticos, nos invita a la reflexión, al debate y al dificilísimo trámite del diálogo para el cual, si predomina la sombra, la ingenuidad y las miserias humanas que pueden perseguirnos, los intervinientes no pueden efectuarlo.

Indagando en la tarea social del artista y en la interpelación con que le funciona la realidad, la historia contada por la película argentina es, cuando menos, un cuestionamiento de la asepsia del arte y su conveniente interpretación de los hechos. Debatirla puede ser muy energético si en él la verdad no se distorsiona en los diversos puntos de vista sobre la realidad. Si tal distorsión se produce, el debate se trunca y solo pellizca el diálogo.

Tenemos dos momentos claves: cuando el protagonista, ejerciendo de jurado en un concurso de pintura privilegia la realidad sobre el arte y premia un cuadro por una percepción que nadie percibió como artística, y cuando el pueblo, convencido del espanto en que su ilustre hijo lo concibe, comienza a realzar la cobardía y el cinismo del artista y lo caza como una vulgar rata del monte.

Argentina, un país con su primermundo agotado y en pleno ascenso tercermundista, vuelve a recrear su paradigma fundacional: el conflicto entre la civilización y la barbarie. Exprimiendo esta tragedia, el film explora la confusión general que vive el mundo con este conflicto y lo ejemplifica con el abandono y la marginación con que las políticas mercantiles enajenan al pueblo. Ello explica el desvarío intelectual del artista con sus ficciones. ¿Es que todo puede ser, manejando magistralmente el suspenso, una jugarreta del arte con la verdad que, al ignorarla, nos expulsa de la realidad?

miércoles, 8 de febrero de 2017

Nuestra libertad es verdadera (Comentario abierto a Javier Gómez Sánchez en su post “Una respuesta para La Joven Cuba” publicado en el blog La pupila insomne)


Compañero Javier -sin el más mínimo retintín-, e igual a como estimo y quiero a Jose, de Cubainformación de Euskadi, a Iroel, a Luque, a Enrique, Desiderio y a muchos más que publican en La pupila insomne, a Harold, a Jimmy, a René Fidel y a otros que publican en LJC, o a Julio César Guanche, que ha estado, o está, hace un tiempo que no sé de él, publicando en Cuba Posible, uso el mismo término para todos, y ahora, Javier, para compartir contigo mi criterio de que este intercambio de opiniones en que nos involucramos no es ningún juicio.
Sé perfectamente la posible inconveniencia que mi posición puede generar, ya que algunos pueden dar por hecho que me sitúo en “el centro” de todos los nombrados, pero no es así, para nada es así, y nunca he dejado de tenerlo bien claro: estoy junto al Partido Comunista Cubano, junto al Gobierno Cubano, junto a todas sus organizaciones e instituciones y, sobre todo, junto al Pueblo Cubano, el máximo garante de la Revolución Cubana. Todo lo que me aparte de esto, lo rechazo, pues no encuentro ninguna salida para Cuba fuera de lo que la hace tan inmensamente hermosa y posible en medio del desastre mundial. Y como es natural, ello incluye también hasta los que se equivocan según mis reflexiones, porque, sencillamente, los considero revolucionarios y para nada contrarrevolucionarios. Pienso que ahora, más que en cualquier otro momento de nuestra historia, el valor de la individualidad sale reforzado en su compromiso con los significados de Cuba. Y decir individualidad con estos significados es reconocernos en nuestras capacidades para el diálogo imprescindible que en muchos aspectos nos demanda la actualidad cubana. Todo lo demás -estimo-, es residual.
Creo, y escribí, que el post de Luque “Un episodio censurable”, a raíz de publicarse en La pupila la versión original de tu artículo “Las páginas de la Revolución (Texto completo en su versión original)”, debía servir para ese diálogo y si no servía, no era lo que necesitábamos. Te digo a ti, Javier, lo mismo que le escribí a Harold a raíz de que él publicara en LJC “El pretexto de la censura”, su versión del asunto: Debemos alegrarnos que resolvamos, aunque no sea la mejor forma que -estimo-, has elegido para celebrar la alegría del diálogo que efectúas. Lo más fructífero -estimo- hubiera sido un debate acordado también con Iroel, de manera que entre los dos blogs, La pupila y LJC, se manifestaran ampliamente los argumentos que amerita la ocasión.
Seguramente, Javier, como nos puede pasar a todos en cualquier momento, olvidas algo. Para mí, en todo lo que tratas, es de puntual recuerdo tu artículo, bastante reciente y publicado en LJC, “La unidad necesaria”. Sobre él, o con él, pues te cité completo, escribí mi artículo-análisis “Las rosas cubanas”(Cubainformación, 26 de octubre de 2016). En él te rebatía prácticamente toda tu argumentación en cuanto a la unidad revolucionaria, el Partido, el Gobierno, la Prensa, la Política, los “independientes” de “barrio” o de la misma LJC por la que exponías todo lo que escribiste en ese post y que, para mí, resultó totalmente equivocado. Pero no por eso dejé de entender que eras un compañero. Ahora, cuando tú respondes a Harold como lo haces, te sigo teniendo como un compañero en la misma tesitura que lo tengo a él. Ambos tienen unos puntos de vista diferentes a los míos y ello no impide que podamos trabajar juntos por Cuba. Posiblemente tú tengas ahora la razón y Harold esté equivocado, pero posiblemente también pueda ser al revés, y yo, entre ustedes dos, el más equivocado, pero los tres estamos en el mismo frente. En fin, amigo mío, la Revolución Cubana nos dio y nos sigue dando el mayor privilegio del mundo: nuestra libertad es verdadera, con todas las satisfacciones y consecuencias de creerlo.

domingo, 5 de febrero de 2017

Análisis, críticas y propuestas para Cuba


Para nadie es un secreto la difícil realidad cubana y la complejidad de su solución. Múltiples preguntas rondan a muchos cubanos: ¿Cuándo se arreglará esto? ¿Tendré algún futuro, o presente? ¿Qué quiero cambiar? ¿Contra quién voy a luchar, o contra qué? ¿En algún país puede uno saltarse la disciplina que se debe a la responsabilidad aceptada? ¿Quién soy, o de dónde vengo? ¿Debo hacerme preguntas más sencillas? ¿Por qué los sacrificados médicos y todo el personal sanitario cubano no tienen el salario justo, necesario y adecuado que les pertenece? ¿Por qué los sacrificados maestros y todo el personal de la enseñanza no tienen lo mismo? ¿Y por qué también no lo tienen los sacrificados pensionistas, los científicos, los ingenieros, los arquitectos, los trabajadores de la construcción, los campesinos, los que limpian las calles y los baños públicos, los artistas, los deportistas de alto rendimiento, los dirigentes, los periodistas y todos los trabajadores cubanos sin excepción para que los jóvenes puedan estudiar en paz y los niños jugar sin que nada les quite la sonrisa? ¿Todo eso es posible en el país que continúa acosado por un mundo donde su mayor poder quiere destruirlo con unas cuantas noticias? ¿Acaso la gran interrogación está en entender que ante la catastrófica crisis del sistema capitalista mundial solo cabe nombrar al socialismo como única salida? ¿Cuba es fiel a esa encrucijada, o es que el socialismo cubano va con el ritmo de sus posibilidades? ¿Qué valor tiene mi individualidad? ¿Haga lo que haga, y que solo me corresponde a mí la decisión, es necesariamente lo que debe hacer el país?

No es ningún misterio para nadie que la economía cubana no acaba de levantarse y en el pueblo hierve su adquirido derecho a la máxima reclamación de respeto a su dignidad. Pero en una revolución acosada ningún derecho puede mantenerse sin conquistarlo diariamente. No basta el milagro de enunciarlo. Y si queremos convencer con las soluciones que ofrecemos, hay que explicarlas aunque muchos no quieran oír. Una vez, dos veces, tres, todas las que haga falta y hasta que dejemos de respirar solo es válida la explicación si no queremos quedarnos sin ninguna.

No hay otra Cuba a pesar de su dilatado desgaste, y si esta tierra de tantos significados gracias a tantas personas, y sobre todo a su Partido, su Gobierno, sus organizaciones populares y gremiales, sus instituciones, y todo aquello que ayudó a desarrollar el triunfo revolucionario de 1959 para que el país fuera realmente un país con su pueblo, si todo eso no lo defendemos y lo continuamos en la base a que ha llegado y no en la abstracción de los ideales, Cuba caerá. Y para que no caiga, nuestra individualidad debe explicarse en la colectividad del país. Tal vez sea ello nuestra mayor libertad en el compromiso con los significados de Cuba. En el curso de la Revolución es muy visible, más allá del fruto de la generación histórica, el trabajo conjunto de múltiples generaciones para llegar, a pesar del acoso y entre errores y rectificaciones, a la actualidad donde otras generaciones se dispongan a lo mismo.

Todo lo que podamos hacer en bien de Cuba es el más honesto y enriquecedor tributo a nuestra historia, pero jamás pensemos que por la incertidumbre en la falta de comunicación y por la falacia de la efectividad del envite entre nosotros mismos, un análisis, una crítica, una propuesta o aquello que se nos pueda ocurrir, por más brillante que sea, para nombrar la realidad y las soluciones del país tendrán algún sentido si no mantienen a la Revolución en pie a pesar de sus apuros. ¿O es que, sin atrevernos a nuevos esfuerzos y extenuada la imaginación, hemos decidido que Cuba caiga? ¿Sabemos adónde irá? ¿Existe un refugio sideral para la isla? ¿Qué salvamos o contribuimos a salvar? Vivimos el tiempo más urgente de nuestra individualidad. El país nos convoca a su altura y su dolor en todo lo que escribimos y hacemos. Es la única manera de saber, sin el veto de los sueños, qué capacidades tenemos para Cuba.

miércoles, 25 de enero de 2017

Corresponde al mundo que Trump no decida la historia del Orden Mundial



Palo, zanahoria y palo: siempre ha sido así la grandeza imperial de los EEUU. Con la Revolución Cubana se frustró ese banquete. Y en algunos espacios de historia otros también lo frustraron. Hoy, con la fuerza mermada en la realidad publicitada de sus manjares, el nuevo presidente de los EEUU busca en su rebaño y le declara la guerra a los propios medios que hasta ahora nos servían el banquete. ¿Esto no será una coartada ya preparada entre Trump y los medios para el pacto necesario con el palo? Atención: en cualquier momento las aguas turbias del desconcierto pueden volver a su cauce y el rebaño del mundo, como tantas veces ha hecho, se acomodará a los EEUU.

Obama fue aupado para suavizar la mirada hacia su país por los grandes riesgos en que las fechorías de Bush pusieron al imperio. Obama humilló la condición humana haciéndole creer a muchos que EEUU era su única salvación. Millones de personas le ofrecieron sus respetos, sus premios, y así se hicieron inferiores a los EEUU e impotentes ante su sistema. Todavía muchísimos cifran sus esperanzas en que los propios EEUU, con sus grandes medios, su democracia, su libertad y su grandeza, todo lo que parece ya no funcionarle, les arreglará sus problemas con Trump.

Dice Trump que “ya no repartirán sus riquezas”. ¿Es que alguna vez las repartieron? Tal vez sea ese el mayor peligro que nos acecha: creer que las zanahorias de Obama con sus gestos ladinos, obligadas por demás por los golpes recibidos, es lo que debemos defender. Si caemos en esa trampa volveremos a ignorar que sin miedo podemos ser nosotros mismos.

El “ahogar por hambre y desesperación a un pueblo para que derroque a su gobierno”, como dicta el bloqueo norteamericano de hace más de 50 años contra Cuba fue un fracaso y EEUU acude a nuevas estrategias con el mismo objetivo y no solo para Cuba. Corresponde ahora al mundo, incluyendo a Cuba y a los EEUU, decidir una resistencia aún más rotunda que la cubana para impedir que Trump decida la historia del orden mundial.

lunes, 23 de enero de 2017

¿Cuál será nuestro papel en los EEUU de Trump?


Ante la conmoción mundial con el ascenso de un nuevo y controvertido presidente en el imperio romano del siglo XXI, queda al mundo su gran tarea de hacer evidente la cooperación o la barbarie. Frente a los que creían como mejor apuesta para EEUU a Clinton y su sistema establecido y los que creían en un Trump diabólico, ha triunfado el mismo objetivo de ambos para el dominio del mundo por un solo país. EEUU es "el pueblo elegido", "el mejor país del planeta", "la nación bendecida por Dios"..., solo que ahora, con mayor desafío, ya sabemos que también los demás países y pueblos del mundo pueden aspirar a ser 'elegidos', 'mejores' y 'bendecidos'. Pero nunca la elección, la mejoría y la bendición serán regalos de ninguna designación divina.
Si bien es cierto que no todos los países y pueblos tienen la claridad y la fuerza necesarias en este asunto, también es doblemente cierto que todos tienen el mismo deber de ejercer su derecho a la claridad y a la fuerza. Sería lo más normal. Igual que EEUU proclama su grandeza, también Europa, Asia, África y América Latina pueden hacer lo mismo y nadie podrá decirles lo contrario, desde el país más grande hasta el más pequeño. No hay motivo para asustarse. Todo está en manos de todos.
EEUU se plantea recuperar la grandeza que, según Trump, ha perdido. ¿Cuánta grandeza? ¿Y qué perdió antes de Trump el resto del mundo? ¿Podrá recuperarlo? Otra vez se impone la reflexión sobre si cooperamos entre todos o vamos todos a la barbarie. Y no pensemos que nos alejábamos de ello con Clinton y que nos acercamos con Trump, no, sería nuestra mayor torpeza. Obama casi nos lleva a una tercera Guerra Mundial y al desastre de muchos países. Su generosidad fue una farsa. Abolida esa verdad, toca conocer cuál es la nuestra con Trump, si realmente tenemos alguna.
¿Ganamos o perdimos? Toca a cada país y a cada pueblo decidir. Es cuestión de tiempo, ese que al pasar nos dirá si realmente somos dignos de la grandeza de vivir como iguales

miércoles, 18 de enero de 2017

Cuba en el tramo más complicado de su triunfo


Resulta irremediablemente normal que, después de más de 57 años de heroica resistencia a la agresión norteamericana y los más que normales errores de los revolucionarios cubanos en sus intentos para evadirla, el proyecto socialista cubano no exhiba sus más justas aspiraciones. Y dentro de esos años resaltan estos últimos 26 en que el país ha parecido un sonámbulo de su historia viviendo una pesadilla solo apta para ser resuelta en el Olimpo. ¿Es que a Cuba se le puede juzgar fuera de sus contornos humanos? Si la respuesta es positiva, es que no se sabe qué significan la independencia, la soberanía, la justicia y la felicidad que buscan los pueblos, y tampoco se conocen los límites en efectividad y honestidad a que puede acceder una condición humana que se ha intentado cambiar. Por ello se evidencia en Cuba la seria necesidad de la polémica y la participación en la lucha por la plenitud económica, social, cultural y política antes que el entusiasmo popular confunda su horizonte.

La recuperación de algunas formas capitalistas en la sociedad cubana está chocando con el imaginario socialista que perdura en la identidad del pueblo. En la primera actitud, promovida desde el gobierno con gran cautela por carecer del bagaje negociador imprescindible en el capitalismo, está la experiencia que llevó al país a la soberanía junto al enorme costo de mantenerla, y en la segunda, enunciada desde múltiples visiones y con el viento desfavorable, se agitan los hacinamientos de una mentalidad que tuvo una satisfacción general y que ya empezó a cansarse por haberla perdido. En esta pugna de actitudes, a veces no tan fraternales, aparece en el país la posibilidad de una ruptura nefasta para todos.

Cuba, a pesar de su cultura revolucionaria, sus médicos, sus maestros, su enorme potencial profesional, científico, técnico y la mejor atención social al pueblo que la siguen situando por encima del paisaje latinoamericano -al que incuestionablemente pertenece-, se ha ido acercando a una sorprendente latinoamericanización en su pobre, desigual, difícil, descuidada y contradictoria realidad. De ahí que el país entero junto a sus gobernantes se obligue, con una entrega mutua sin sorderas, a encarrilar todos los esfuerzos que le permitan superar la situación en vez de acomodarse a ella.

Resulta esencial el debate en las ideas de izquierda para fortalecer su triunfo, porque el triunfo cubano no se erige en el mandar y ser obedecido que usan las derechas, sino en el compromiso con la cooperación en la libertad inobjetable de las izquierdas.

No hay que negarlo, Cuba entra al tramo más complicado de su triunfo. Se sabe que todo puede perderse si se juega a una falsa pluralidad de opciones con el triunfo colectivo. Y también se sabe que demeritar ese triunfo es disminuir la historia grande donde los cubanos ganaron su emancipación. El “yo soy Fidel” recién proclamado no es un dogmático tributo mutilador de visiones, sino el tesoro excepcional de la unidad revolucionaria por el triunfo de Cuba con el nombre que lo inauguró y sin desvalorizar a ciegas ninguna alteración por parte de los nombres que lo continúan.

lunes, 16 de enero de 2017

Defender a Cuba es defender al mundo


EEUU suspende la política de “pies secos, pies mojados” por la que privilegiaba la entrada de cubanos al imperio por encima de cualquier otro emigrante. Igual suspende el “Programa para captar personal médico cubano” en sus misiones humanitarias en el Tercer Mundo. Quedan en pie la ley de ajuste cubano y el bloqueo para momificar el ejemplo triunfante de Cuba. Parece que en tiempos peligrosos para el sistema por el auge de entidades y de personas de buena voluntad en su conciencia y actitud hacia el Tercer Mundo, EEUU tenía que ofrecer un gesto de “generosidad”.

Hipocresía y mezquindad se visten de lujo cuando, después de 8 años en el poder y faltando días para su retirada y no convenir la llegada de Trump al escabroso orden mundial que comanda EEUU, Obama intenta borrar la criminal política de EEUU contra Cuba.

La descomunal campaña contra Trump resalta la “grandeza” del figurante que parte a otras áreas del sistema. Y, más allá del escándalo hollywoodiense de los hackers y las supuestas intromisiones de Rusia contra “la nación imprescindible americana”, apenas se nombra el belicismo que contra el mundo reparte en las fronteras rusas “el mejor presidente de los EEUU”, el mismo que, tras el confeso torturador de los presos de Guantánamo, inició un liderazgo guerrerista en Afganistán y Venezuela, con Premio Nobel incluido, para limpiar la mugre de la cultura democrática en el imperio capitalista.

Puede Cuba no ser la opción para una parte del mundo, pues no es creíble que esta soportaría los sacrificios que ha significado y sigue significando la resistencia cubana y que EEUU le impuso y sigue imponiéndole para destruir el proyecto socialista. Pero Cuba aguantó y, aún en medio de grandes dificultades y contradicciones, sigue aguantando y enviando médicos a múltiples países del Tercer Mundo. A Cuba se le puede mirar por todos lados, pero jamás para criminalizarle la humanidad que significa. Defender a Cuba es defender al mundo de la vergüenza en que EEUU lo inscribe.

jueves, 12 de enero de 2017

La pesadilla Movistar-Orange-Movistar en el SISTEMA

Se cuenta que una tortuga porta, en tiempos de informática conveniente a las empresas de telefonía, mi contrato virtual de internet a los centros reales de Orange y Movistar. Después de más de una semana sin el servicio por mi mensaje de un SÍ a probar las ventajas que me ofrecía Orange, y que solo pasó un día y medio desde el SÍ al NO con ella y en que Movistar supo de mi regreso, veo terminar la transportación del elefante que la tortuga llevó a un lado y lo regresó al otro. Orange me dijo que el sistema, su sistema operativo, no le permitía darme de baja hasta que no me diera el alta que ya yo había cancelado y Movistar me repitió que eso es así.

Ambas empresas afirman que uno tiene 15 días para aceptar o rechazar el servicio y que nunca pasarán más de 3 horas de su interrupción por el pase de una empresa a otra, pero todo tiene algo muy singular: igual que subieron al elefante a la tortuga, yo debo hacer mi viaje entre las empresas, sus franquicias y las subcontratas por innumerables grabaciones trasmitidas desde Perú y Colombia que me apuran a marcar una opción, otra más y dejarme colgado. Entonces debo repetir el viaje hasta que las compañías crean que lo tengo bien asumido y nunca más piense en retar al sistema operativo, o sea, al SISTEMA, el mismo que usan los Bancos, otras corporaciones y hasta los servicios públicos que abandonan sus dígitos normales para usar un 902 y darme latigazos. Es la pesadilla que pago, aunque no sé qué más pagaré ahora, por los servicios del SISTEMA.

No escribo sistema capitalista porque mi anticapitalismo, el de la CUP, el de Podemos y el de tantos como yo, en divertida pasarela fantasmal por la política, no logramos dirigirlo a una lucha sin cuartel contra el SISTEMA. No sería difícil, es bien sencillo, pero el `Sí se Puede' solo vale si caminamos profundamente unidos. Y hay que hacerlo ya, antes que las musiquitas de las máquinas nos conviertan en tortugas transportando los elefantes de nuestro ruin y gozoso anticapitalismo.

(También publicado en El Periódico de Catalunya bajo el título "Tortugas transportando elefantes")

lunes, 2 de enero de 2017

¿Qué escribir sobre Cuba en medio del desastre mundial?


América Latina parece volver a regirse por las derechas: Argentina paga a los fondos buitres y recarga en los más pobres el desastre neoliberal del nuevo gobierno; Brasil destituye a su presidenta por un parlamento presidido por grandes corruptores; Bolivia se ve privada de otra elección de su líder indígena por una campaña en su contra promovida por los mayores intereses económicos; Ecuador recibe continuos ataques de desestabilización; Nicaragua es amenazada de nuevo. Y en Venezuela -triste entrega por el pueblo de la Asamblea Nacional a manos ajenas-, aún cuando Maduro va impidiendo que los movimientos en su contra se fortalezcan en las multiplicadas campañas mediáticas de las “tomas” de Caracas y de otras tácticas destructoras del chavismo, el empuje popular está en términos incógnitos ante las enormes presiones del gran capital y el paso decisivo de los EEUU para retrotraer al país a su antigua condición neocolonial.

Cuando el paisaje de las iniciativas de izquierda en el continente van así, apenas vale la pena descifrar qué pasa en los países dominados por las derechas -y no solo en nuestras tierras de América-, donde a todo tren se sigue organizando una sociedad clasista despreciativa con los que caen en el infierno de la miseria. Entonces, ¿qué escribir sobre Cuba sabiendo de su gigantesco enfrentamiento a las grandes corporaciones, a los EEUU que las sustentan, a tantos que obedecen y que nunca han imaginado rebelarse? ¿Cuántas críticas, cuántos silencios, cuántas dudas, cuántos cambios, cuántas tolerancias señalarles a Cuba para que sea mejor y venza todo el daño que le causa la inmundicia del mundo?

Dramas y errores hay en cualquier parte, sobre todo cebándose de forma individual y constituyendo verdaderos lamentos humanos que siempre habrá que comprender y ayudar a que no sucedan. Mientras Cuba exista en su poder liberador y fructifique iniciativas de izquierda habrá posibilidades de eliminar dramas y errores: esta es la cuestión de la esperanza mundial.